lunes, 18 de febrero de 2013

Por una meritocracia inclusiva y humana

Muchos hemos escuchado, en diferentes ámbitos, alguna de las siguientes frases: 

"Al que madruga, Dios lo ayuda".

Con un poco más de rima: "Alcanza quien no se cansa".

"No hay rosas sin espinas" en los ambientes religiosos. 

Los que alguna vez fueron a la NASA o estudiaron latín quizás hayan escuchado: "Ad astra, per aspera" (hacia el cielo/los astros, mediante/a través de lo aspero/el esfuerzo)

Algunas más contemporáneas, como "el único lugar donde el éxito aparece antes que el trabajo/sacrificio es en el diccionario". 

Pero el concepto es viejo, ya Sófocles, allá unos cuantos siglos antes de la venida de Dios, encarnado en humilde carpintero, decía algo así como que el éxito de una empresa depende del esfuerzo que se le pone. Aristóteles hablaba de hábitos y varias escuelas filosóficas desde entonces nos invitan a tomar un camino donde nos esforcemos por lograr nuestras metas. 

En el fondo, el mensaje de muchos de estos lugares comunes, refranes populares, adagios y resabios de cultura antigua hecha cultura actual es que hay una conexión intrínseca entre el esfuerzo y los buenos resultados. Me parece que, en líneas generales, el principio es poco problemático. Sí, dependés de la suerte, quizás te sacás el gordo de Navidad, por ahí te esforzaste mucho pero no lograste lo que te proponías. Hay excepciones. Miles. Pero, en general, creo que muchos estaríamos dispuestos a afirmar que la conexión es clara. 

Ayer salió una nota en la sección de Enfoques del diario La Nación (cuya lectura recomiendo) planteando que la meritocracia, como sistema de incentivo para el máximo desarrollo de una persona, está en crisis.

Quiero escribir sobre este tema. 

Pareciera que en este debate hubiera un trade off: o bien aceptamos una competencia donde los mejores alcanzan los puestos para las élites y los restantes se acomodan (si pueden) en los puestos que quedan, o bien trabajamos por la inclusión, el modelo por el cual todos, a pesar de sus muchas diferencias, obtienen un puesto determinado y nadie es excluido. 

Pateo el tablero en la primera jugada: nunca lo plantearía así. Me parece que no hay necesidad de optar entre la una y la otra, como si, en términos lógicos, se tratara de una disyunción exclusiva. Yo creo que, en Educación, puede haber un modelo inclusivo y, a la vez, meritocrático 

Fácil decirlo, pero, ¿cómo? 

En el fondo, cualquier sistema social tiene que ser, fundamentalmente, justo. Si lo miramos como un trade off, ninguna de las dos opciones logra alcanzar la Justicia por sí misma. Al menos a mí, me parece igualmente injusto dejar a mucha gente excluida del sistema porque no se amolda a las exigentes variables que se les imponen, como dejar a mucha gente desarrollada "por la mitad" (no al máximo), en pos de que todos puedan alcanzar un nivel relativamente similar de desarrollo. Además, esta inclusión no se da, porque cuando el sector público normaliza, igualando un poco para abajo, la gente que puede, que busca "lo mejor" para sus hijos, migra al sector privado, donde se les exige "en la medida de sus capacidades", profundizando así la desigualdad de oportunidades. La solución no está en elegir entre la una y la otra, sino en combinar. Veamos cómo. 

La meritocracia absoluta, para poder justificarse (o sea, ser un sistema considerado "justo") surge de un presupuesto que es erróneo: que es que todos tienen las mismas oportunidades. Si no las tuvieran, la meritocracia, tal como sugiere uno de los entrevistados en la nota, "es una ideología que justifica moralmente que haya algunos que tienen mejores puestos y responsabiliza a los más débiles de sus malos resultados". Yo agregaría, es una manera mediante la cual los poderosos mantienen el poder de manera institucional. No parece muy justo. Si bien es mejor que la portación de apellido o de billetera, está lejos de ser un sistema deseable per se. 

Sin embargo, la inclusión por la inclusión misma, tampoco es una gran solución. ¿Qué sentido hay en que personas con diferentes capacidades compartan exactamente los mismos contenidos durante una clase? El alumno interesado y trabajador y el vago e irresponsable; el que lee las lecciones y estudia y el que habla sin cesar y se comporta inadecuadamente; el que entiende rápidamente y se aburre de los ritmos lentos de sus compañeros y los lentos compañeros que ni siquiera alcanzan el nivel más simple a pesar de sus esfuerzos... ¿Nivelamos para abajo, así todos alcanzan el mismo nivel y nadie es excluido? Es un riego grande, más cuando los educandos llegan con falencias (casi existenciales) a muchas escuelas hoy en día. Nivelar al nivel al que todos puedan avanzar de igual manera, quiere decir, en términos concretos, que haya alumnos que aprendan a leer en cuarto, quinto y hasta sexto grado. Creánme, lo vi. Y en la Ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico de un país bastante desarrollado, a pesar de nosotros, sus ciudadanos. Separar "por nivel" es una peor idea, porque los peores alumnos andan mucho mejor cuando se los pone a trabajar con los mejores, no cuando se los aísla en un grupo de pares, que presentan iguales dificultades para el aprendizaje. En Educación estas cosas ya están estudiadas. 

En ninguna de las dos alternativas se le da a los alumnos lo justo, lo que les corresponde. Ahora bien, también es cierto que las personas nunca van a ser absolutamente iguales (por suerte), sino que todos somos diferentes y, esas diferencias, pueden ser a la vez motivo de conflicto como de enriquecimiento mutuo, dependiendo de cómo las llevemos, qué actitudes tengamos y qué tan diferentes seamos. Estas diferencias van a marcar, de una u otra forma, cualquier proceso competitivo que embarquemos. Por eso, lo primero que hay que hacer, es igualar. Porque por más que tengamos diferencias fundamentales: un cierto carácter y temperamento, una determinada familia, una herencia cultural, una red de contactos sociales, la posibilidad de viajar, etc. se puede trabajar para igualar a las personas sacando lo mejor de cada una. Trabajar por la igualdad de oportunidades es el leitmotiv (si el arte me presta el término) de la política. Los políticos tienen que trabajar para igualar oportunidades. Porque la única meritocracia posible es aquella que nace de oportunidades, sino iguales, al menos análogas. Más que echarle la culpa a la meritocracia, se la echaría a la política. La meritocracia se convierte en un sistema muy injusto si la política no iguala oportunidades. Políticos, al banquillo. Háganse cargo. 

Pero no sólo ellos. (me tomé la libertad de modificar este párrafo de la entrada, a raíz de un consejo de mi amigo Martín Grassi. Gracias Martín). Sin citar ejemplos específicos, ni temas de actualidad, cosa que puede enervar las pasiones de los menos templados, preguntémonos si todos los grupos sociales están dispuestos a cambiar el statu quo. ¿Los están las élites? ¿Están dispuestas a dejar lugar a una competencia meritocrática real? ¿Lo está la oposición? ¿Los grupos económicos? ¿Los docentes, que tendrán que redoblar sus esfuerzos en las zonas de mayor marginalidad? ¿La sociedad, que verá cómo muchos recursos se ponen al servicio de los que, objetivamente, menos aportan en términos reales al presupuesto del país o de un distrito en particular? Son preguntas que nos tenemos que hacer, porque igualar oportunidades es deber de la política, pero también del resto de la sociedad. 

Algunas ideas que se me ocurren para igualar oportunidades (en, por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires) serían: asignar presupuestos exclusivos, y abultados, a los barrios más pobres de la ciudad. Darles prioridad en los servicios fundamentales. Apostar a que haya mayor seguridad, iluminación, asfaltado, mejor transporte y más espacios de recreación públicos. Pagarle mejor a los docentes que trabajan en los barrios más carenciados. Universalizar el acceso a la educación inicial, para que exista oferta para todos lo niños desde los 45 días en adelante. Dar bonos para alimentación, después de todo, somos lo que comemos. Erradicar las villas: dando títulos de propiedad y construyendo vivienda social. Hay miles más. Con todo esto, no se les da "más", sino que se los iguala. Y eso, por más que haga ruido, es el deber de todo político. De izquierda, de derecha, de arriba y de abajo. 

Igualar las oportunidades, cosa que nos va a tomar un tiempo, pero tampoco décadas y generaciones, siempre que haya voluntad política y apoyo popular, es, en mi opinión, requisito sine qua non de la meritocracia. 

Una vez igualadas... El mejor sistema de incentivos es la meritocracia. Y pregúntenle a los economistas si les quedan dudas, pero solemos manejarnos en muchos ámbitos por incentivos. Eso no nos hace malos ni interesados, nos hace humanos. Hace sólo dos días, en un asado, un amigo me decía: "si te vas a sacar un diez sin estudiar, ¿para qué estudiar?". Y tiene razón. Ningún niño ni adolescente va a estudiar porque si estudia el conjunto de sus compañeros se van a beneficiar por su mayor inteligencia. Lo va a hacer para evitar la mala nota, que le significa un reto y volver a estudiar en una época de calor y descanso. O lo va a hacer para alcanzar una meta personal. Conozco mucha gente que se queja por el mal servicio del Estado. Bueno, dejenme decirles que es el sistema menos meritocrático de la sociedad argentina. Es un ámbito donde se auto-seleccionaron las personas que sienten mayor aversión al riesgo (esas que prefieren un trabajo estable a uno donde pueden crecer si se esfuerzan más). Una vez que sos empleado de la planta permanente, el inicio de un sumario es un riesgo excepcionalmente bajo, fruto de una negligencia casi malintencionada. O sea, es imposible que te echen. Todas estas características "invitan" al poco esfuerzo. Donde dice "sacarse un diez" debería decir "cobrar": "si voy a cobrar sin esforzarme, ¿para qué esforzarme?". El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. 

Conscientes de las consecuencias de la ausencia de meritocracia, está claro que es preferible el esfuerzo a la igualación. Después de todo, en el caso de una emergencia, ¿preferiría ser atendido por el mejor médico de guardia o por aquel que, por una cuestión de cupo (supongamos que es parte de una minoría étnica) obtuvo su título universitario? Me parece a mí que la solución hubiese sido darle iguales oportunidades a todos y después hacerlos competir. 

En fin. Me parece que es un debate que tiene muchas aristas, pero que sería bueno, para el debate y para la sociedad, que lo discutiéramos sin ropajes ideológicos, con mucha honestidad intelectual y a cara lavada. 

Un último punto, me parece que la meritocracia está en crisis porque las instituciones fueron gobernadas por las élites que mejores logros intelectuales alcanzaron. Desde el humanismo, sin embargo, hace más o menos 2000 años que se insiste en la idea de que no somos sólo intelectuales, sino también afectivos, sociales, sexuados, entre varias otras características. Si tomáramos nota de estas otras características, podríamos apuntar a una meritocracia más humana y menos intelectualista, demasiado atenta a los resultados de pruebas estandarizadas y que perdió de foco a las personas a las que evalúa. Personas que cuando bajan el lápiz, antes de que sus exámenes sean corregidos por una máquina, son líderes de un grupito de amigos, hacen deporte y trabajan en equipo, ayudan en un comedor, son buenas personas, están pasando un mal momento afectivo por la pérdida de un abuelo, tocan la guitarra, y, básicamente, enriquecen las otras muchas facetas que conforman su persona. Ojalá la meritocracia sea inclusiva y, sobre todo, más humana, atendiendo el desarrollo pleno del hombre y no sólo de su cerebro. 

La nota de La Nación es muy buena y concluye en una posición interesante y con la que estoy en parte de acuerdo: el sistema puede mantenerse, siempre que se le de la oportunidad de integrarse a quienes no alcanzan los méritos suficientes para ocupar una posición de élite. Estoy seguro que si son incluidos desde el principio y se busca un desarrollo más integral, van a ser poquísimos quienes estén en esa situación. Todos aquellos que, por cualquier tipo de limitación o incapacidad quedaran fuera de este sistema, deben ser incluidos solidariamente. Una sociedad inclusiva y justa sólo lo es cuando todos sus miembros, más allá de su condición, encuentran un lugar. Como homenaje a un grande, cierro con una de sus frases, "por lo menos, así lo veo yo". 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Del circo de la realidad a la construcción del sí




Obelisco (Cdad de Buenos Aires), 8/11/2012

"En el circo de la realidad, 
solo hay reflejos de la realidad, 
se desinforma de la realidad, 
todo se compra, en realidad. 

Hay una verso de la realidad,
que no es verso ni es realidad, 
un guiñapo de la realidad, 
apenas".

Pedro Guerra



Pregunta filosófica si las hay. ¿Qué es "la realidad"? Y teorías, créanme, hay muchas. Y de los más variadas. Que es una construcción social, impuesta o consensuada. Que no la podemos conocer. Que no hay "realidad" ahí afuera (afuera de la mente de quien conoce). Que somos todos parte de un sueño divino. Que la realidad "es producida" por quienes tienen el poder para imponerla, y dominar, a los otros. Que está ahí, dada, y que algo de ella podemos captar con nuestros sentidos y nuestra inteligencia. 

¿Entonces? ¿Qué es la realidad? 

El debate filosófico ya lleva 2.500 años, por lo que supondrán que no pretendo resolver la cuestión en estas poquitas líneas. Pero la pregunta filosófica me lanza a mi realidad concreta: hic et nunc; aquí y ahora; Argentina, 9N. ¿Qué es la realidad? 

El primer problema es que la palabra "realidad" se puede entender de muchas maneras. Es cierto que la realidad es una. Sin embargo, las interpretaciones sobre lo que pasa, pueden ser muchas. Los hechos son siempre los mismos, pero muchas veces, las personas los entienden de maneras diferentes. Si esto nos pasa cuando chocamos con el auto en alguna esquina, al entreverar argumentos y puntos de vista con puteadas, ¿Qué nos queda para entender algo como el 8N? 

¿Qué pasó ayer? ¿Quién está interpretando mejor la realidad? El hecho es que se manifestaron cientos de miles de personas en diferentes puntos del país. Hasta acá, vamos bien. (Quizás alguno diga, ya interpretando, que no eran cientos de miles, sino solo cientos o miles, y que no eran personas, sino gorilas, pero bueno, parto de la base de que nunca se puede conformar a todos, menos a los que tienen miradas -interpretaciones- tan creativas de la realidad). 

En general, los hombres podemos conocer los hechos, des-cubrirlos, de-velarlos (quitarles el velo que impide verlos frente a frente, mover aquello que los cubre para poder conocerlos, tal cual son) y por eso solemos ponernos de acuerdo sobre muchas cosas: porque vemos lo mismo. Sin embargo, no siempre es así. Y resulta que vivimos en una sociedad de medios de comunicación, donde todos presentan una mirada de la realidad. Y lo mejor, esta mirada tiene intencionalidad, por lo que no solo se muestra lo que "yo veo", sino lo que "yo quiero mostrar". Pucha, como nos vamos alejando de los hechos. 

Un párrafo para los filósofos: cuando llegó la televisión, hubo quienes temieron que los medios de comunicación se convirtieran en un gran 1984, bajando línea mediante un Gran Hermano totalitario, que uniformara las mentes de los tele-videntes para hacerlas una sola. Desde esta perspectiva, hay quienes tienen miedo a que pocos controlen muchos medios. Sin embargo, me parece que Vattimo la vió mejor cuando dijo que los medios de comunicación, lejos de unificar las mentalidades, iban a fragmentarlas, presentando miles de nuevas voces e identidades que complejizaran la realidad, a tal punto que nadie supiera bien qué es.  Él lo lleva un poquito más, diciendo que se aliviana el ser, para que acaezca el nihilismo. Salvo esta última parte, a mí me parece que hoy estamos más de este lado que del otro. 

Volviendo al 8N, ¿qué pasó? El hecho, más o menos, quedo presentado arriba. Pero interpretaciones hubo muchas. Que era un grupo de golpistas. Ciudadanos sin representación. Marcha organizada políticamente por la oposición y por Clarín. Ciudadanos auto.convocados. El pueblo ("si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?"). Los anti K/cipayos. Grupos de ultraderecha. Gente bien vestida. La clase media. Los argentinos que trabajan para mantener un modelo agrietado y agonizante. Los que marchan por la paz. Gente de bien que ya está cansada. 

Y ante tamaña confusión, donde todos me muestran una realidad intencionada, ¿a quién creerle? En este contexto, ¿podemos pretender conocer la realidad que nos presentan los medios? Personalmente, intento escuchar diferentes voces, para así poder hacerme una mirada más completa de lo que me quieren mostrar y tener más elementos de juicio. Pero no siempre se puede hacer eso. Y, además, una cosa sería ver "diferentes interpretaciones intencionadas", otra muy diferente es que detrás de cada medio haya un grupo de poder al que no le importa la verdad, sino el poder. Donde lo que importa, en el fondo, es imponer una visión del mundo, un paradigma, un relato, una construcción simbólica, lo que sea. Una idea, ver las imágenes (que también se presentan intencionadamente) sin escuchar las interpretaciones. Otra, quizás un poco mejor: cuando lo que va a pasar todavía no pasó, si tenés la posibilidad de ir a verlo con tus propios ojos, de caminarlo, de recorrerlo, de hablar con la gente, de sentir el clima, hacelo. Al menos vas a tener una mirada personal del asunto, una interpretación con menos ruido y más luz. Por eso Pedro Guerra habla del circo de la realidad... Un circo, donde hay puestas en escenas, donde las cosas se compran, se negocian y se consensúan atrás del escenario y donde nosotros, los espectadores, los que alimentamos este circo, somos un poco engañados (y no hay mentira más efectiva que la que está mezclada con la verdad). 

Y el tema todavía tiene millones de aristas sin revisar, pero me interesa profundizar en una más. Es fácil que te malinterpreten cuando sos parte de un movimiento donde el que se queja por la inflación y el cepo cambiario está al lado del que perdió un familiar en Once o el que fue víctima de la inseguridad. El que pide que se respete a las Fuerzas Armadas camina con quien no quiere que toquen a la Justicia y el que está en contra de las mentiras del Indec golpea una cacerola con los que se hartaron de la corrupción. Está bueno que haya lugar para todos. Pero habría menos posibilidades de "ser interpretados" si el movimiento no fuera "contra ............" (llene a piacere: la Re-Re, Oyarbide, la corrupción, el avasallamiento de las libertades individuales, etc.) y pasara a ser "a favor de..........". Más que nada, porque estar "en contra", estar indignados, enojados, hartos, es una posición que limita. Estar a favor nos mueve desde el deseo de construir, de ser, de estar mejor, de progresar, de crear. Y ese impulso, además de mucho más difícil de malinterpretar, es sostenible en el tiempo y, por lejos, un movimiento más creativo, sano y constructivo. 

Ojalá que, todos, como sociedad, como Argentina, caminemos desde el circo de la realidad, a la construcción del sí. Ojalá. Para eso, vamos a tener que comprometernos, ser astutos (para que no nos vendan buzones), ser creativos, seguir proponiendo, ser generosos y seguir poniendo la otra mejilla, seguir laburando y, aunque suene a frase de alguien más, estar unidos, y organizados. 






lunes, 3 de septiembre de 2012

La última carta

Se fue la abuela. Y qué rápido pasó. La noticia me puso inmensamente triste. El sentimiento de soledad, de pesadez, de amargura, tocó la puerta, y se instaló por un rato. Duele y confunde corroborar la irrefutabilidad de la desaparición. Ya no está. Se fue. 

Después de haber vivido un año con ella, me había copado el corazón. Okupa afectiva, usurpó todo. Y si bien no tengo remordimientos, porque le dije que la quería cada vez que nos vimos, porque fui siempre cariñoso, porque hablamos, compartimos comidas, la cuidé y me dejé mimar, sí me duele no haberme podido despedir en una buena charla. Hasta la muerte anunciada nos golpea y nos deja pasmados. Nunca terminamos de estar del todo preparados para la ausencia. 

No voy a hacer una catarsis. Este no es el espacio, ni este teclado el medio para hacerlo. Los abrazos y las miradas están afuera. Sí, quizás, pueda resignificar la pérdida, tratar de empezar ese trabajo que es llenarla de sentido. Es lo único que nos queda ante el vacío y el dolor, llenar la ausencia de sentido, evitar que el dolor sea causa de más dolor y tratar, como cada uno pueda, de crecer. 

Hace un año hice un ejercicio. Pensaba "¿Cómo me gustaría ser recordado?" Y la verdad es que me gustaría que me recuerden como una persona feliz. Ojo, no me quiero morir. Tengo la ambición de hacer muchas cosas todavía. Muchísimas. De hecho, vivo ilusionado, proyectando y trabajando, apostando a la vida, convencido de que los cambios dependen de la voluntad firme y del esfuerzo. Quiero aportarle un granito de arena al país. Para eso sigo estudiando. Quiero ser "muy bueno", en lo que sea que haga, para poder dar lo mejor. Siempre tengo propuestas para la vida. Nunca nos aburrimos. Pero entiendo que no todo depende de mí. Y que la muerte, aunque indeseable, es caprichosa. Y que puede venir. Sí. 

Ese ejercicio era una carta. La carta que le hubiese escrito a todos, si se me acabara la vida. La carta no es más que un ejercicio. Estoy lejos de poder entender lo que significa el vértigo de ya no estar. Sin embargo, aunque no lo entienda del todo, no quiero dejar de decirles esto, que es lo que me hubiese gustado que sepan si no me podía despedir, en una buena charla. Te cagué muerte. Porque me podrás sorprender, pero "hombre prevenido, vale por dos". No dejo de decirle a nadie lo que le quiero decirle. Ahí va ese experimento: 



Queridos todos,

                           Hoy, por fin, ya no tengo miedo.

Es doloroso. En su momento me enojé y lo consideré injusto. No me quiero morir. Supongo que casi nadie se quiere morir. Pero nadie, absolutamente nadie, puede evitar la muerte. Porque, aunque cueste decirlo, todos vamos a morir. Hoy me toca a mí. Y por fin puedo aceptarlo en paz.

Se trata de dejar de ser esto que soy y pasar a vivir en el recuerdo de quienes me amaron y en los hábitos que haya podido inculcar en los jóvenes que eduqué. Y esto, lejos de ser poca cosa, fue lo que llenó mi vida de sentido, energía, alegría y esperanza. Esto y Dios, claro. Uds. saben que siempre fui un tipo creyente. 

Puede que algunos de ustedes piensen que como ya no me van a ver, yo no voy a estar. Se amargan pensando en que me voy “para siempre”. Eso no es cierto, yo siempre voy a estar. En aromas, en canciones, en recuerdos, en paisajes, en lágrimas -al principio por el dolor de mi partida, pero después, de a poco, lágrimas que se empiezan a mezclar con la risa de alguna anécdota graciosa. Y al final, lágrimas de alegría, por haber tenido la oportunidad de poder compartir un pedacito de vida juntos-. Y voy a estar, sobre todo, porque tengo la certeza inamovible de que la muerte no tiene la última palabra. Es un paso, una puerta, un atardecer, un otoño invernal, una transición. Las imágenes son miles pero van todas a lo mismo: la vida sigue. Para mí y también para ustedes. Sí, para ustedes especialmente, recuerden esas palabras cuando estén tristes, “la vida sigue”. Yo creo que quien muere no muere. Tengo tanta certeza de eso que nunca lo puse en duda. El mundo y la vida serian tan cósmica y universalmente injustos si eso fuera de otra manera. Y con este tiempo contado que tuve en el mundo pude hacer lo que quise. Pero como creo que esta vida no corta todo mi ser, estoy seguro de que todo lo que hice y hago, lo hago para la eternidad. Y así las cosas tienen otro gustito. Y esta seguridad, lejos de encadenarme, me libera de la manera más radical.

El miedo paraliza y corta las posibilidades de crecer. Por suerte yo ya no tengo miedo. Ustedes tampoco lo tengan. No les voy a pedir que se alegren, pero tengan la esperanza de que voy a estar bien y, aunque les moleste escucharlo, sepan que, a pesar (pero también a causa) del dolor, van a crecer.

No se puede vivir la vida pensando obsesivamente en la muerte. Pero tampoco se puede vivir la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No somos omnipotentes ni eternos. Nos vamos a morir. Y no hay nada de malo en eso.

Lo importante es qué hacemos, qué hicimos en realidad, con todo este tiempo “injustamente” recibido y regalado que tuvimos en el mundo. Y pueden enojarse por mi partida o por la suya propia, pero nunca se olviden que viví estos años felizmente. Felizmente no quiere decir sin dolor. Quiere decir, justamente, feliz. Y por lo único que me podría llegar a enojar (si es que algo me enoja allá a donde voy) es por el hecho de que me recuerden enojados o sin sonreír. No se olviden que hay motivos para la amargura, pero muchos más motivos para la esperanza.

Soy joven. Y si la muerte es un misterio doloroso, la muerte joven parece un misterio doloroso e injusto. Admito que durante un tiempo lo viví así, pero con el discurrir de los meses y después de aguzar la mirada, en un silencio un poco contemplativo, descubrí algo que me hizo vivir la muerte de otra manera. Todos saben que yendo a casa hay un boulevard. No sé quién habrá sido el paisajista que decidió plantar esos árboles ahí, pero definitivamente no era un gran paisajista. Faltando un mes para el otoño, esos árboles, cuyo nombre nunca supe, ya están absolutamente pelados. No les queda una sola hoja. Mientras que los demás árboles y plantas gozan de una salud verdísima y frondosa, nuestros árboles del boulevard ya se rindieron frente a la estación que se aproxima. Pasados el otoño y el invierno, esperamos ansiosamente la resurrección. Sin embargo, nuestros árboles del boulevard no florecen rápido. Recién para fines de Octubre alguna hojita empieza a vencer la timidez y toma la iniciativa que recrea el ciclo de la vida. Caminando por donde vivo, aprendí que hay un sinfín de verdes y matices. En el fondo, devele un misterio singular, que es que, en nuestro parecido, no somos todos iguales y, sobre todo, no todos tenemos los mismos tiempos. Quizás yo no hubiera podido resistir el florecer eterno que tiene el pino, que termina por nunca ser mirado ni valorado, como le pasa a tantos ancianos hoy, en nuestra sociedad tan negada al dolor. Quizás esa hubiera sido una peor muerte para mí. Cada cual tiene su ciclo, su ritmo y su tiempo. Y créanme que este tiempo fue más que suficiente para poder florecer y dar vida. Puede que mi verdoso esplendor sea corto a criterio de otros, pero fue suficiente para mí. Y yo estoy agradecido y contento –y más que contento, feliz- frente a la posibilidad de haber podido crecer junto a ustedes. Sin saber mucho de botánica, puedo afirmar que fui feliz junto a la fuerza de roble de papá y a las raíces que hacen tierra como el ombú, de mamá. Que mis hermanos, con la simpleza no siempre valorada del pasto, estuvieron siempre, siempre, a pesar de toda complicación estacional, al lado mío. Me siento agradecido de la alegría del palo borracho que me transmitieron mis amigos. Y la vida me regaló una orquídea, la flor más valiosa y de más difícil acceso, que fue quien adornó mi torpeza y disimulo mis límites, Guadalupe.

El dolor se va a ir, va a pasar porque es humo, es vano y, cuando menos lo notemos, va a desaparecer. Para mí y para ustedes. Lo malo es siempre temporal y pasajero, pero mi agradecimiento a cada uno de quienes estuvo conmigo en esta vida tan linda, es eterno. Gracias por haber compartido su vida conmigo. Realmente me hicieron muy feliz. Los quiero y los voy a seguir queriendo, siempre. Y si algo les deseo, sobre todas las cosas, es muchísima paz y la capacidad de, aunque duela, desprenderse del deseo que los ata a querer que fuera eterno. Déjenme ir, en paz.

Los espero y los quiero, hasta luego,

Santi

martes, 26 de junio de 2012

La primera es gratis


En la Argentina, en este momento, se debaten diferentes proyectos de ley que tratan el tema del consumo de drogas. 

¿Legalizamos? ¿Despenalizamos? ¿Dejamos de sancionar? ¿Son todas las opciones la misma cosa?

Buen hábito de filósofos, aclaremos qué entendemos por cada cosa así podemos discutir tranquilos y sobre lo mismo. Entiendo que legalizar, despenalizar y dejar de sancionar no son la misma cosa. Legalizar quiere decir que las drogas pasan a ser parte del mercado igual que los yogures, el mate y la carne picada; desde su producción hasta su distribución y venta serían legales. Pienso que sería un disparate absolutamente insostenible, porque en nuestra economía de mercado, a mayor oferta, menores precios: lo que es igual a consumo masivo garantizado; que como consecuencia apareja un gasto público desorbitante, entre otras varias consecuencias sociales. Por suerte, ningún proyecto propuso eso, lo que habla bastante bien de nuestros legisladores. Hay quienes piensan que un mercado fuertemente regulado y con impuestos muy altos puede ser una buena respuesta, pero ¿dejar en manos del Estado la producción de marihuana (ni hablar de las demás drogas)? ¡Qué miedo! Quizás funcione en Uruguay, pero en Argentina... Despenalizar es modificar la legislación para que el consumo personal de droga no sea pasible de una sanción penal (descriminalizar): algunos de los proyectos están enmarcados en esta visión. Por último, dejar de sancionar, sería la propuesta por la cual el consumidor/adicto no es pasible de ningún tipo de sanción, ni penal ni administrativa ni de ningún otro orden; algunos proyectos están en esta línea. Nota: en general, los proyectos no hablan de marihuana, sino de "droga". 

Personalmente, estoy en contra de cualquiera de las tres alternativas anteriores, pero si me viera obligado a elegir, lo menos malo me parece la despenalización. De todas maneras, si bien el prohibicionismo es una política ineficaz, sigue dejando en claro que el Estado tiene una posición al respecto, desfavoreciendo el consumo al sostener que no es algo bueno ni a nivel personal ni social. Yo creo que el Estado no es una cosa impersonal que debe, solamente, garantizar los derechos básicos y dejar que cada uno haga lo que se le canta en el ámbito personal (atenti quienes piensan esto para fundamentar el consumo y después putean al liberalismo...). Sí pienso que el Estado tiene un rol educativo para la ciudadanía y lo que "aprueba o desaprueba", tiene una función pedagógica. Lo legal se afianza en la sociedad. De hecho, nota del otro día de uno de los diarios de la Corpo, desde el "caso Arriola" (fallo de la Suprema Corte que no penaliza el consumo), en la Ciudad los jóvenes aumentaron el consumo un 17%. El mensaje no puede ser nunca que se favorece el consumo, porque eso acerca a mucha gente a la droga. El otro presupuesto desde donde escribo es que la droga no es igual al alcohol o a las drogas de uso corriente para tratar enfermedades. Hay literatura para mostrar que la marihuana, por ejemplo, es menos dañina que un vaso de Cindor y literatura en la otra vereda que dice que te deja esquizofrénico. No sé dónde está la verdad, pero sí sé que forma parte del género amplio de las drogas, que es un canal de entrada hacia las demás porque practicamente nadie empieza consumiendo otra droga cuando se inicia en ese camino y que dejarla es más difícil que dejar los cigarrillos, porque el nivel de adicción que provoca es mayor. Para mí, eso es suficiente como para distinguirla. Abierto al debate. Aclaración: pongo el ejemplo de la marihuana porque la amplia aceptación social que tiene y por ser considerada la más "blanda" de todas. Los proyectos, en general, no distinguen, y cuando hablan de despenalización, la ley corre igual para el paco, la marihuana, la cocaína, etc. 

Habiendo aclarado los presupuestos desde donde escribo... Pensemos. En el fondo, todos los argumentos que escuché en el debate sobre las drogas, suponen una posición ética determinada que, voluntaria o involuntariamente, no blanquean. No hace falta ser un gran filósofo para poder señalar en qué paradigma se apoya cada postura, pero sí es importante que cada uno de nosotros piense desde dónde quiere pensar la realidad, en términos de "bueno y malo", de bondad o maldad moral. 

- En primer lugar, hay quienes dicen que al legalizar el consumo de droga y dejar de lado el prohibicionismo (que busca el utópico ideal de alcanzar una "sociedad sin drogas"), va a atentar contra los narcotraficantes y los grandes carteles y que, paralelamente, se le puede fijar altos impuestos al nuevo mercado, garantizando el tratamiento de los adictos. Esto en ética se llama consecuencialismo moral. En el fondo puedo decidir si algo es "bueno o malo", por las consecuencias que se desprenden de esa decisión. Legalizar es bueno porque va a haber menos mafias y narcotraficantes, que es algo malo. Es una variante más del famoso principio maquiavélico que sostiene que el fin puede hacer justos los medios, cualesquiera sean. Esta afirmación es parte de la ética utilitarista, que determina la bondad o maldad de algo, según la utilidad (o no) que tengan sus consecuencias. 

- "El consumo es personal y no le jode la vida a nadie. Todo ciudadano puede hacer lo que quiera con su vida". Mmmm, sí, pero hasta ahí. No creo que exista una sola acción que no sea social. Ni una. Hasta el acto más enroscado en la propia subjetividad, como la masturbación, te remite siempre, al menos a nivel de pensamiento, a un otro (o "a una otra", al menos). El consumo no es "personal" porque va a causar mayor gasto público, por ejemplo, al atender las enfermedades y males asociados a cada droga en particular. Y más plata en salud, quiere decir menos plata en... Lamentablemente es un trade off porque los recursos del Estado son limitados. ¿Un vicio personal para justificar menos plata en Educación? Quiero ver quién pelea esa batalla. La ética de fondo es la individualista, la que sostiene que los actos son de y para el individuo que actúa, nada más. Si este fuera el principio, nadie podría obligar a los motoqueros a usar casco, por ejemplo, y entre otros muchos más.

- "Hay que despenalizar porque no hay que criminalizar al adicto, que es un enfermo". Es un argumento muy fuerte, con el cual estoy en cierta medida de acuerdo. Pero aclaremos, despenalizar no es dejar de sancionar. Es dejar de sancionar penalmente, nada más. No quiere decir que el adicto no siga siendo una persona enferma, que necesita ayuda, necesita Estado, necesita salud, presencia, atención, tratamiento, seguimiento: básicamente, necesita guita de todos para superar su adicción. Por sobre todo, banquémonos decir que consideramos al drogadependiente una persona enferma. Sino es una canto a la hipocresía. Separo "consumo social" de adicción. Pero aclaro que me parecen muy border. Conozco varios casos de personas que saben mantenerse equilibrados en la cornisa, pero el principio prudencial se descascara bastante en muchas otras oportunidades. Cada uno sabrá dónde está parado. Una pregunta, esta vez práctica a la vez que ética, que vale la pena hacerse, es si el Estado tiene hoy los recursos suficientes para recibir a las personas con problemas de consumo. Si la respuesta es negativa, tenemos al progresismo gobernando para Palermo... Quizás haya sido por eso que a Vicky Donda le fue muy bien con la clase media y media alta, cuando veddetizó la campaña y llenó la Ciudad de afiches de su foto y un cartel que dice que se quiere portar mal (y después nos quejamos de la instrumentalización de la sexualidad y de mujer, ¡empecemos por casa chicas!). Si se descriminaliza el consumo pero no se le dan al adictos otras posibilidades para que se recupere, se lo está condenando. ¿Esto es progresismo? Ah la pipetuá... Y el muerto lo terminan agarrando, para variar, las organizaciones sociales y, principalmente, la Iglesia. Aunque a más de uno le moleste, es así. 


Cartel para promocionar la candidatura de la legisladora Victoria Donda, en 2011. 
- Para terminar, me parece que falta una propuesta que surja de una ética más personalista. Una que tenga en cuenta que todos los actos del hombre están cargados de un sentido ético profundo, que lo acercan al o lo alejan del perfeccionamiento de sus potencialidades y capacidades. Quizás si lo viéramos así, la droga, lejos de parecer un elemento inofensivo, sería un obstáculo para el desarrollo más pleno de una persona. Qué se yo, por lo menos así lo veo yo.

Dejo "n" temas sin tratar porque me parece un tema muy interesante y del que todos tendrán algo para decir. 

martes, 21 de febrero de 2012

Decime Google

"El que avisa, no traiciona". Estoy pesadamente filosófico. Bienvenidos a la mente de un filósofo.

Soy de la primera camada que egresó del secundario con esa modalidad que a los argentinos nos duró unos años, importada de España (donde también había fracasado), a la que le pusimos Polimodal.

Para el Polimodal, ya a los quince años podías elegir una especificación general sobre la cual quisieras enfocar los últimos tres años del secundario. En el colegio había tres posibilidades de especificación: en ciencias económicas, en ciencias exactas o en ciencias humanas.

Quizás sea un accidente estadístico, quizás no. Pero repasando las caras de la foto de todos los compañeros con quienes compartí los últimos tres años de Polimodal, veo la diversidad, enorme, de elecciones de vida/profesiones/caminos/viajes/etc. de todos los que elegimos estar "en C", en Humanas.

Y muchos caminos quiere decir muchas búsquedas. Parece que todos estábamos buscando algo. Evidentemente, buscando algo distinto: un camino particular. Respondiendo a una vocación específica, única, personal. Después de todo "vocación" viene de vocare, que en latín significa llamado. Y los llamados pueden ser colectivos o particulares, pero es siempre uno el que decide responder o no a eso, personalmente, desde sí mismo. Pero, más allá de la diversidad y de las diferencias, desde profesionales hasta axiológicas, ¿buscamos realmente cosas distintas? ¿qué estamos buscando?

Creo que la única forma de "ser en el mundo", es la de buscar. Incansablemente, respondiendo a ese deseo interior por saber, por vivir, por ser. (Yo avisé que estaba muy filosófico...). Que no quiere decir que considere que hay cosas que son de una determinada manera y no de otra. Simplemente, describo un estado interior frente al mundo. El mundo no me alcanza.

Personalmente, nada me satisfizo de manera definitiva, nunca. Incluso aquellas verdades que considero inamovibles. Necesito más. No me colman, no me aquietan, no me alcanzan. Vale preguntarme, a mí mismo, entonces, ¿sos feliz? Y sobre todo, ¿qué es la felicidad? Quizás tenga que ver con la quietud del alma y con estar en paz. Contemplando, extasiado, lo perfecto. Estar quieto es no buscar, es estar bien en dónde estás. Entonces, aunque suene horrible, yo no soy feliz, no del todo. No absolutamente. Y creo que nunca lo voy a ser. Voy a un clásico, a un cráneo enorme, Aristóteles en la Ética, que escribió para su hijo: "la felicidad es ciertamente una cosa definitiva, perfecta y que se basta a sí misma, puesto que es el fin de todos los actos posibles del hombre". Me hago cargo, no siento esto. "Dirijo mi vida hacia", que no es lo mismo que "estar". Que no quiere decir que no esté contento, razonablemente satisfecho, muchas veces tranquilo. Es otra cosa que está picando ahí, más adentro.

Me vuelven esos recuerdos del Camino de Santiago, del peregrinar, del sentirme la imagen viva de una vida que camina, que busca, que no encuentra por más que avanza, que sigue, que sufre, que se alegra, que celebra, que llora, que extraña, que pierde compañeros, que encuentra nuevos, que se cuestiona todo, varias veces.

Y alguno quizás, ya escandalizado, se pregunte por Dios. San Agustín, otro gigante, lo decía así: "Nos has hecho Señor, para Tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí". Pero mi conocimiento de Dios y mi encuentro personal con Él también están atados a mi propia finitud, a la limitación de mi capacidad cognitiva y afectiva. Lo conozco y quiero desde mi humanidad, falible, chiquita e incapaz de conocer lo inasible. En otras palabras, por eso soy tan religioso, porque mi búsqueda nunca se agota, necesito más. Tal como si quisiera escudriñar cada rincón de un galpón enorme con la sola luz de un fósforo. El misterio es demasiado grande como para que pueda entenderlo, jamás. Y como esa visión que me da el fósforo, particular y concreta, no me alcanza, sigo buscando esa quietud, esa paz, eso que decidí llamar felicidad. Por lo que dice San Agustín, quizás no lo encuentre de este lado y tenga que esperar, porque el encuentro verdadero se da después del gran salto. Definitivamente, habrá que esperar. Y seguir. Buscando. Siempre.

Lo bueno, me parece, es que no estoy solo. A Bono le pasa lo mismo. Chupate esa mandarina. Aunque creo que somos muchos, muchos más que dos...



domingo, 23 de octubre de 2011

La mirada de los otros

Hace mucho que no escribía. Es que para escribir, dicen los que saben, hacen falta dos cosas: inspiración y tiempo. Lamentablemente, durante las últimas semanas, cuando anduve inspirado estaba apurado, y cuando tuve tiempo se lo regalé a menesteres menos elevados y más cercanos a necesidades primarias, como dormir y comer. Pero hay veces en las que una experiencia desborda creatividad y entusiasmo; cuando la vida no se da el lujo de quedarse callada, ante nada. No te pregunta, te exige escribir. Te lo ordena. Ante eso, me descubro esclavo, obediente y leal, atento a cumplir responsablemente con las indicaciones interiores del vital y malcriado tirano que me exige que empiece. Acá estamos.

Quiero contar algo. Algo que me pasó y sobre lo cual pensé. Hace un par de semanas quise hacer una prueba. Un poco extraña quizás, pero de esas cosas que de vez en cuando vale la pena hacer para aprender a mirar como miran otros. Una de esas pruebas que a veces hago para pensar, para sentir empatía, para entender. Eran las 19.30 de un jueves, estaba en la puerta del Ministerio. Caminé unos metros, me senté en la calle y me saqué los zapatos. "No puedo caminar con medias, las voy a agujerear todas". Me las saqué también. Ahí estaba, sobre Paseo Colón, elegantemente vestido y... descalzo.

Trabajo en un edificio que queda sobre la Avenida Paseo Colón al 200. Desde la puerta del trabajo hasta la estación "Catedral", cabecera de la línea D del subte (en el resto del mundo le dicen "Metro"), hay, aproximadamente, entre 550 y 600 pasos (suena raro, sí, pero alguna vez los conté). Todo gran camino empieza por el primer paso, así que empecé a caminar. (Re-descubrí una verdad olvidada: no hace falta irse muy lejos para poder tener experiencias inquisidoras y renovadoras que, simultáneamente, te golpean y plantan frente al asombro y la duda. Y aparece ella, ¡qué linda es! La Filosofía... Como a una novia, la miro, sonrío admirado, casi que se me pianta un lagrimón mientras me digo para adentro: "cómo te quiero, hija de puta". Es que sí, es lindísima y además tenemos unas charlas geniales. Pero bueno, en fin, volvamos a Paseo Colón).

El piso estaba muy sucio. Muy. Es que sobre esas veredas pasan muchísimas personas todos los días. Gente con una y mil historias, viejos, jóvenes, pobres y ricos. No hay distinción ni discriminación. Paseo Colón es una calle inclusiva: podés ver o encontrarte con cualquiera. A las siete de la tarde ya no había tanta gente, aunque el caudal sigue siendo importante. Muchas personas hacen colas esperando a los colectivos que los devuelvan para sus casas, en el Sur de la Ciudad o en el Gran Buenos Aires. Hay puestos de diarios, vendedores ambulantes, políticos, docentes, cartoneros, bancarios, estudiantes, empleados de oficina, todos mezclados, además, claro, de los animales (principalmente perros y palomas, aunque alguna rata he visto). Empiezo caminando con cautela, con miedo. Cortarse un pie por caminar descalzo, volviendo del trabajo, podría catalogarse como la manera más boluda de lastimarse del año. El suelo no está tan frío como yo pensaba. Mientras siento como se pegan algunas partículas de polvo a mis plantas, empiezo a sentir, mucho más densamente, la mirada de los otros. La gente me mira. No como se mira a una personalidad famosa, no como se mira a un viejo conocido, ni como se mira a alguna chica linda por la calle. Es otra mirada. No es admiración, ni siquiera empatía. Tampoco es miedo. Los entiendo, si yo viera a un pibe desclazo por pleno centro pensaría que es un loco o un estúpido (mi nivel de tolerancia los días de semana es un poco más bajo que cuando duermo mejor). Sigo caminando, sigo descalzo. Cruzo Alsina y ya voy 50 metros de aventura. Mis plantas se ennegrecen rapidísimo. Es impresionante que no nos saquemos los zapatos al entrar a nuestras casas, después de pisar esa mierda todo el día. Simplemente, no lo puedo entender. Me arremango un poco los pantalones para no pisarlos y me siento cada vez más ridículo y fuera de lugar. "¿Qué estás haciendo?" me pregunto.

Casi llego a la Casa Rosada cuando me acuerdo de Sartre y esa definición que da en "A puerta cerrada": "El infierno es el Otro (o "son los otros", según la traducción y el sentido que se le quiera dar)". El infierno son los otros. No lo entiendo, lo siento. Los otros, que deberían estar para salvarme, para ayudarme, para incluirme. Si estuviera sólo, podría caminar mis 600 pasos en paz. Tranquilo. Sin sentirme juzgado. Sin que nadie me mire. Si fueran las tres de la mañana o si un extraño virus los convirtiera a todos en zombies, como en esas películas del norte, estaría total y absolutamente sólo y no me sentiría así. Caminando descalzo, por Plaza de Mayo, entendí un poquito de lo más triste del existencialismo francés: hay veces en las que los demás pueden ser el infierno para algunos.

¿Para quiénes? Para los diferentes. De repente fui ciego, de repente fui lisiado, deforme, paralítico, feo, torpe, raro, discapacitado, viejo, rengo, loco, histérico, bipolar, con TGD, demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado algo. Diferente. Entendí esa mirada y me reconocí. Me reflejé y me vi cuando miro a ese señor de maestranza del Ministerio que tiene una deformidad facial. Me vi a mí mismo en esas miradas. Me reflejé cuando prejuzgo a esa gorda o cuando miro de más a ese tipo, que quizás tuvo un ataque de presión o un ACV y cuya cara quedo parcialmente paralizada. No lo hago con mala intención, miro. Pero ahora entiendo cuánto duele mi mirada. Sigo caminando. La Plaza de Mayo se me hace más larga que el Camino de Santiago. Me siento tentado y me digo: "bueno, muy interesante, para pensar, ahora nos sentamos (a veces me hablo en plural; psicólogos, Uds. dirán), zapatos de nuevo y a casa". Pero no. Hasta Catedral. Dale.

Cruzo toda la Plaza. Sigue estando escindida por un vallado sin sentido. Le doy la vuelta y camino, a paso lento. Incómodo porque me pinché con algo y porque me sigo sintiendo observado. Al llegar al semáforo espero que cambie la luz. Una chica me miraba los pies, me autojustifiqué, mintiendo: "es que se me rompió un zapato". Sonrió y murmuró algo así como "qué garrón". Ahí entendí la segunda lección importante. Cuando ella sintió que podía ser como yo, que sus zapatos no son irrompibles y que quizás, algún día, ella misma esté cruzando Bolivar hacia la estación Catedral, descalza, sonrió. Entendió. Mi relato tenía sentido. Ya no era tan lejano. Yo puedo ser vos y vos podes ser yo. Empatía.

Volví a los ciegos, a los lisiados, discapacitados y distintos, al tipo con la deformidad facial y a mi mirada. Volví y entendí. Yo puedo ser ellos aunque muchos de ellos no puedan ser yo. Sentí una profunda empatía. Yo soy ellos y ellos son yo. No somos diferentes. El Verbo se hizo carne. El discurso políticamente correcto que siempre sostengo sobre inclusión, se hizo carne. Se hizo inolvidable. Se hizo necesidad. Se hizo mío, me hizo suyo.

Bajé las escaleras de la estación y me subí al vagón del subte. Me senté. Tenía los pies negros. Muy negros. Sonreí mientras me ponía las medias. La gente, obviamente y con toda razón, me miraba. Me puse los zapatos. En la segunda parada, estación "Tribunales", me bajé. Era uno más. Me senté a esperar el próximo subte mientras lloraba. Era uno más. Cuando me volví a subir al vagón del siguiente subte, nadie me miró. Agarré mi teléfono, leí mis mails. Era uno más, sí, pero me sentía diferente.

Les recomiendo esta experiencia. Sinceramente, vale la pena. ¡Un abrazo!


domingo, 7 de agosto de 2011

¿A quién voy a votar?

(Es una entrada cien por ciento discutible. No soy un maniqueo político y no me parece que de un lado estén los buenos y probos y del otro haya gente desdeñable y horrible. Creo que en política hay muchos grises y no porque sea un Borocotó cualquiera, sino porque hay que saber escuchar, mirar la realidad -la única verdad según Aristóteles y según el General- y, si hace falta, saber, con mucha humildad, cambiar de opinión cuando los hechos demuestran algo)

Últimamente tengo un deja vú político, no pasan más de quince o veinte minutos en los que estoy hablando con alguien cuando viene la pregunta inevitable: "¿a quién vas a votar? ¿por qué?". Se me pasan mil ideas por la cabeza y se inicia un diálogo que tiene mucho de lo que viene a continuación.

Es que se acerca el domingo 14 y se vienen las primarias. La verdad es que si bien hay algunos videos e información dando vueltas, nadie sabe del todo bien qué es lo que se vota y ni porqué se vota el domingo que viene. Simplemente sabemos que hay que votar, aunque poca influencia (eso creen muchos) tengan estas elecciones en las de Octubre.

La cuestión es que, casi como quien no lo quiere, se nos presentan una multitud de opciones, tanto a nivel presidencial, como legislativo, provincial y municipal. ¿A quién votar? En democracia, esa es la cuestión... Me parece muy rico poder dar una respuesta fundamentada a esas preguntas, acá va mi intento:

Voy a enumerar una serie de razones por las que, de entre todas las opciones, la posibilidad de votar a Duhalde para Presidente me parece la "menos mala".

Empecemos por aclarar que si estuviéramos en el 2015 y las opciones para "presidenciables" fueran Macri, Urtubey, Massa o Scioli, Duhalde sería mi última opción. Lamentablemente, estamos en el 2011. Mis opciones se debaten entre Cristina, Binner, el hijo de Alfonsín, Rodríguez Saá, Carrió y algún que otro último candidato que en este momento no recuerdo. A pesar de que los políticos estén muy devaluados, los candidatos que tenemos no son tan malas opciones. Hay gente de principios rectos y coherencia de vida, como Carrió y Binner; buenos administradores, como el mismo Binner y Rodríguez Saá; representantes de partidos históricos, como el hijo de Alfonsín y Duhalde. Hay candidatos con suficiente aparato como para poder presentar una buena elección y, si se diera el caso, gobernar en orden, como Cristina y, otra vez, Duhalde. En fin, según cómo se lo mire, todos tienen algo bueno que rescatar. Tenemos que encontrar las cosas buenas de cada uno, sino, corremos el riesgo de hacer una crítica meramente ideológica, incapaz de ver las luces y sombras de cada uno. Al fin y al cabo, primero hay que informarse, conocer a los candidatos, su procedencia, sus logros de gestión, sus chanchullos y después, a conciencia, elegir lo que uno crea que sea mejor para nuestro querido (no más "amado") país.

Me gusta la Asignación Universal por Hijo (no como se implementó, pero sí como proyecto), me gusta el Plan Conectando Igualdad, me gusta el apoyo al mundo artístico mediante leyes que protegen al actor y soy fanático del apoyo al mundo científico y de la vuelta al país de cientos de intelectuales y hombres de ciencia. El nuevo predio del Conicet en bodegas Giol me ilusiona... Sin embargo, no votaría a Cristina. Nunca. Ocho años de "modelo" a una tasa de crecimiento infernal a pesar -no a causa- del matrimonio gobernante, no trajeron su correlato en infraestructura, en mejora de las condiciones laborales, descenso de la pobreza, de la tasa de empleo informal, mejora en calidad educativa (más bien lo contrario), industrialización, real redistribución de la riqueza y un larguísimo etcétera, sino más bien un país que depende de un consumo exorbitantemente artificial, sin posibilidad de créditos blandos y que se lleva puesto algún activo importante de la población cuando le hace falta caja, como las jubilaciones, que después pagaron las obras de las Madres... Ni siquiera es un país que se "conoce a sí mismo" porque se miente a sí mismo mediante un INDEC intervenido. Subsidios mal distribuidos son otro ejemplo de una "política económica" que tiene poco de los segundo y mucho del primer término (en este país los pobres pagan el gas 10 veces más caro que los ricos y todos pagamos el transporte por igual; la Asignación Universal por Hijo no salió con las medidas que imposibilitaban la opción de usarla clientelarmente como propuso la Coalición Cívica sino que se usa para mantener la pobreza funcional al gobierno: la mayoría de los chicos que se habían re-insertado al mundo escolar ya no van más. Es lógico, los padres se dieron cuenta de que si no van, no pasa nada). Ni que hablar de los presos políticos, del desorden, de los 14 muertos por represión en protestas callejeras, de los altísimos índices de corrupción, de la crispación constante, del gobierno por decreto, de la parálisis del poder judicial, del mal uso de los medios de comunicación oficial y de tantas otras cosas que no me agradan mucho de este gobierno.

Me queda la oposición... ¿A cuál elegir?

Rodríguez Saá es funcional al gobierno kirchnerista. Por eso se presento en las listas internas del peronismo para pelearle el puesto a Duhalde y por eso recibió el apoyo masivo de los kirchneristas del PJ. Su familia gobernó por tres decadas una provincia bien organizada y con una tasa de desempleo envidiable hasta para el primer mundo. Su política con los pueblos originarios me pareció acertada y pacificadora. Sin embargo, detrás de las rutas doble mano que recorren la provincia, se esconde la tasa porcentual de trabajadores del Estado más alta del país. O sea que los que no están desocupados, no lo están porque trabajan para el Estado. No me quiero imaginar las consecuencias de extrapolar una política tan irresponsable al total del país: el actual gasto público (ya insostenible) se tornaría aplastante. Supongo que la maniobra política detrás de la candidatura de este provinciano no debe ser más que un buen arreglo con el oficialismo, a cambio de que baje las posibilidades que el otro gran actor peronista acceda al ballotage. En otras palabras, que Rodríguez Saá -que sabe que no va a ganar- le coma la mayor cantidad de votos a Duhalde termina beneficiando a Cristina en Octubre. Quien lo vota, inevitablemente, termina siendo funcional al oficialismo.

Binner es un socialista por definición: tiene las virtudes del peronismo pero no roba. Aunque los peronistas no lo entiendan, realmente cree en lo que dice y vive de acuerdo a eso. Trabajó por las instituciones y gobernó bien la provincia de Santa Fe. Sería un gran candidato pero no lo conoce nadie y no tiene proyección nacional. En la coyuntura actual, no me animo a pronosticarle más del 5%. En su propia provincia su candidato a duras penas le ganó a un humorista, nobel en política, por tres puntos y medio. Además, (y este es, definitivamente, un "contra" muy grande desde mi propia cosmovisión) promociona el aborto a pesar de ser médico. Por lo que no podría votarlo ni darle mi apoyo, jamás. Me cortaría una mano antes de ser el involuntario propulsor de ningún tipo de genocidio.

Carrió no hizo una mala elección en el 2009 cuando hubo que renovar legisladores en diferentes niveles. Es una mujer capaz y formada. Sin embargo, no propone mucho y nada le viene bien. Incluso sus legisladores suelen imitar su estilo confrontativo y poco constructivo: muy útil como oposición controladora, pero muy poco práctico como partido gobernante. No me imagino un gobierno de la Coalición Cívica en el poder por mucho tiempo. Sin ánimo destituyente, los idealistas a las ideas, los políticos a los gobiernos. Nada más. Un poco de realismo no le hace mal a nadie. Me parece un espacio político que suma mucho en el lugar donde está: la oposición.

Me quedan el hijo de Alfonsín y Duhalde. Qué dúo. Hablamos del Duhalde que, como bien me señalaron mis amigos Foca y Fede Thompson, no tiene el más mínimo respeto por las instituciones ni la democracia: se llevó puesto un presidente en el 2001 mediante los saqueos. Por otro lado, el hijo de Alfonsín tiene tanta experiencia política como yo manejando portaaviones: creo que no termina de entender a qué se está postulando ni lo que eso implica. Su mayor mérito, a mi modo de ver, es ser "hijo de". Y quizás por la educación familiar o vaya a saber uno porqué, ser "hijo de" no me parece un logro que caiga sobre el esfuerzo y el mérito personales, sino que es casi un título nobiliario. Me suena tan mal. Ser "hijo de" es medio insulto, qué mal empezamos...

El partido radical ya de por sí, por principio, no me gusta. Me siento más peroncho, más amigo de la Justicia social, de la Doctrina Social de la Iglesia, de los movimientos de masas, de la redistribución. Llámenme bruto, pero ese radicalismo con olorcito laicista no me gusta. ¿Qué hicieron los radicales por el país? A mi modo de ver: mucho más los de principios del siglo pasado que los de finales. Si estuviera Yrigoyen dando vueltas, lo pensaría... Alfonsín (padre) fue muy importante a su manera, pero de las cosas que le agradezco, la principal es haberse puesto firme respecto a la definición de persona desde la concepción. Ahora, una cosa es el padre... ¿Y el hijo? Ese es con quien Néstor soñaba llegar a un ballotage. Yo no lo quiero en el ballotage. No lo veo capaz de gobernar y sería trágico que ese modelo insostenible le explote a otro radical que nos traiga diez años más de kirchnerismo. No, gracias.

Entonces... ¿Duhalde? No me gusta nada. Pero lo veo capaz de gobernar. Tiene aparato para presentar una buena campaña y, por tanto, una buena elección. Tiene una muy mala imagen que lo complica para el ballotage, pero si la elección se polariza mucho, quizás...

No es un santo de mi devoción, pero entre un peronismo kirchnerista y uno duhaldista, me quedo con la segunda opción. Una de mis premisas es que son los dos únicos sistemas capaces de gobernar y de mantener el orden. Ambos son verticalistas, personalistas y corruptos. Sin embargo, dudo que 8 años de duhaldismo con crecimiento del 8% en promedio permitieran que hubiera gente, en un país de 40 millones, que siembra y cosecha alimentos para la mitad del mundo, se muriera de hambre. Sinceramente, qué modelo de mierda el de Néstor y Cristina. Corruptos, demagógicos y, además -pecado radical-, ineficientes.

De todos los candidatos para Octubre, sinceramente creo que el mejor para nuestro país, hoy, es Duhalde. Y no soy duhaldista. Sin aprobar su gestión en la Provincia (ni reprobarla) ni tomarlo como un referente moral, me parece que es el único que reúne las características para poder gobernar. Cuando las papas quemaban en el 2001, después de tres presidentes que duraron una semana, agarró la batuta y no dejó el infierno del que Néstor se quejaba, sino un país sin déficit fiscal, devaluado y con corralito: todas muy impopulares pero necesarias condiciones para gobernar. Cuando hizo falta coraje, se puso la camiseta y dio la cara. No es poco. Tomó un país al borde de la guerra interna y dejó un país, anticipadamente y por la muerte de los piqueteros en Avellaneda, gobernable y posible. No lo defiendo como administrador, en los ´90 dejó un PAMI con agujeros por todos lados que gente con marcada vocación renovadora, como Graciela Ocaña, tuvo que limpiar no sin fuertes resistencias. Sin embargo, no hizo una gestión mala en provincia de Buenos Aires, cuando la provincia fue beneficiada con fuertes fondos de coparticipación y se destacó por la construcción y la obra pública.

Además de estas cosas, creo que no va a llevar más adelante la política vengativa y revanchista de la historia.

¿Es el mejor candidato? No lo creo. Antes votaría a Urtubey, a Massa o a Macri. Pero ellos no se presentan y tengo que elegir... Tengo que elegir, a conciencia, lo que crea mejor para mi país y para las 40 millones de personas que viven en él. Acá mis motivos.


Lo miro de nuevo y con un sano respeto democrático y republicano, le pregunto: "¿Y vos? ¿A quién votás? ¿Por qué?"