martes, 29 de abril de 2014

Tres décadas ganadas

Es el Día del Animal y hoy, como cada año, es mi cumpleaños: el aniversario del día en que le abrí los ojos a este mundo. Y aclaro que es a este mundo porque ya existía pero no lo podía ver ya que estaba muy cómodo con los ojos casi cerrados, en la tenue oscuridad del vientre materno; por lo que tendré algo así como treinta años y nueve meses. Así de golpe, en una reflexión, ¡soy un poco más viejo! Aunque eso no me pesa mucho, ni el hecho de que se trate de una década a estrenar que empieza con un número nuevo. No me molesta crecer. Al revés, me gusta. Siempre me gustó cumplir años y, especialmente, celebrarlo.

Este año, como muchos otros, me encuentra lleno de interrogantes que me interpelan. Muchos tienen respuestas parciales, debatibles, incompletas. Y cada posible respuesta es un esbozo que no supera el escrutinio escrupuloso y obsesivo de la conciencia ensimismada. Sospecho que el problema pase justamente por ahí: en no abrir. Por eso, las abro. Por el sano ejercicio de preguntarnos y replantearnos la propia vida, la existencia misteriosa que vivimos en este sueño de luces y de sombras que es peregrinar por estos horizontes que, de a poco, convertimos parcialmente en nuestros lares. 

Desde que tengo conciencia, me reencuentro errante, mirándome reflexivamente en el espejo, intentando reconocer un rostro familiar que, repentinamente, carece de una identidad definida, clara y distinta, evidente y dada: ¿Quién sos? - le pregunto a mi imagen reflejada. ¿Quién soy? Y después de 30 años, la experiencia se repite. ¿Quién soy? 

Y así, surgen todas las demás. Como si la caja de Pandora liberara un espinoso genio filosófico que barre con todas las certezas y me clava cada una de sus puntas de tal manera que no pueda quitarme sus aguijones sin antes dedicarles un rato paciente y, a veces, doloroso, hasta alcanzar un momento de alivio pasajero: ¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Cuál es tu historia? ¿Cuáles tus dolores? ¿Tus alegrías? ¿A quiénes amás? ¿Cómo los amás? ¿Lo saben? ¿Cuáles son tus límites, tus fracasos, tus pecados, tus sombras, tus defectos, tus miserias, tus vergüenzas? ¿Cuáles son tus posibilidades, tus triunfos, tus bondades, tus luces, tus virtudes, tus riquezas, tus motivos para sonreír? ¿Por qué no sonreís mucho más? ¿Cuáles son mis proridades? ¿Por qué son esas y no otras? ¿Soy feliz? ¿Vivo una vida llena de sentido? ¿Qué cambiaría? ¿Por qué? Y miro al futuro, ¿qué querés? ¿A dónde vas? ¿Cuáles son las metas? ¿A dónde quiero llegar? ¿Cómo? ¿Por qué? Y así en lo personal, familiar, académico, laboral, social, deportivo, político y trascendente. ¿Quién voy a ser? ¿Quién querés ser? Y descubro ese infinito entre quien quiero y quien soy, que trato de recortar con mis sudores y mis esfuerzos. Y me humillo, que no es algo malo, sino que es reconocerme humilde, pequeño, débil, incapaz, limitado. Y no es algo malo porque es cierto. Me libera saberlo. No soy perfecto ni tengo que serlo. Esa sed de infinito es otra cosa y no se calma con títulos, ni amores, ni logros, ni esfuerzos, sino en un rato de contemplación silenciosa donde no hago nada, sino que dejo que Él hable (y a veces no habla, muchas veces no habla) y, como siempre, me tienda una mano liberadora y catárquica. Paz y Bien. 

Pensar así quizás sea un defecto profesional mal aprendido en las épocas en las que coqueteaba con Sophia, devenido en vicio personal. Interrogarme de manera sistemática. Replantear todo. Libremente. Atado a mi presente, fruto de la libertad del pasado, pero abierto a mirar el futuro con ojos nuevos. Porque es el descubrimiento de esa incompletitud, de esa carencia, de esa falta, lo que me pone en movimiento, lo que me llena de proyectos inagotables y de metas imposibles. Es por ese motivo que soy un optimista empedernido. Porque vivo en el barro, sucio y mugriento hasta abajo de las uñas. Porque siempre puedo ser mejor. Porque reconozco que me equivoco demasiado. Porque lastimo con mucho más frecuencia y gravedad a los que me aman que a los que no. Porque no hago suficiente. Porque pierdo tiempo en cosas banales y vacías. Porque me desentiendo de las necesidades reales de los demás. Porque tuve y tengo todo, y doy poco. Poquísimo. Porque inflo esa versión de mi mismo donde no soy nunca egoísta, infiel, cruel, hiriente, murmurador, torpe, vago, mentiroso, y muchísimas cosas más que por vergüenza no podría escribir públicamente. Pero son parte de mí. Son los silencios que hacen posible la melodía. Las sombras que hacen que valore los colores, que también son abundantes, variados, ricos y profundos. Los otoños que habilitan la primavera del perdón. Es un bellísimo oxímoron porque justamente su condición de límites es la que define el contorno de mi propia existencia en este mundo. Los vicios y los defectos son la frontera entre el ser y la nada. Y así el mal no es mal, ni tan malo, ni tan grave, sino una parte inalienable y desastrosamente personal de lo que soy. Y lo entrego. Es Tuyo, lo bueno y "lo otro". Quizás sea ese el verdadero barro para el vaso nuevo del Alfarero. En el fondo, estoy seguro de que lo es. Solo así puedo expandirme y crecer, solo así puedo relajar mis fronteras y ganarle lugar a la nada. Solo así puedo ser más y mejor. Es cierto que Vos hacés nuevas todas las cosas, que convertiste los dolores en perlas y las espinas en rosas. No son canciones, son experiencias. Ya tengo 30 años de esas experiencias. Gracias por mis límites, que son muchos. 

Y casi todo lo otro es polvo. Los logros, los títulos, los méritos, las medallitas y los torneos, los tiempos y las carreras, las metas superfluas. Lo que permanece es el amor. Ese verdadero Amor y mi muy humano amor, con todo lo lindo y todo lo inmaduro que es. Mis treinta años de amores: ordenados; desordenados; libres y esclavos; liberadores y alienantes. Y los que me amaron a mí. Mi mayor bendición es cuántas personas pusiste cerca mío que me quieren tan lindo, y tan bien. Que me hacen mejor. Que me hacen ser agradecido y alegre. Que me llenan de vida. Que me perdonan, me abrazan, me dan afecto y presencia. Que perdonan, que me sanan, que muchas veces no tienen condiciones. Y en su amor también encuentro ese motor que arrolla, que me pone en movimiento hacia lo arduo, hacia el desafío de los peligros grandes. Gracias por los que me quieren, que son muchos, y me quieren de muchas maneras. 

Y así van tres décadas. Tres décadas que no me alcanzan. Necesito tres y quizás seis más. Necesito aprender tanto. Tengo tantas ideas, tantos proyectos, tantas ganas. Y sigo pidiendo, que es mi forma de agradecer el pasado pisado. Sigo pidiendo porque quiero hacer un futuro más lindo, para mí y, ojalá, para otros también. Sigo pidiendo porque me encariñé con el camino, aunque reconozco su absoluta contingencia. Me obnubila la belleza de un mundo lleno de verdades parciales y de bienes imperfectos, todos un atisbo de la Gloria verdadera que añoro. Sé que estoy acá porque tenía demasiadas preguntas como para no haber venido. Y si me hubiese quedado, allá donde sea que haya estado, no me hubiese alcanzado y hubiese cometido la más grave de todas las faltas, que es pensar que hay mas satisfacción en otro lado que en Vos. Acá actúo de esa manera todo el tiempo, todos los días, de manera obsesivamente recurrente, en los asuntos nimios y en los más graves. Y siempre descubro lo mismo y me choco con los límites de mi propia finitud, esos que tan bien aprendí a conocer, esos que tan bien conocés Vos y que sanás y querés. Quizás, a la larga, aprenda. De eso se trata. De aprender. Y en ese sentido, estas tres décadas fueron tres décadas ganadas. ¡Y qué linda que es la vida, carajo! Ganadas a los golpes, en batallas interiores y en preguntas sin respuestas; en sentimientos que no entiendo y en la profunda convicción de que todo es pasajero pero que, igual, hay mucho por hacer porque esta vida vale la pena y porque la verdadera felicidad está en el darse. Esa es mi certeza, ese es mi compromiso y esa es Tú mayor lección. Gracias, Amigo, por enseñarla con tu propia Vida y, así, convertirla en mi Verdad y en mi Camino. Gracias por ese aprendizaje, que es mi cruz y mi destino. 

Quizás esa sola afirmación haga de este día un gran cumpleaños. Un cumpleaños feliz. Porque quien se da, es feliz. Y este escrito no es más que un desnudarme donativo, una donación de mi corazón transparente, vulnerable, real, humano. Y mis tres deseos, esos que no puedo decir en voz alta, tienen mucho que ver con eso. Puede que sean tres grandes gracias, tres grandes agradecimientos. Simplemente eso. Estoy un poco metafísico, un poco filosófico, un poco denso. El año que viene voy a escribir algo sobre los animales. Después de todo, también es su día, ¿no? 

jueves, 20 de marzo de 2014

¿Por qué somos tan corruptos?

Uno atrás de otro, todos los días, escucho algo que tiene que ver con la palabra "corrupción". En el plano chiquito, en la coima al policía, en el impuesto no pago, en el bien no declarado, y en el plano grande, donde se juegan los destinos de todos. Corrupción. Parece que está en todos lados...

Empecemos por lo más académico. La corrupción es una falta ética grave. De manera muy general, la podría definir como el incumplimiento de un deber (de lo que es debido -en el fondo, una acción contra la justicia, "lo que corresponde") a cambio de un beneficio personal o del beneficio para una facción a la que pertenece el que obra. Rumpere, en latín, significa: "romper". Corromper es romper con ganas, romper fuerte. ¿Romper qué cosa? Lo justo.

El corrupto rompe lo justo, rompe el orden. Alguien deja de recibir lo que le corresponde para que el corrupto lo reciba para sí, cuando no lo merece. Si lo mereciera, lo hubiese conseguido en base a sus méritos. Pero no, se vale de otros medios para conseguir lo que quiere.

Toma para sí lo que es de otro. Le roba.

Cuando la corrupción se da en el ámbito de lo público, la gravedad moral de ese hecho es mucho mayor. Por eso es más grave evadir un impuesto que estafar a un privado. Cuando le robo a un grupo "de privados", los perjudicados son ese grupo concreto de personas a las que perjudico con mi acción. Cuando corrompo a un funcionario público, los perjudicados son todos los ciudadanos, todos los miembros de la sociedad, especialmente quienes más dependen de los servicios públicos. Los corruptos le roban a todos pero ese robo afecta, especialmente, a los que menos tienen. Si el funcionario me otorga obra pública con sobreprecio, cada contribuyente paga más por lo que debería haber pagado menos. Los cagamos. Les cobramos caro algo barato. Si el funcionario acepta el soborno y me da la obra a mí, se la deja de dar a otro que era más eficiente. Al usar mal esos recursos, que de por sí son escasos, la frazada, que de por sí es corta, empieza a desabrigar y ya no alcanza. Hay que recortar, porque no hay suficiente.

¿Y a quiénes afectan esos recortes? De nuevo, a los que menos tienen, a los que más dependen de los servicios públicos. Le roba al docente que cobra poco; al paciente que no tiene insumos; al alumno que no es contenido por un buen equipo pedagógico; al tipo que se come un pozo en una ruta y se mata, quizás desangrado porque la ambulancia no llegó; a los miles de usuarios que viajan mal en el tren y en el subte; y así. A un montón de gente, a todos, y especialmente a los más vulnerables, a los marginados, los que están al margen, no en el centro, sino en las periferias. Los más débiles. Mientras la plata no alcanza para algunas cosas fundamentales, otros la pesan porque no tienen tiempo de contarla. Algo anda mal.

¿Cómo evitar la corrupción? Si llevamos el debate a un tema de principios es difícil encontrarle la vuelta. Me parece que además de una cuestión moral es un tema de incentivos: poco riesgo, muchos beneficios. Es la inversión perfecta. Si la percepción del corrupto es que agarran a uno de cada millón y que, al que agarran, no lo meten preso, y que si es corrupto los beneficios de la acción deshonesta son desproporcionadamente altos en comparación con la rectitud, entonces está el campo abierto a que todos sean corruptos. Para responder a la pregunta que introduce este párrafo, la corrupción debería disminuir si los incentivos se modifican; ergo, a modo de hipótesis: a una percepción menor de los beneficios o a una percepción mayor de los costos de la corrupción, ésta debería disminuir. En criollo, si sabés que ir en cana por un tiempo largo es una posibilidad real (te consta porque agarraron a "x" "y" y "z", y siguen presos), o sea, le subís el precio a la corrupción, es más probable que se "consuma" menos corrupción, que haya menos corruptos.

¿Cómo le subimos el precio? De varias maneras. Subiendo las penas. Considerando que la corrupción no prescribe (no tiene fecha de vencimiento, como los delitos que atentan contra los DDHH -¿o, acaso, quitarle a los que menos tienen, atentar contra la educación, la salud, el transporte, etc. no es atentar contra los derechos más básicos?). Fortaleciendo y dándole independencia a los organismos de control. Promoviendo medidas de gobierno abierto, donde cualquier ciudadano puede acceder a la mayor cantidad de información pública posible. Con castigos ejemplares: viendo a los corruptos, presos. Son sólo algunas ideas. Debe haber muchas más. Hay que subirle el precio a la corrupción.

Mientras más transparente sea el sistema, más difícil es manejar arbitrariamente lo público. Todos los sectores te pueden interpelar, cuestionar, plantear inquietudes y denunciar. Se trata de restituir el valor fundamental de la Justicia. Sin ella, no hay sociedad posible.

No se me ocurre una política más progresista. La pregunta es, ¿por qué no lo hacemos? 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El planteo del problema (o la motivación subjetiva para pensar estos temas)

Estoy trabajando sobre las propuestas de investigación para el doctorado. Eso quiere decir que tengo que contarle a un tribunal qué pienso investigar el próximo año y pico, por qué es importante, cuál es el "gap" (agujero, espacio conceptual) en la literatura que pienso llenar y cómo lo voy a hacer.

Hay mil maneras de llevar adelante este proceso. Para mí, la mejor es exponerse. Así que en los próximos días y semanas voy a escribir algunas entradas con ideas que me gustaría que critiquen constructiva y destructivamente, observen y comenten. Mi mail es santiagosena@yahoo.com.ar

Empiezo por la motivación personal y subjetiva para investigar, planteada en forma de problema que me conmueve. Acá va:


Este es el problema: hay algo que está profunda, estructuralmente, mal.

Miro mis fotos en facebook y empiezo a notar que hay muchas cosas similares y "en común" entre ellas. Más allá de mi presencia en la gran mayoría, claro. Veo que en muchas estoy comiendo o tomando algo, sonriendo, en un lugar lindo, ordenado. También veo que hay luz, que está limpio, que estoy con los de la facu o los del trabajo (y descubro que tengo más de un trabajo), o los del posgrado (y descubro que si hago cuentas ya voy por mi vigésimo cuarto año de educación formal, o sea, dos escuelas completas), o los de rugby, o los del equipo de running. Estoy sano y sonrío, gordito.

Y empiezo a pensar y sé que esta realidad, no es la realidad. No sólo porque lo estudié, sino porque también lo intuyo. Es sólo mi mundo. No es el mundo. Y ese es el problema.

Y me da bronca.

Me da bronca pensar que dos de cada tres personas no saben lo que es un mail. Ni facebook. Ni twitter. Ni linkedin. Ni ninguna de las otras hueveadas a las que les dedico tiempo, como este blog. No lo saben porque no tienen acceso a Internet. Y más allá de las redes sociales, si no conocés a cuánto se venden tus productos en la ciudad, los intermediarios "te baratean", te pagan poco. Y si tenés acceso a Internet quizás armás una revolución. No es un tema de cholulismo virtual. Es la posibilidad de vivir mejor y de estar informado sobre las cosas que te cambian la vida. Esos 2/3 tampoco tienen acceso a una cloaca, así que disponen de sus soretes de otras maneras, algunas más higiénicas y otras no tanto.

Un quinto del mundo no tiene acceso a agua potable. Eso se traduce en que se enferman de cosas que podrían evitar. Y esas enfermedades afectan especialmente a los más chicos y a los más viejos. Por eso en algunos países (y en algunas de nuestras provincias, y en algunos de los barrios de nuestras ciudades) la mortalidad infantil es muy alta y las expectativas de vida son más bajas. Y el número gigante, ese que nos apichona y frente al que parece que no hay nada que hacer, es que 9 millones de chicos menores de 5 años se mueren cada año de enfermedades evitables vinculadas al agua, o a su ausencia. Me da bronca.

33% no tiene electricidad. Y ese dato frío quiere decir que tu actividad laboral y familiar se termina cuando se pone el sol. Que tus hijos no estudian si no es de día, pero vos sabés que de día están con vos en el campo, en alguna zona rural. Y eso no es explotación infantil, es economía de subsistencia. Y esto lo sabe cualquiera.

Y hay mil datos más, muchos referentes a educación, a estabilidad y formalidad del trabajo, a dignidad o "condiciones" del hábitat (acceso a servicios "básicos"), o los coeficientes, como el de Gini (que no es Santi), que miden la desigualdad del ingreso (este es fuerte, en Argentina, en los 50´s el 10% más rico ganaba 7 veces más que el 10% más pobre; en el 2008, subió a 25. Epa. Datos posteriores dependen del Indec de Moreno, el ex Secretario, así que ni idea). Uno que tiene buen marketing es que un billón de personas viven con menos de un dólar PPP (purchasing power parity) por día. Y esa PPP quiere decir que no es un dólar blue, o sea diez mangos por día. Ese PPP significa que vivís con lo que se compraría un norteamericano con un dólar por día. Eso, en Argentina, quizás sean 3 pesos. En India, 35 rupias. Y así. Lamentablemente la pobreza no se rige ni se mide en el mercado oficial de divisas. Y otros casi cuatro mil millones de personas, más del 60% de la población de todo el mundo, ganan entre 365 y 3000 dólares por año, PPP.

Y no son golpes bajos. Son datos. Objetivos. Reales. Son números sobre la vida de mucha gente. El golpe bajo me viene cuando pienso cómo serían las fotos de facebook de todas estas personas, que tienen mi misma dignidad en los papeles, pero sólo ahí.

Y cuando percibís que las oportunidades pasan por otro lado, "te mandás a mudar". Primero vos, después tu familia. A la promesa de la ciudad. Que es eso, una promesa. Y no puedo evitar sorprenderme cuando escucho que hay gente que no entiende por qué las villas urbanas crecen tanto. Quizás porque las economías regionales están mal. Quizás la coparticipación y la federalización estaban buenas. Y la noticia para ellos es que las villas urbanas no son un problema de Macri, de Scioli ni de Cristina. Son un fenómeno global que sucede en las grandes ciudades de todos los países en vías de desarrollo. O sea, de casi todos. Según la ONU, entre 2007 y 2050, la población urbana va a aumentar en 3.1 billones de personas. Seguro que la pifian, no me caben dudas, pero hoy estamos divididos en partes iguales entre la ciudad y el campo, y hace 150 años éramos 20 en áreas urbanas por cada 80 en áreas rurales. Algo, evidentemente, está cambiando.

Y las ciudades no están preparadas para recibir a tamaño caudal de nuevos vecinos, cada año. Se adaptan como pueden. Si es que se adaptan o si es que se quieren adaptar. Y lo difícil es que, como es lógico, los nuevos vecinos son diferentes: tienen menos años de escolaridad, otros hábitos y costumbres, no están, en muchos casos, capacitados para la oferta laboral que existe en el mercado formal. Lo que no es lógico es echarles la culpa. Nadie, en su sano juicio, elije libre, consciente y voluntariamente, vivir mal.

¿Y ante este problema? ¿Qué? ¿Qué querés que haga? No me rompas las pelotas. No puedo hacer nada. Y enumero, mentalmente, todos los motivos por los que no puedo hacer nada. Y me evado. No quiero pensarlo. Basta.

Que se haga cargo el Estado, para eso pago los impuestos. O el Tercer Sector, que para eso dono acá y allá. O las empresas, que bien forradas en guita deben estar. O la sociedad civil, en forma de religiones, como la Iglesia o las otras iglesias o los partidos políticos. Para eso voy a Misa y voto, siempre. Nunca falté. A Misa a veces, pero nunca dejé de votar, ni cuando me parecían todos malos.

Y le pongo, le ponemos, a un montón de entes simbólicos, de juegos lingüísticos, ambiguos, confusos, carentes de un significado unívoco y universal, como "el estado", "los empresarios", "los políticos", la carga de resolver el problema de "los pobres". Y eso es lo más loco: hay algo que está estructuralmente, profundamente mal. Y le pedimos soluciones a entes cuyos significados no terminamos de definir y que, en el fondo, le significan algo diferente a cada uno. Entonces, al final, ¿quién se hace cargo? ¿Cuál es la solución?

El modelo del Estado benefactor tiene sus límites. El Tercer Sector también. Ambos son ineficientes. Yo creo que hacen mucho, pero no suficiente. Lamentablemente, los indicadores mejoraron en los últimos años menos de lo buscado y querido. De hecho, como mundo, redujimos a la mitad a las personas que viven con menos de 1.25 dólares PPP por día fundamentalmente porque China sacó a +300 millones de personas de la pobreza extrema. No porque hayamos hecho, colectivamente, un esfuerzo consciente y claro por abordar ese problema. Otros dicen que hay que re-estructurar el sistema. Pero el sistema es muy eficiente para producir recursos (hoy alcanzan para todos). Entonces re-distribuyamos. Sí, claro, ¿cómo? Saco y doy, tipo Robin Hood. ¿Y desarrollo económico trae desarrollo humano? ¿Necesariamente?

Duflo y Banerjee, en un libro que no tiene una página de malo, invitan a salir del trade-off, de la disyunción exclusiva, entre o doy todo, de manera paternalista, o dejo que el mismo mercado solucione las ineficiencias. Hay casos y casos. Hay veces en las que voy a tener que inyectar una pila de recursos para ayudar a alguien a salir de una trampa de pobreza de salud, o educativa, o laboral. Y otras donde voy a tener que tener más cuidado porque puedo torcer la estructura de incentivos y, en el fondo, crear una ineficiencia mayor en el mediano y largo plazo (el típico ejemplo es la queja, generalmente injusta, a la que estamos acostumbrados de "les dan todo y ahora no quieren trabajar")

Resumiendo: un grupo cada vez mayor de personas en situación de pobreza real se acercan a las grandes ciudades, que no siempre están listas para recibirlos, en pos de un futuro mejor para ellos y sus hijos. Huyen de situaciones de pobreza, en muchos casos, extremas, donde carecían de acceso a servicios fundamentales y donde las condiciones de vida eran paupérrimas.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué soluciones se nos ocurren? ¿Cuál es la respuesta? Si la tuviera sería asesor de la ONU y más famoso que el Diego. La idea es pensar juntos.

Hasta acá, el planteo del problema.

Algunas fotos:




viernes, 8 de noviembre de 2013

Wali, el afgano

Nunca había conocido a nadie de Afganistán.

Wali, compañero de un curso en el que participé hace poco en la India, es afgano. 

Se llama Wali. Su sólo nombre me remitió a "Buscando a Wally" y a un profesor de Historia un tanto temperamental, pero muy trabajador, que tuvimos en la secundaria. Se llamaba Javier y odiaba que, secretamente pero a viva voz, en una actitud típicamente adolescente, lo denomináramos así. Era un buen profesor. Y realmente era muy parecido al personaje de los libros infantiles. 

Pero Wali, el afgano, era muy diferente a Wally, el profesor. Si bien nunca había conocido a nadie de Afganistán, me tocó compartir no sólo cuatro semanas en las que estuvimos en la misma aula, sino también 13 días en los que fuimos compañeros de cuarto durante un viaje de estudios e inmersión cultural. 

Rara vez tengo algún problema con nadie. Contadas veces sentí eso que llaman "cuestión de piel" o una antipatía natural y espontánea por alguna persona. Esas cosas no me pasan prácticamente nunca. Todo lo contrario, suelo pensar, quizás ingenuamente, demasiado bien de la gente, me abro con facilidad y disfruto de crear y compartir climas de confianza e intimidad. Sin embargo, admito que Wali no hubiese sido mi primera opción si hubiese podido elegir a mi compañero de cuarto para un viaje por la India. Y no, Dejan, de Serbia, es un tipo muy gracioso y con quien compartimos una mirada similar del mundo. Shamim, de Bangladesh, es un académico interesante y objetivo. Dawa, de Bhutan, es un personaje único, de un país misterioso. Solomon, de Nigeria, es una especie de expositor de TEDx, apasionado y profundo. Yusef, un asesor del presidente de Etiopía. No, Wali definitivamente no era mi primera opción. Pero resultó ser, como siempre sucede en estas situaciones, una sorpresa inesperada. 

Wali tiene 25 años y vivió dos guerras civiles, un régimen totalitario, una invasión, más guerra y, hoy, el acecho del terrorismo porque su gobierno es débil y no controla la totalidad del país. Por las grandes plantaciones de opio, el narcotráfico disfrazado de terrorismo y disfrazado de colaboración con los yanquis, también es una realidad y un peligro latente. Recordemos que, además, Afganistán es un país pobre, sin acceso al mar, rodeado de vecinos como Irán, Paquistán y varios otros que terminan en "stán". Definitivamente, sólo eso, lo hace un tipo interesante. Vive en Kabul, la ciudad capital, junto con sus padres y sus diez hermanos, cinco varones y cinco mujeres. Tanto su sueldo como el de su hermano son para toda la familia, cosa común entre los musulmanes afganos. Empezar a explicar cómo viven es muy difícil, porque todo es diferente y, entonces, no sé ni por dónde empezar.

Las mujeres.
Una de las cosas que más me impresionó es que Wali nunca había hablado con una mujer ajena a la familia hasta que salió de su país, por primera vez, hace un par de años. Los afganos no tienen novias. Los padres de Wali van a buscar a una buena mujer, de una buena familia, con una buena dote, con buena fama y sin ningún manchón en el historial y van a arreglar, con los padres de la chica, cuándo se van a casar y las condiciones generales del matrimonio. Wali va a conocer a su mujer el día de su casamiento. "Vas a tener sexo en la primera cita, mirá que liberales que resultaron ser Uds. los musulmanes" - le dije a Wali en algún momento. Sonríe y se le escapa una risa tímida. Es como un niño con un puesto muy importante en su gobierno, pero un niño al fin. Es inocente y transparente.

La fe.
Wali reza todos los días, cinco veces por día. Se levanta unos minutos antes de que amanezca y hace la oración de la mañana con los primeros rayos del sol. Son las cinco de la mañana y entre la almohada y mis párpados, veo una sombra que se arrodilla, pone la frente en tierra, se para, levanta los brazos y murmura. Y así por un rato, todas las mañanas, las medias mañanas, después del almuerzo, a media tarde y al atardecer. O algo así. Me lo explicó, porque con Wali hablamos mucho de todos los temas de los que no hay que hablar con alguien si no te querés pelear, especialmente de religión y de política. Tiene una brújula para saber hacia donde rezar, siempre mirando a la Meca, en Arabia Saudita. No vive su compromiso religioso con pesadez, sino con alegría y tranquilidad, como si se apoyara en los rituales y costumbres musulmanas. Una vez me acompañó a Misa. Misa en India merece un capítulo aparte, pero volvió meditativo y, después de reflexionar, me dijo: "no somos tan diferentes; un solo Dios. Somos hermanos". No es que hablara como Yoda, de la Guerra de la Galaxias, pero su inglés no era perfecto. Desde ese momento, me trató como a un hermano.

La guerra.
"¿Qué pensás de los yanquis, Wali? ¿Cómo eran los talibanes? ¿Te molesta que te pregunte sobre estos temas?". No le molesta, para nada. Los talibanes eran mucho peor que los invasores, claramente. No había libertad, me dice, muy seguro. Apedreaban a las mujeres, que no podían salir solas de las casa, ni siquiera en una urgencia o emergencia. No había televisión ni igualdad de género, ni libertad de expresión, ni de culto, ni de nada. Al menos ahora pueden decir lo que quieren y lo que piensan. La sociedad sigue siendo conservadora, tradicional y apegada a las creencias religiosas. Pero lo elijen, no se los impone un gobierno.

Hombres de la mano.
Las parejas en Afganistán no andan de la mano. Eso está, socialmente, mal visto. Los hombres musulmanes, al igual que los indios, los nigerianos y los amigos de otros varios países asiáticos y africanos, van de la mano, o con los brazos en jarra entrecruzados, como señal de amistad. "In my country, that is a sign of more than friendship between men" - le dije, mientras Dejan, de Serbia, coincidía eufórico. Habiendo conocido la costumbre en algún otro viaje, no me escandalizaba que Wali, o Solomon, me tomaran de la mano mientras me contaban algo sobre sus países. Lo entendí como lo que era, un signo de amistad y de confianza, carente de todo tipo de tensión sexual. Sin embargo, desde que le hice ese comentario, Wali ya no quiso tomarme de la mano. Era muy tradicional, pero era capaz de salirse de las estructuras y costumbres, para respetar las mías, que eran diferentes.

Nunca había conocido a nadie de Afganistán. Pero conocer a alguien de ahí me ayudó a repensar y a mirar desde afuera muchas de mis costumbres y tradiciones. Explicar todo te obliga a escuchar tus explicaciones. Y escucharlas, a replantearlas. Es una experiencia recomendable y enriquecedora.

Finalmente, el viaje terminó. "Santi, my brother, it has been very nice to meet you, have a safe trip back to your country. You are welcomed to my house anytime". Y con un fuerte abrazo, signo universal entre todas las culturas, nos deseamos un feliz retorno a nuestros disimiles hogares con la esperanza, no muy cierta, pero esperanza al fin, de, algún día, volver a encontrarnos.





viernes, 12 de abril de 2013

Crónica(s) de una inundación anunciada

Siempre me gustaron mucho las tormentas. El placer que me produce tomar algo caliente mientras admiro cómo cae el agua incesantemente y los relámpagos iluminan el cielo sólo es comparable a la cocción, siempre hipnótica, de las brasas; al horizonte reposando sobre el mar y su oleaje; a las vistas desde la inmensidad de la montaña; o a la armonía de una noche iluminada por estrellas eternas e inalcanzables. La grandeza de la naturaleza me deja pasmado, me hace sentir chiquito y le da lugar al silencio, que es la olla donde se cocinan las ideas y los sentimientos.

La tormenta del 2 de Abril fue diferente a las tormentas que tanto disfruto. Entrar a tu casa y encontrar todo revuelto, usurpado, sucio, mojado. El agua había intrusado el hogar. Tuve una sensación de indefensión y vulnerabilidad. De exposición. Sesenta centímetros de agua, ni más ni menos, habían sido suficientes para mover un colchón que sólo dos personas pueden levantar, para voltear muebles y destruir todo lo que el agua tuvo de rehén, a su capricho. Volver a tu casa después de una inundación es una experiencia frustrante.

La flor de loto nace en medio del humedal y el pantano. Es un signo de renacimiento y esperanza porque, incluso en las circunstancias más desafiantes y desesperadas, hay lugar para la belleza y la vida. En mi comedor podría haber nacido una flor de loto, literalmente, porque las condiciones ambientales estaban perfectamente dadas, pero quedémonos con la imagen en sentido metafórico: en medio del dolor, de repente, aparecieron muchas personas que nos acompañaron, tanto a mí como a la flaca, con inmensa generosidad y empatía. Esa incondicionalidad sana cualquier posible frustración. Del dolor, nació el confirmar, una vez más, la presencia constante de las personas que están más cerca. Y eso, créanme, no tiene precio.

Después de unos días de trabajo intenso me terminé familiarizando con casi todos los artículos de limpieza que hasta hace poco eran miembros desconocidos de la cotidianidad doméstica. Y así, de a poco, empezó a resurgir el viejo hogar. Quizás un poco destartalado, sí, pero hogar al fin. Las pérdidas materiales, si bien "dolorosas", son anecdóticas. La vida, lejos de estar hecha de cosas materiales, está conformada por personas, decisiones y momentos. Y la verdad, por más que sea raro decirlo, esta mala circunstancia me hizo disfrutar nuevos momentos con las personas de siempre y, desde esa perspectiva, reafirmarme en mi amor por ellas, volver a elegirlas.

Nos estrujó el corazón saber que en La Plata las consecuencias del temporal habían sido mucho peores, llegando a inundar algunos barrios hasta dos metros. Después de haber sentido la mano firme y amiga hecha ayuda desinteresada, acompañar a la gente de La Plata no era simplemente un deber, era una necesidad: queríamos ir.

Y fuimos. Nos encontramos a media Argentina en la autopista, que estaba repleta de autos y camiones, llenos hasta el techo de donaciones y voluntarios. Fue una vista esperanzadora, de esas que te permiten soñar en una Nación grande, unida, mancomunada, amiga. A pesar de estar llegando a una ciudad que lo había perdido todo, se palpaba un aire de entusiasmo y compromiso.

La tragedia desnudó lo más puro del corazón del hombre, lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Por un lado, el escándalo político; la subejecución en las obras nunca hechas; las partidas reasignadas a propaganda y difusión; la apropiación partidaria de la solidaridad del pueblo; los oportunistas de siempre que suben el precio de los insumos más demandados; los "falsos" damnificados que encontramos vendiendo colchones a pocas cuadras de los centros de distribución; entre otras avivadas ventajistas. Por el otro, la mirada paciente de los inundados, que hacían largas colas para recibir ayuda; la presencia desbordante de voluntarios, que eran tantos que ya ni cabían a la hora de formar filas para cargar los camiones del Ejercito; la solidaridad del país entero, hecha un caudal infinito de donaciones que superaba cualquier posible pronóstico, incluso los más optimistas.

Junto con Guadalupe y dos amigos, estuvimos un rato en un centro de distribución de la Cruz Roja, pero nos sentíamos innecesarios: había demasiados voluntarios. Preguntamos en dónde hacíamos más falta y nos mandaron a una escuela a cinco cuadras. La escuela María Elena Walsh, justo delante del club Dardo Rocha. Abundaban las pecheras de "la juventud revolucionaria", pero no nos importó. Veníamos a ayudar. Además, hay experiencias que vale la pena vivir. Y la curiosidad siempre me puede. No me opuse. Entramos. Nuestra función era la de clasificar las miles de prendas de ropa, dentro de bolsas de consorcio negras, para poder agilizar el reparto de las mismas, según la necesidad de las personas. Doblar ropa de mujer nunca fue mi fuerte, por lo que, al ratito, encontré mi lugar en el mundo: dos señoras mayores tomando mate. Charla de por medio, mientras mis laboriosos compañeros corrían de acá para allá, descubrí que una era Madre de Plaza de Mayo. Algo sospechaba, por como hablaba de la Presidente. Ahí estaba yo, en un bunker de la Cámpora, rodeado de militantes del Movimiento Evita, charlando con una Madre de Plaza de Mayo que afirmaba que la Presidente es una "niña prodigio". En muchos sentidos, una experiencia inolvidable. Por suerte supe guiar el diálogo hacia otras cosas que nos fueran de mayor agrado a todos, como el compromiso de la juventud ante la tragedia y el tango. Me despedí con un piropo, como corresponde, cuando ellas me dijeron que pertenecían a la tercera edad y yo insistí en que, a lo sumo, estaban en la segunda y media. Sonrisas y besos. Partimos.

Al salir, llamamos a unos buenos amigos platenses que tenemos con Guada. "Naku, estamos en La Plata y queremos darle una mano a alguien que lo necesite, ¿sabés de alguien?" - pregunté. "Sí, nosotros", me respondió, entusiasmado. Naku y Lan se quieren de una manera tan tremendamente transparente, que no importa las circunstancias en que los vea, siempre me transmiten un sentimiento de profunda alegría. Si sesenta centímetros habían sido responsables de un lío colosal en Moldes, la forma cariñosa de denominar nuestro hogar, no se dan una idea de lo que son capaces de hacer dos metros de agua. La marea había arrancado portones y medianeras y, literalmente, había semi-vaciado la casa de nuestros amigos. Se había llevado todo. Menos, claro, las ganas de sacar las cosas adelante. Por eso ahí estaban, ella embarazada, empezando de nuevo.

Mientras limpiábamos, Naku nos contaba historias esperanzadoras, a la vez que desgarradoras. Sólo en esa cuadra habían fallecido tres personas, motivo por el cual desconfiaba de los conteos oficiales sobre las víctimas. Otra vez, lo más puro del corazón del hombre a la vista: desde el vecino que le había cerrado la puerta a una madre con sus dos hijos en brazos y el agua hasta el pecho, hasta el héroe anónimo que, con una soga y desde el techo de su casa, "pescaba" a las personas que la corriente derivaba a su capricho. Nadie sabe cómo va a reaccionar en una situación límite, pero definitivamente la adversidad nos planta de frente con lo que somos. Egoístas o solidarios; competitivos o colaboradores; inclusivos o discriminadores. Las historias tristes también eran muchas, desde una madre que había perdido a su beba en brazos, arrastrada por una corriente indómita e incontrolable, hasta el mecánico que, movido por un sentimiento de profunda responsabilidad, quiso atar los autos que le habían confiado y murió aplastado entre ellos. El dolor es inconmensurable. Sobran las palabras. Las historias asombrosas también fueron parte de nuestra tarde: justo en la casa de enfrente vivía una señora muy mayor, de 87 años, en una casa de una sola planta. Al subir el agua, la señora, entregando su vida, se acostó sobre el sommier, porque era incapaz de ensayar un escape de la trampa mortal en la que se había convertido su cuarto. Para su sorpresa, y la de todos, el sommier flotó, hasta dos metros, dejando su cuerpo casi pegado al techo durante unas horas que, me imagino, habrán estado cargadas de temor y esperanza. El agua bajó y la señora salvó su vida. Qué ironía, la inversión de toda lógica: contra toda suposición, mientras la anciana supo esquivar la doble cercanía con la muerte, la de su propia edad y la de la inundación, la recién nacida, una existencia en pura potencialidad, se perdió para siempre.

Caída la noche, decidimos volver. La autopista seguía cargadísima, tanto de ida como de vuelta. Miles de corazones conmovidos, hechos acción concreta, llevando donaciones y trayendo voluntarios agotados. Esa es la Argentina que me pone la piel de gallina y me hace suspirar profundo. Ojalá la sensibilidad social siga vigente, porque hay muchas personas que, sin agua ni catástrofe de por medio, necesitan de un pueblo unido y laborioso, que es capaz de regalar su tiempo con generosidad y entrega. Sin irse de la Ciudad de Buenos Aires, en nuestras villas hay veces en que las inundaciones suceden sin lluvia y vienen desde abajo, trayendo a la luz los desechos más desagradables. Qué injusticia.

Cuántas tragedias evitables son parte de esta gran catástrofe. ¿Dónde estuvieron, estos años, nuestras prioridades? A nivel político, tanto en la Ciudad, como en la Provincia y en la Nación, se destinaron fondos cuantiosos a la publicidad de la propia gestión, en una vanagloria interminable; a mega-eventos culturales y a la construcción de obras menores pero vistosas. Al final, el agua se llevó todo lo que cualquiera pudiera haber acumulado durante la fiesta del consumo y nos dejó indefensos ante el poder de la naturaleza. De poco sirven los electrodomésticos comprados, esos que mojados ya no funcionan, ni los espectáculos vistos, cuando cargo la constante incertidumbre de si me va a volver a tocar una lluvia así durante mi alquiler en Moldes. Vivir con miedo, esa es la consecuencia de una lista de prioridades políticas mal jerarquizada. Lo peor, ahora hablando desde la frivolidad de mi posición particular, es que las tormentas, esas que tanto me gustan, ya no me gustan tanto: los relámpagos que iluminan el cielo me despiertan un sentido de alerta e intranquilidad y ya no disfruto ver caer el agua incesantemente, sino todo lo contrario.




jueves, 11 de abril de 2013

La impotencia quejosa

"Es el momento para irse". "El país no da para más: esto explota". "Está todo mal, vamos para atrás". "Argentina no cambia más, hay miles de oportunidades mejores en otros lugares".

"No cambia más". En boca de un tipo de 30 años esa afirmación me estremece. No cambia más. ¿Está todo tan mal? Y si lo está, ¿realmente las cosas no pueden cambiar? Cuántos lugares comunes. ¿Por qué seremos tan pesimistas y quejosos, los argentinos? Sí, los mismos que en el exterior parecemos pedantes y soberbios, acusados de sentirnos superiores, mejores, en una mirada eurocéntrica: europeos, o vaya uno a saber qué.

Curiosamente, desde esa mirada, las cosas pueden cambiar en determinada dirección: sólo para peor. Pero pareciera que mejorarlas es una tarea tan titánica como inasible: más allá del alcance de cualquier posibilidad, no vale la pena el intento. Todo está perdido. Somos impotentes: no tenemos el poder de cambiar nada.

¿Vas a luchar contra los políticos? Son todos ladrones. ¿Y la Policía? Corrupta. ¿Las mafias? Están por todas partes. La inseguridad es omnipresente; la droga, un cáncer terminal que nos tiene moribundos; y la educación es un desastre, cada vez peor. Todo peor. Los sindicatos son nidos de ratas a los que les interesa su propio poder corporativo y no la representación justa de los trabajadores. ¿La gente? La gente ya no quiere trabajar, son todos vagos. Y cuando la mitad que trabaja se de cuenta de que lo hace sólo para mantener a la otra mitad, a la de los vagos, ahí vamos a ver qué pasa, ahí, vamos a ver... Se perdió hasta la moral. Todo anda mal: el transporte público, la salud, los servicios. Qué desastre.

Cambiar este país es imposible. Va a tomar generaciones, quizás siglos. Perdimos la oportunidad. Pasó el tren. No hay chance de que las cosas sean diferentes.

Me agoto sólo de escribirlo.

A veces me siento un tanto frustrado ante tanta frustración. Quizás estuve siempre entre los más ingenuos y, por tanto, fui y sigo siendo, siempre, un optimista empedernido... "Eso no es mirar la realidad", me han dicho. Puede ser. Pero verla toda negra, tampoco. Y sobre todo, sentirse absolutamente incapaz de cualquier cambio. Eso tampoco es mirar la realidad.

Dejemos de repetirnos y de convencernos de estas cosas. Los políticos no son todos ladrones, ni cerca. Puede que sean un poco maquiavélicos y pragmáticos, algunos no lo suficientemente preparados para sus cargos y otros totalmente ineptos, seguramente muchos piensen diferente y sostengan otras miradas del mundo que uno, pero ladrones... Ni los policías, corruptos. Muchos dan su vida en cumplimiento del deber, todos los días, luchando contra la inseguridad, esa que es grave pero que no es tan grave como en otros países a los que vamos de vacaciones porque "nuestras playas son horribles"... La droga es una porquería, estamos de acuerdo. Toda la droga eh, no seamos caretas. Y es cierto que los resultados de las pruebas internacionales de educación, como Pisa, nos dan cada vez peor, pero se explica, al menos en parte, porque seguimos pagando las consecuencias de una crisis terrible como la del 2001... Y sí, lo malo de las crisis no es que los ahorristas hayamos perdido nuestros dólares (porque la moneda nacional, claro, es una porquería desvalorizada), sino que nos quedan en el camino una o dos generaciones que ya no pueden ser educadas, que trabajan desde chicos, que no comieron suficiente, que son excluidas: en el fondo, generaciones que debemos proteger porque son nuestras. No es cierto que haya una mitad que trabaja y una que no. Hay mucha gente excluida y hay planes para incluirla. Podemos debatir sobre su eficacia, sobre su efectividad, sobre si logran lo que se proponen o si empeoran las condiciones de vida de la gente al quitarles la iniciativa y la capacidad de labrar su propia vida. Si es que eso es así. Podemos discutir. Pero no podemos seguir condenando. Ni mintiéndonos.

Si nos seguimos repitiendo que todo está mal, que nada va a cambiar y que nuestro país ya no vale la pena, nos mentimos a nosotros mismos. Esas cosas no son ciertas. Preferimos esa zona de confort, por más que sea negativa, como quien mantiene una relación masoquista porque no se anima al riesgo que implica saltar al vacío de la soledad. Preferimos tener esas malas ideas a no saber qué pensar o cómo hacer para pensar en positivo ni en qué medios poner en juego para alcanzar los fines que consideramos buenos. Preferimos pensar mal antes que elegir hacer algo, por chiquito que sea, para revertir lo que nos molesta. Hay veces en las que la queja es algo positivo y necesario: nos ayuda a reconocer una situación que nos molesta e incomoda. La queja no es esencialmente mala, pero si nos paraliza, es autodestrucción disfrazada de catarsis. Es convencernos de que no somos nada, de que no podemos cambiar nada, de que todo va a seguir igual, o peor.

Hay un montón de pequeñas acciones que hacen que nuestra realidad, de a poco, cambie. Cada uno de nosotros es actor de este circo, que es la realidad. Y como es una función improvisada, cada cual elige qué rol interpretar. Un ejemplo, si no te gusta que la Ciudad esté llena de papeles ofreciendo "servicios" de prostitución: arrancalos. No pasa nada. Arrancalos. Yo lo hago. La gente debe pensar que soy un degenerado insaciable que necesita el teléfono de innumerables prostitutas y que despilfarra sus escasos ahorros en placeres mundanos para disipados. Que piensen lo que quieran. Mi razonamiento, tan tercamente básico como simple es: estoy en contra de la trata y las mujeres son explotadas en prostíbulos. Esos mismos que se publicitan en cartelitos de papel pegados con boligoma en los semáforos. No pienso ser cómplice. Es una acción insignificante; sí. Una forma de tranquilizar la conciencia; quizás. Una falta de respeto a las verdaderas luchas, como la de Marita Verón; no creo. Es una acción chiquita, pero mía. Es un grano de arena. ¿Cuántos chicos se deben dedicar a pegar esos cartelitos en la Ciudad? ¿Unos 20? Seamos pesimistas, digamos que son 100. Sin embargo, en el más conservador de los cálculos, 300.000 personas deben ir a trabajar, cada día, a Microcentro. Me imagino a cada una sacando papelitos y sonrío, ahora, imaginándome a los pegadores profesionales, con el mismo sentimiento que Sísifo, al ver que su trabajosa tarea fue en vano. Depende de nosotros. Puede ser que sea una pavada... ¿Es una pavada? Mmmmm, no lo creo.

Hace poquito se inundó Moldes, que es la forma cariñosa de denominar nuestra casa... Se discutió sobre la ausencia de obras, sobre los créditos, las trabas para actuar, la política, los subsidios y los vecinos indignados. Pero no se dijo nada sobre los vecinos negligentes, esos que veo, siempre, sacar la basura en horarios y días erróneos, durante los paros de recolectores, las alertas meteorológicas y hasta durante algunas tormentas muy fuertes. Ellos también son responsables. Todos somos responsables. Por eso, todos podemos hacer una diferencia. Si funciona para un lado, también funciona para el otro. Se puede. Pequeñas acciones. Personales. Mías. Tuyas. No somos impotentes.

No soy un santo. Ni cerca. Sin embargo, no pierdo la esperanza: puedo ser mejor. El mundo puede ser mejor. Y el mundo está compuesto de muchas cosas muy chiquititas e insignificantes. Como "el mundo" nos queda muy grande, nunca empezamos ni por lo más chico. La tarea es tan descomunal que nos apichona. Yo no puedo cambiar el mundo, sólo. Quizás sí, quizás no. Hubo gente que lo cambió, sola. Yo creo que cada persona influye y puede cambiarlo. Y bueno, frente a grandes problemas, acciones colectivas. Imaginación popular. Pueblo hecho acción. Si no tiráramos la basura en la calle, no habría basura en la calle. Se puede cambiar. Depende de mí, de vos, de cualquiera. Sólo entre todos alcanzamos los bienes comunes: por eso son comunes. La limpieza en las calles. La paz en la sociedad. El respeto como norma. Con que uno ensucie, la calle ya no está limpia; si uno solo es violento, la sociedad ya no vive en paz ni en un marco de respeto. Mirémonos a la cara y demos el salto, el pequeño salto mortal. Volvamos a creer en el de al lado. Todo pasa por ahí, por volver a confiar. A abrir el corazón. A ser una sociedad y no una yuxtaposición de individuos egoístas y temerosos.

Elijo confiar en vos. Porque quiero otra sociedad. Estoy convencido de que juntos podemos hacer la diferencia. Solo dando ese paso, tomando esa decisión, podemos ser diferentes. Estoy seguro de que las cosas no están tan mal como nos las imaginamos. Que algún día habrá que luchar contra nichos de poder anquilosados en estructuras estatales, corporativas, culturales y sociales, sin dudas, de eso se trata la política. A no tener tanto miedo. 

Quizás, sólo quizás, si nos proponemos pensar así, algún día podamos vivir en un país mejor. 

Parece un discurso político. Quizás lo sea. ¿O acaso no todo es "político", parte de la polis, común, público, de todos? Ideas... Simplemente ideas que me caminan la cabeza en un momento de frustración. Frustración que no paraliza, todo lo contrario, me llena de iniciativa, entusiasmo y compromiso. Fundamentalmente, porque mis acciones cuentan. No soy impotente. 

Ni siquiera frente a la naturaleza, poderosamente caprichosa, somos totalmente impotentes. Podemos elegir, siempre. Es una cuestión de miradas, de cómo mirar, de cómo elijo mirar. Estoy seguro de que la solución está en cada uno, en re-descubrirnos capaces, visibles, poderosos, potentes, unidos. Optimista empedernido. Quizás. Pero no es un mundo que me imagino (you could say I´m a dreamer...) sino que anhelo y por el que vivo. Y, and I´m not the only one...

martes, 9 de abril de 2013

Rápido

Una profesora de la Facultad, una de esas grandes profesoras, organizó un "taller del alfabeto" hace varios meses, Muchos fuimos invitados a escribir sobre un tema que quisiéramos, respetando el orden del alfabeto, claro, una letra por mes. Fue, es y sigue siendo una propuesta fenomenal. Lamentablemente, participé muy poco. Aunque nunca es tarde. Creo que mis aportes fueron tantos como mis iniciales, lo que no es mucho... Les comparto lo que mandé para el mes de Marzo, cuando fue el turno de la letra "R":

Rápido:


Lunes, 6.45hs, despertador. Leo los mensajes y mails que recibí en el celular mientras desayuno. No tengo tiempo para hacerme una tostada. Me baño en 5 minutos y me cambio en otros 4. Corro al subte de las 7.30hs. Hacinado, adelanto mentalmente las ideas de la reunión de las 9.15hs. Los plazos de entrega están vencidos: hay que sacar ese tema hoy, sí o sí. Estamos tarde, como siempre. Llego al trabajo, y mi “hola”, fugaz, a la recepcionista no espera su cortés devolución. Vértigo, son 10 horas de actividad intensa. Me doy cuenta de que casi no almorcé. El día vuela. Dejé todo por hacer, pero bueno, mañana será otro día. Subte a casa. Ejercicio. Hay que correr para mantenerme sano. Una comida congelada, un resumen de noticias y a dormir, cosa que me cuesta cada día más. Hoy por suerte no hay que pasar por ningún lado ni hay eventos sociales. Fue un día extenuante. Y así, una semana, un mes y un año. Una vida. Dos vidas. Cien vidas. Mil vidas. Un millón de vidas. Una generación. Dos generaciones. Diez generaciones (¿Cuántas más van a vivir tan rápido?). Una Humanidad.

Amanezco, sin aire, como envuelto en un ataque de pánico. Siento un fuerte dolor en el pecho y mientras mi boca, totalmente abierta, inhala todo el aire de la que es capaz, me doy cuenta de que estaba soñando. Qué pesadilla horrible. Suena el despertador, son las 6.45hs. Es lunes.