martes, 29 de julio de 2014

Es mi culpa, María

María no encuentra trabajo. Es una buena profesional, tiene calificaciones notables y experiencia, pero no supera ninguna búsqueda de Google, ni siquiera del empleador más desprevenido. Está marcada.

A María le da vergüenza ir a comer a la casa de los padres de su nuevo novio. Vive con miedo. Piensa que ya saben. Por más que es muy linda, es buena, es trabajadora, es familiera, es responsable, ya no se siente libre. Hace tiempo que está más paranoica: no le pasa sólo con sus "suegros", en realidad va por la calle y piensa que todos saben.

María cerró LinkedIn, Twitter, Instagram, Facebook y hasta Pinterest y Spotify. Ya no le gustan las redes sociales. Sigue usando WhatsApp, y listo.

María llora. María sufre. María está frustrada. Le pesa un sentimiento de impureza, de sentirse sucia, de haber sido usada. Muchísimo.

¿Qué hizo María?

María tuvo un novio. Alguien en quien confiaba. Alguien a quien quería y con quien se proyectaba. María le creyó. Eso hizo María: creer, confiar, ceder, no sopesar las potenciales consecuencias de esa acción particular. Y es lógico que no las hubiera evaluado fría y racionalmente: era su novio. Era divertido. Era por él. Era una vez.

Y un día a María la llama una amiga. "Te tengo que contar algo". Sonaba preocupada. María la esperó con un mate y unas galletitas. Porque María, además, es una buena amiga.

Y ahí estaba María, desnuda, mirando la cámara, practicando sexo oral. Todo registrado en un vídeo que reproducía el celular de su amiga. Se lo habían mandado a su novio, los de fútbol. Y a ellos, los de la facu. Y a ellos, los del club. Nadie en el club, ni en la facu, ni casi nadie en el equipo de fútbol, la conocía a María. Y lo íntimo se hizo público. Y lo que acontece en un marco de confianza se convierte en instrumento de venganza y vejación.

Ya no importa si María es una buena profesional, con notables calificaciones y experiencia, si es linda, es buena, es trabajadora, es familiera, es responsable, es buena amiga: ahora, es la puta de María. La puta que hace lo mismo que hacen todas sus amigas con sus parejas, ya sean sus novios u ocasionales, pero que no fueron filmadas. La puta que está en los celulares de media Ciudad de Buenos Aires, mirada por un malón de hombres (y mujeres). María es juzgada y evaluada por esos dos minutos de vídeo. Qué bien que lo hacés, María. Todo el ser de una persona reducido a un adjetivo calificativo, o a un sustantivo que es una profesión que María no ejerce y nunca quisiera ejercer: puta. Y cuando la condena no es tan tajante, el prejuicio de todas maneras se impone de una forma indirecta: "ojalá mi novia (claro, ella no lo hace o no lo hace así porque no es una puta) fuera como esta mina". Es lo mismo. María es una puta, nos guste o no nos guste admitirlo. 

Y lo que María sufre es una forma de acoso. Una forma perversa de acoso. Antes los acosadores necesitaban ser constantes, incisivos, siempre presentes. Ahora ni siquiera. Es un click. Y nunca más. Y antes los acosadores podían ser acusados de acosadores. Ahora ni siquiera. Hicieron un uso indebido de una imagen personalísima. Nada. Humo. Paja. Y la historia, sin castigos, sólo está condenada al eterno retorno, a la repetición incesante, a nunca terminar.

Y María es Josefina, Stefania, Lourdes, Juan, Santiago, Roberto, Victoria, Ezequiel. María es mujer y es varón. María puede ser cualquiera. Ni siquiera tenés que darte cuenta de que te están filmando. Claro, no lo habías pensado así: podés ser vos. Puede ser un ex-novio enojado y vengativo, como puede ser una pareja ocasional que te filmó sin que te des cuenta, o un vecino voyerista que se metió en la intimidad de tu matrimonio bien conformado. Puede ser de muchas maneras pero a vos no te pidieron permiso, autorización ni consentimiento para que le manden esas imágenes a nadie, ni a todos. Ni siquiera te avisaron. Y eso está mal. Siempre.

Y la culpa es de María. "Que se joda por boluda"; "ella eligió filmarse"; "son los riesgos de filmarse"; "con todos los casos que ya hubo, si se filtra un vídeo así, es tu culpa". En tu culpa, María. No de tu ex-novio, el que destruyó los códigos más básicos. Ese al que todos le conocemos el pito, pero que nunca da la cara. O del hacker que se bajó ese vídeo de su celular cuando tu ex lo llevó, realmente sin mala intención, a arreglar al Servicio Técnico de su cuadra. O de los amigos de tu ex-novio o de los amigos del hacker, que enseguida se lo reenviaron a todos sus contactos. O de los contactos. O de los contactos de los contactos. O mi culpa, que también recibí ese vídeo. Y lo vi. Porque no nos olvidemos: María es muy linda. Tampoco es culpa de un marco legal laxo o amplio o confuso o malo, donde el acosador puede acosar. Es culpa de María. Es su culpa. Que se joda. Lo más loco es que a pesar de que todos nos apropiamos de una parte de María al cosificarla y hacerla objeto, podemos ponerla ahí afuera y dejarla sola. Es tu culpa, María.

No te preocupes, María. Quizás puedas ser vedette. O quizás puedas salir del radar por un tiempo y dejar que pase agua bajo el puente. En unos meses o en unos años ya nadie se va a acordar. Bueno, quizás Google. Pero tranqui, la familia de tu nuevo novio va a entender, por más que te parezca humillante. Tu futuro empleador quizás no se de cuenta. Quizás. Quizás sí, ni idea. Por ahí podés abrir una nueva cuenta de Facebook, después de todo ¿quién no tiene Facebook, hoy? Y tener sólo algunos amigos, como para saber en qué andan, pero no te expongas mucho. Ya no tenés el control. Y eso, María, no es tu culpa. Es cruel, es triste y, por sobre todo, es injusto. El control lo tengo yo. Porque ese vídeo está en mi teléfono, ahora. Y en el de media Ciudad de Buenos Aires. Está en el teléfono de hombres y mujeres que pueden decidir borrarlo. Pueden no compartirlo. Pueden no abrirlo. Pueden decir basta.

No creo que pase eso, María. Y te pido perdón. Por mí y por los demás. Ya lo borré, no lo reenvié. Pero lo vi. Y el daño ya está hecho. Sólo dejame decirte que esto no es tu culpa. Que lo que hiciste no está mal. Que no sos una puta. Algún día nos daremos cuenta de que sos una persona que, una vez, fue filmada practicando sexo oral; y que esas imágenes se desparramaron sin tu consentimiento. Y vamos a recapacitar: eso no dice nada acerca de tu capacidad profesional, de tu bondad personal ni tu calidad humana, de tu idoneidad para ejercer cargos públicos, de tu honor, de la forma como te educaron, ni de nada. Aunque hayas accedido libremente, aunque tengas una videoteca entera de vídeos porno caseros, vos sos una víctima. Porque nadie te preguntó si esas imágenes podían ser viralizadas. Nadie te avisó. Nadie te preguntó si podíamos juzgarte, sin conocerte, sólo por dos minutos de tu vida. Fueron dos minutos descontextualizados que alguien usó para lastimarte porque pensó que era divertido. Y no fue divertido. Y esos dos minutos virtuales en mi celular, se transformaron en un montón de tiempo que cargaste una mochila pesada en la realidad.

Por eso, la culpa, María, es mía.

Imagen de una nota de The Economist titulada Misery merchants, sobre lo que se denomina "revenge porn" o la publicación de contenido explícito sin el consentimiento del protagonista de las imágenes.

lunes, 21 de julio de 2014

Una idea para buscar la paz en Israel y Palestina

Tirarle misiles a poblaciones civiles está mal. Secuestrar chicos y matarlos, está mal. Tener que correr a un refugio porque de un segundo a otro podés estallar por el aire y morir o ser gravemente herido, está mal. Vivir con miedo está mal.

Hay cosas que están mal. No hay que ser un experto en Medio Oriente para saberlas: es sentido común. Están mal.

Vivir desplazado del lugar donde naciste está mal. Que bombardeen tu ciudad y maten a tus conocidos, a razón de 40 por cada uno de los que muere en el otro lado, está mal. Que no puedas circular libremente, ni que dejen entrar a personas de otros lugares a tus tierras, está mal. Vivir con miedo está mal.

No hay que ser un eximio moralista, ni un líder religioso, para saber estas cosas: es sentido común. Están mal.

Hay chicos que se mueren. Legítima defensa y grados de responsabilidad: un debate estéril.
Creo en la existencia de un derecho a la legítima defensa. Eso existe para justificar que yo me pueda defender cuando alguien quiere matarme. Yo no quiero lastimar al otro, sino que quiero defender mi vida. Si el otro no atacara, yo no lo lastimaría, bajo ningún concepto. Ante su ataque y ante la inevitabilidad del daño que me puede causar, actúo y me defiendo. Lo mismo se puede aplicar para entender las relaciones entre países. Si un país te ataca, tenés derecho a defenderte. Primero, me parece, se tienen que agotar las vías diplomáticas y tenés que intentar todo lo que esté en tus manos para evitar una guerra. A nivel filosófico y jurídico hay toda una serie de "reglas" que se tienen que dar para considerar que una guerra es "justa". Es loco que una guerra esté justificada, pero es así. Hay guerras justas y guerras injustas. Hay gente que se defiende con legitimidad y gente que ataca sin legitimidad. Hay gente que ocupa con legitimidad y gente que ocupa y usurpa sin legitimidad. Hay proporcionalidad entre los daños sufridos y los daños infringidos, y hay desproporcionalidad. Hay cuidado por las poblaciones civiles, y hay ausencia de cuidado. Hay un montón de cosas en este mundo, tan loco. Y hay chicos que se mueren, de los dos lados. Hay chicos que se mueren. Y no hay reglas que alcancen si hay chicos que se mueren. Esto está mal. Punto.

Para determinar el grado de responsabilidad de las partes en un conflicto determinado, las variables a considerar son algunas de las anteriores. Pero eso no importa. Importa, pero no para buscar las fuentes de solución del conflicto. Importa para saber quién tuvo la culpa. En el caso del conflicto entre el Estado de Israel y Hamas, para decir: "la culpa de estas muertes es de...". Nada más. ¿Y mañana? Seguimos teniendo el mismo problema. 

No sé de quién es la culpa, ni quiero discutir el origen histórico de la situación. Hay chicos que se mueren. Chicos, de verdad, que no tienen ni 4, 5, ni 10 años. Niños. Qué mundo injusto, por Dios.

Una guerra tonta, eterna, por un pedazo de desierto. Esa podría ser una posible definición del conflicto entre el Estado de Israel y Hamas. No tiene nada que ver con la religión, sino con el fundamentalismo, presente de los dos lados, como en casi todo conflicto. No hay religiones, ni movimientos políticos, ni ideologías que sean ajenas al fenómeno. El problema no son las ideas; son las personas que las encarnan. Hay judíos fundamentalistas, católicos fundamentalistas, musulmanes fundamentalistas, hindúes fundamentalistas, budistas fundamentalistas, liberales fundamentalistas, comunistas fundamentalistas, homosexuales fundamentalistas, nacionalistas fundamentalistas, y, básicamente, fundamentalistas para toda forma de pensamiento y sobre toda postura, sobre cualquier tema. También hay judíos, católicos, musulmanes, hindúes, budistas, liberales, comunistas, homosexuales y nacionalistas tolerantes, dispuestos a aceptar que hay gente que es diferente, que piensa, vive y siente diferente a ellos mismos. Cualquier definición donde la culpa es de un grupo por abrazar una identidad determinada me parece simplista. Lamentablemente, cuántas veces escuchamos: "es culpa de ellos porque son... (judíos, católicos, musulmanes, hindúes, budistas, liberales, comunistas, homosexuales, nacionalistas, etc.)". La guerra no es culpa de nadie por ser judío o musulmán. Hay judíos y musulmanes extraordinarios (me voy al medioevo y cito a uno de cada, así no despierto pasiones bobas: Maimónides y Avicena) y judíos y musulmanes desdeñables y de cuarta. El problema no son las ideas, sino las personas que las encarnan. Así que, por todo lo dicho, no me voy a meter en las causas del conflicto. No porque no sean importantes. Son muy importantes para la paz. Pero me parece que hoy no están dadas las condiciones fundamentales para un diálogo fructífero sobre este tema. Hay temas sobre los que es mejor hablar cuando todos podemos entendernos. Lamentablemente, hay musulmanes radicalizados, extremistas y violentos, dispuestos a justificar cualquier acción en contra de sus oponentes; y hay judíos radicalizados, extremistas y violentos, dispuestos a justificar cualquier acción en contra de sus oponentes. Mala combinación.

¿Por qué Israel se equivoca?
Mi teoría, sin ninguna demostración más que el sentido común, es que Israel erra brutalmente en su estrategia y en la forma como maneja el conflicto. Aunque sea descarnadamente cruel, creo que su política es accidental e involuntariamente funcional al fortalecimiento de los radicales a quienes se opone y contra quienes lucha. Israel tiene derecho a existir como un país pero no tiene interés en generar las condiciones de paz duradera que implica toda convivencia.

Nunca un Estado y un grupo pueden estar igualados. Menos aún si ese grupo (de terroristas, de fundamentalistas/extremistas, de personas equivocadas, de héroes, llámenlos como quieran), haciendo uso de la lección número 1 del Manuel de la Guerra de Guerrillas, se escuda en población civil inocente. No podés llevar adelante una guerra convencional, con enemigos no convencionales. No alcanza con decir que las muertes civiles son "daños colaterales". Se mueren niños. Quizás la guerra, Israel, no sea la mejor respuesta para las agresiones que sufrís. No reconocen tu Estado y son terroristas (Hamas, no los palestinos en general). Es cierto. Pero te lo dice un argentino que desde que tiene conciencia escucha sobre algo que se denomina: "la teoría de los dos demonios". El Estado y los grupos agresores, si no son un Estado, no son lo mismo. No se trata de un complot antisemita internacional, es sentido común. "¿Debe Israel aguantar que una banda de terroristas ataquen a su población civil con misiles, mientras posee los medios para evitar esas masacres injustas?" - podría preguntar cualquier interlocutor. No. No debe. Debe pensar y poner en práctica otras alternativas que no sean causa de futuros conflictos.

También erra Israel, en mi opinión, al controlar el acceso terrestre, el espacio aereo y marítimo en la Franja de Gaza y, paralelamente, permitir que la población, en parte refugiados, viva en condiciones de indignidad incompatibles con la naturaleza humana. La Franja de Gaza, con 40 kilómetros de acceso al Mar, con varios kilómetros de frontera con Egipto, con otros tantos de frontera con Israel, reproduce las condiciones de pobreza de un país aislado e inaccesible. Se denomina "landlock" a los países que no tienen acceso al mar y, por tanto, al comercio que ese acceso brinda. En general son países mucho más pobres que los que tienen acceso, que son mayoría en el mundo. Palestina sería una especie de isla, sin acceso al mundo, donde la gente está sumida en condiciones de vida, a veces, alienantes. No sé quién tiene la culpa, pero si vivieras así, ¿no estarías enojado? "¿Debe Israel levantar el bloqueo y permitir que los extremistas tengan acceso a armas de mayor calibre y peligrosidad, disponibles en muchos países de la región que no reconocen al Estado de Israel como tal?". No. No todavía. O no debiera permitir, simultáneamente, un bloqueo y que existan esas condiciones de vida.

Una posible solución
El Estado de Israel provee una forma de vida con estándares europeos, en un territorio que hace 60 años estaba tan mal como el resto del Medio Oriente. Israel tiene una alta productividad científica, un PBI extraordinario, altos indicadores sociales y un excelente índice de desarrollo humano. La gente en Israel es libre de hacer miles de cosas. Hace unos años, estando en Tel Aviv, después de haber conocido algunos países árabes, me chocó ver a una persona corriendo en sunga por la rambla. Me chocó verla por el contexto. La gente en Israel realmente tiene otro chip, totalmente occidental, y puede hacer lo que quiera. Se dan las condiciones y los marcos para que cada uno elija el modo de vida que prefiere. Eso, ad intra. Pero me extraña que no pueda buscar políticas externas amigables para garantizar ese marco institucional.

Mi propuesta, entonces, tan inverosímil como práctica; tan impensada como distinta, es que Israel le brinde a todos los ciudadanos palestinos las mismas condiciones de vida que le provee a los ciudadanos israelitas. En vez de ofensivas terrestres, hospitales; en vez de acciones armadas, escuelas; en vez de represalias, infraestructura. Si pudieron hacerlo en gran parte del territorio que poseen, en menos de 60 años, a pesar de un par de grandes guerras, ¿por qué no lo pueden hacer en la Franja de Gaza? ¿Qué pueblo, en su sano juicio, le daría protección a un grupo de extremistas que atacan a quien me brinda la posibilidad de educarme, de una buena salud, de recrearme, de tener acceso a Internet, a buenas rutas, a generar un negocio exitoso, etc.? Un desarrollo integral, verdadero, humano. ¿Poner la otra mejilla? No, la motivación es estrictamente egoísta. Al hacerlo, se reducen los incentivos a la violencia. Generar desarrollo, igualdad, riqueza e inclusión. Serían mejores vecinos, más educados, menos heridos, ajenos a luchas ideológicas que los alienen de esas posibilidades. Una Palestina potente, educada y, verdaderamente, libre. Llena de posibilidades. Que cada misil que cae en territorio israelí redoble el compromiso en la promoción de las condiciones de vida de las personas palestinas. Esa es, para mí, la única solución definitiva al conflicto.

Entre pares, entre pueblos educados y hermanados, es posible la superación de los demás conflictos y los acuerdos en tornos a los límites y contornos de los territorios. Hasta ese momento, Dios quiera que me equivoque, El que Es, Dios Trino y Alá, una paz duradera y cierta me parecería sólo posible por directa intercesión de la mano del Todopoderoso o, en otras palabras, un milagro.

martes, 15 de julio de 2014

Lio Messi y la distancia entre Mesías y chivo expiatorio: una analogía sobre el ser argentino

Lo admito, sé poquísimo de fútbol. Sin embargo, en el fútbol se repite un mecanismo que descubro en otros ámbitos de la cultura y el pensamiento.  Y de eso sí que me animo a hablar. Nuestro problema, argentinos, es el rol que le damos a las personas como individuos.

Vayamos, por sólo un párrafo, a la historia del pensamiento: René Girard, que es un pensador, dice que en el mundo todos los hombres se quieren imitar unos a otros. También dice que, al hacerlo, quieren poseer lo que es del otro y, por tanto, surge inevitablemente la violencia. La violencia es algo inherente a la naturaleza humana y a su afán de tener lo que es de los demás. Resumidísimo, este impulso imitativo es lo que hace que las sociedades se mantengan unidas y es, a la vez, el germen de su destrucción. La única salida de esta situación de eterno conflicto y potencial destrucción es el sacrificio de un chivo expiatorio: una víctima que, en su sacrificio, evita que las partes se masacren entre sí. Con el tiempo, este chivo expiatorio es investido con atributos sagrados que lo convierten en objeto de culto. Girard desarrolla esta teoría para hablar de la religión y de la violencia inherente a las religiones naturales, que sacrificaban animales o, a veces, seres humanos, a una supuesta deidad que así lo reclamaba. En fin. Volvamos a la cancha.

La figura del chivo expiatorio asume miles de formas en la cultura, tanto ilustrada como popular. Hoy se entiende como tomar a una persona y adjudicarle la entera y absoluta responsabilidad por un mal que nos aqueja. Su sacrificio simbólico es una manera de lavar la culpa por ese mal. Algunos ejemplos: María Julia como única corrupta condenada del menemismo; el colorado que se me cruzó y me trajo mala suerte; el pecho frío de Messi que no corrió en la final del mundo; y así. Uno y único responsable de una tragedia inconmensurable. El culpable. No importa si fue 4 años seguidos el mejor jugador del mundo; si es el capitán de la selección; si renunció a estar parado en la cancha en el lugar que lo ayuda a ser su mejor versión de sí mismo en pos del esquema táctico del equipo; si se moría de ganas de ganar la copa y había sido, en buena parte, uno de las causas de que Argentina estuviera en la final. "Yo lo vi por la tele, en esa jugada que enfocó Fútbol para Todos: Messi no corrió. Pecho frío, no lo siente. Si hubiera corrido, ganábamos. En Barcelona lo ganaba. No sabe ni el himno. Si no corre, que se vaya". Y así. Así funciona el mecanismo del chivo expiatorio. Expiamos las culpas de todos y el dolor que no comprendemos, matando al inocente. En este caso, injusticia doble: no sólo al que no tiene la culpa, sino a uno que había dejado el alma para que las cosas fueran como nosotros queríamos. Necesitamos echarle la culpa a alguien. Y el problema, compatriotas, es que buscamos siempre adjudicarle la responsabilidad de las cosas a los individuos.

Lo curioso, o en realidad, lo más coherente y lógico, es que nos pasa lo mismo cuando el fin no es el de expiar una culpa, sino el de alimentar una esperanza. Cuando estamos en un pozo, en medio de la desesperación, cuando no sabemos para dónde disparar, ni cómo solucionar un problema: cuando estamos en crisis, de nuevo, lo mismo. Le adjudicamos a una persona la carga de salvarnos. En el Antiguo Testamento, el único que podía expiar la culpa del pecado original, liberando al pueblo judío de la esclavitud, era el Salvador que mandara Dios: el Mesías. Era Él y sólo Él el único y absoluto responsable capaz de superar esa situación que tanta aflicción causaba. Y lo loco es que, volviendo al ejemplo de Messi, él también fue mesías. Paradójicamente, hasta había banderas en el Mundial que jugaban con las figuras del Papa, D10S (Maradona "deificado" y como objeto de culto cuasi-sagrado) y el MESSIas. El Pueblo elegido: el pueblo argentino. De nuevo, la carga del triunfo recayó sobre uno sólo. Por eso Maradona ganó el Mundial del ´86. Lo ganó él. Sólo. Es Dios.

El problema es que salvo en temas de fe, y en algunas circunstancias muy específicas de campos determinados, las culpas y los procesos exitosos nunca dependen entera y solamente de una persona. No funciona así. Hay instituciones, reglas de juego, organizaciones, leyes, equipos, movimientos, sectores, partidos, modas... Hay procesos que exceden los deseos y la voluntad individual. No hay lugar ni para mesías ni para chivos expiatorios, porque los logros y los fracasos nunca dependen de una sóla individualidad, sino del conjunto. Y esta realidad le es ajena a nuestra cultura. Quizás lo podemos entender racionalmente, pero reiteramos el comportamiento, el juicio y la forma de ver el mundo, de manera obsesiva. Lo tenemos inserto en la cabeza.  

Yo no sé cómo será en otros países, pero acá, en Argentina, no nos enamoran mucho las ideas, ni las organizaciones, ni los movimientos o las modas. Acá, nos mueven las personas. Primero la persona, después el movimiento, el partido, el equipo o la organización. Así, en política, no hay peronismo sin el General, ni macrismo sin Mauricio ni kirchnerismo sin Néstor. Siempre hay un fundador. Una persona, un individuo: el mesías. O el chivo expiatorio. Pasa en política, pasa en deportes, pasa en casi todos los ámbitos de la cultura. No sé quién nos metió estas ideas en la cabeza, pero son un disparate. Simplemente, no son ciertas. Definitivamente, no son sanas. Nos va a costar mucho crecer como pueblo si seguimos pensando que los cambios y los procesos exitosos dependen de súper héroes, de enviados divinos y de gente tocada por la varita mágica.

Los cambios dependen de nosotros, como conjunto, unidos por un ideal, mancomunados, organizados, comprometidos, constantes, trabajadores. Los éxitos dependen de la continuidad de los ciclos, de las ideas directrices que trascienden a las personas e, incluso, a los partidos políticos y a los sectores. La Patria grande se construye sobre pueblos, no sobre individuos.

Pobre Lio, que lleva sobre sus hombros la carga de ser el Mesías. Y que si no actúa como un semidiós, pasa a ser, en un mecanismo perverso, el chivo expiatorio. Pobre Lío, pero, sobre todo, pobres nosotros, que seguimos pensando así después de tantas tristes experiencias históricas.


lunes, 14 de julio de 2014

Fue todo un sueño

Obnubilado significa "con una nube delante". Algo que no permite ver más allá y que, por tanto, crea estupor o confusión. Y sí, hoy no podía amanecer de otra manera que así, con esta niebla que obnubila, que no te deja ver nada, que te acorta la vista y la deja impotente, miope, incapaz de reconocer la naturaleza inasible de lo que está detrás.

Un día de mierda.

No podíamos amanecer de otra manera. Tenía que ser así. La confusión interna de no saber si todo esto se trató de un sueño. Cayó el telón: se terminó la comedia. ¿Era todo teatro?

Yo quería creer. Todavía quiero, como el enamorado que no asume el límite de lo que ama. Quería creer en ese país donde nos mancomunamos todos. Donde gritamos "Argentina" y se nos pone la piel de gallina. Donde el de al lado es mi hermano, es mi prójimo, es mi patria. No es un enemigo, ¿quién nos convenció de eso? Enemiga es la viveza; es la corrupción; es la enemistad en las familias. Pero se acabó la ficción. Se terminó el Mundial y no ganamos. Somos segundos. Y el genio maligno nos metió en la cabeza que el segundo es el primer perdedor, que es "#allin or nothing", y no se cuántas pavadas más.

Y en el embelesamiento, encandilados por la ilusión de una alegría que anhelamos, nos olvidamos que nuestros hermanos, esos con los que nos abrazamos a gritar un gol aún sin conocernos, tuvieron el agua hasta el pecho en una de las provincias más pobres del país. Y nos distrajimos. Cambiamos de canal. Estaba bien, no podíamos permitir que nada nos quitara esa esperanza.

Por eso despertar duele tanto. Por eso ver a los hijos de nuestro suelo corromper el ritual de la celebración nos decepciona y nos frustra. El sueño se acabó y no fue más que eso: un anhelo, el deseo profundo de ser mejores. De ser distintos. Y se acabó. Nos despertamos tan repentinamente cuando mezclados con las familias y los cochecitos, con colores de la bandera y los cánticos, cuando el corazón era uno con el pueblo, algunos rompieron todo. No se rompió la Av. 9 de Julio, ni el Metrobús, ni la vereda, ni la propiedad privada. Se nos rompió la ilusión de soñar con un país diferente. Nos despertamos de golpe, exaltados, aturdidos, anhelando volver atrás, al sueño que nos cobijaba y que nos había hecho sonreír en la oscuridad. Se acabó la épica. Se acabó el relato. Es lunes.

El segundo lugar en el Mundial de Fútbol fue un tremendo logro deportivo del que nos tenemos que sentir orgullosos y agradecidos. Nos emocionó el corazón, la garra, la capacidad de cambiar ante la adversidad, la unidad del grupo, el trabajo, la humildad. Argentinos que nos representan con humildad. ¡Qué orgullo! Pero un Mundial de Fútbol es eso: un Mundial de Fútbol. Es una tautología, sí. Pero vale la pena aclararlo. Tener otra estrella arriba del escudo de la AFA no nos hace mejores ni peores. Tener una AFA honesta, sí.

Fue todo un sueño. Ahora, al despertar, queda en nosotros poner en ese lugar los verdaderos valores que nos vuelvan a unir hacia el Bien Común. Ya no para el fútbol, sino para las cosas más altas. Qué lindo fue ver gustar nuestra canción, nuestros colores, nuestros símbolos. Fue un sueño tan intenso.

El desafío ahora, despiertos, es seguir soñando. Elegir soñar. Y trabajar. Y pensar. Y vivir. Y sentir una patria que nos queme, especialmente en la adversidad. Se murió la ilusión de ser campeones del mundo, pero que no se apague la esperanza de poder ser mejores. Es lunes. El peor día de la semana, pero el mejor día para empezar proyectos. Es un gran día para despertarse. Para saber que ese, con quien nos dejamos de hablar porque pensamos distinto, siente igual que nosotros. Y quiere a nuestro país tanto como nosotros. Al menos el sueño nos dejó eso. Sabernos todos hermanados atrás de lo mismo. Somos capaces de eso. Y eso, que no es poca cosa, es el corazón y la semilla de una sociedad alta y sana. Ser capaces de tirar para el mismo lado, a pesar de las divergencias, en fraternidad.

Ayer nos dolieron las imágenes de la televisión mostrando a algunos grupos de personas rompiendo lo que es de todos. Lo hacían con la remera de Argentina. Qué ironía, ¿no?  Pero quizás, sólo quizás, hayan estado ahí para ayudarnos a despertar. Para dejar de boludear y para poner el foco y el corazón en lo que importa. El fútbol es lindísimo y ganar nos habría llenado el corazón durante un tiempo. Pero si nos aleja del compromiso real es un opio que nos adormece y nos hace sentir bien, pero que tiñe las cadenas y no nos permite ver la realidad. Fue todo un lindísimo sueño. Y siempre después de la niebla, sale el sol. Ahora, despiertos, queda el desafío de tomar lo mejor de ese anhelo y hacerlo real. Sabemos que juntos, realmente juntos, podemos. Y así, con mucha alegría y realmente esperanzado, puedo decir: ¡qué lindo que es soñar!



lunes, 30 de junio de 2014

Nunca Mac o McGracias, esa es la cuestión

"Esa pregunta no tiene nada que ver con el tema de esta charla" - afirmó, con autoridad, una de las conferenciantes.

Sentí un poco calor. Bastante en realidad. No necesitaba verme a mí mismo para percibirme ruborizado. Rubor que era la manifestación observable de un poco de vergüenza y de un poco de enojo. El resto era impotencia y la tensión que me invitaba a detener el impulso irrefrenable de retrucar. Ganó el superyo, me contuve. Categórica. Esa fue la respuesta que recibí ante un auditorio de 500 personas, en su gran mayoría abogados, en Diciembre del 2012, en Uruguay, durante unas Jornadas sobre Propiedad Intelectual. Tengo que admitir que el resto de la respuesta fue relativamente buena, aunque la afirmación del comienzo hubiera sido una mentira; porque claro, como toda buena mentira, la afirmación era en parte cierta, pero en parte no.

Las denominaciones en inglés son omnipresentes cuando un tema se pone de moda en el mundo empresario. Nuestra charla era sobre Greenwashing, que es la acción por la cual las empresas buscan el mejor posicionamiento de sus marcas dando la imagen de ser amigables con el medio ambiente, pero sin serlo realmente. Es marketing; espuma. El verdadero y único fin no es el de ser ambientalmente responsables sino el de maximizar sus ganancias. Durante la conferencia, deberíamos haber escuchado qué es lo que hacen algunas empresas para posicionar sus marcas haciendo un uso indebido de una supuesta política "verde". Sin embargo, en la charla, una empleada de Arcos Dorados nos ponía al tanto de las muchas iniciativas que la empresa llevaba adelante en lo referente al cuidado ambiental y a la política de sustentabilidad de la empresa, en general. Y más allá de que era irónico que los expositores en parte estuvieran haciendo un poco lo que venían a denunciar, la verdad que las cosas que contaban eran muy interesantes. Aplaudo toda iniciativa que reduzca el consumo innecesario de energía, que colabore para incluir socialmente a los excluidos y que convierta a una corporación en un actor que beneficie a la comunidad con quien interactúa. Pero el tema, justamente, es este último. ¿Puede McDonald´s convertirse en un actor que beneficie a la comunidad con quien interactúa (en este caso, dado el alcance, a todo el mundo)? ¿Puede McDonald´s beneficiar al mundo? ¿Puede hacerlo sin cambiar el corazón de su negocio? ¿Lo hace hoy en día? ¿Ayudó a mejorar el mundo o a empeorarlo? Cuántas preguntas...

McDonald´s es un blanco fácil. Tiene mala prensa, a pesar de los muchos esfuerzos de la empresa por mostrarse jovial, cercana y, sobre todo, familiar. Podría escribir varias entradas sobre aspectos de esta corporación que son controvertidos. De hecho, se han escrito libros enteros denunciando aspectos ilegítimos de esta cadena de restaurantes en particular. Cito un sólo ejemplo, que me parece uno de los más radicales en su crítica: Fast Food Nation, de Eric Schlosser. Pero no quiero hablar de las cosas "obvias" por dos motivos. Primero, porque mi esfuerzo continuo en este espacio fue tener la intención de tratar de salir de lugares comunes a la hora de pensar todo tipo de temas. Y lo obvio sería decir que en McDonald´s:
1) la garantía del pleno ejercicio de los "derechos laborales" es dudosa (porque en USA hacen lobby para que los sub-18 tengan un salario mínimo inferior al resto de los trabajadores y los salarios de la cadena, para el crew, son magros; porque no favorecen la sindicalización de sus empleados, entre otras);
2) la calidad de sus alimentos, a nivel de salud en general -por los repetidos brotes de escherichia coli, en todo el mundo, relacionados con esta cadena y muchas otras de comida rápida- es cuestionable;
3) apuntan sus publicidades a los más chicos, que legalmente son menores de edad y, psicológicamente, no están preparados para tener un juicio crítico respecto al bombardeo que reciben (pensemos, además, en los colores de la cadena, en el payaso Ronald, la "m" dorada, visible desde cualquier lado, los juguetes de la Cajita Feliz, los juegos en el interior del restaurante y una larga lista de etcéteras);
4) le han vendido productos no vegetarianos (cocinaron, durante décadas, sus papas fritas con una mezcla de aceite animal y vegetal) a comunidades hindúes, para quienes las vacas son sagradas;
5) compraron carne en mataderos donde los animales eran tratados de manera cruel y, en casos, incluso salvaje;
6) denunciaron civilmente a personas de todo el mundo por hablar mal de sus productos.


 La lista podría proseguir todavía bastante, pero me parece que ya cumple con la función de ilustrar que "hablar de lo obvio" sería hacer referencia a todas estas cosas y a varias más. El segundo motivo por el cual no quiero hablar de "lo obvio", es porque, afortunadamente, los que tenemos la última palabra somos nosotros, los clientes. Y McDonald´s lo sabe. Es por eso que muchas de las denuncias que se le hacen, en algún momento, se convierten en un cambio corporativo. O un intento al menos. Que hay greenwashing, no me caben dudas, pero no puedo decir que es una empresa que no escucha. Quizás sea ese uno de los motivos por el cual tiene 70 millones de clientes en todo el mundo, todos los días. Impresionante. Se nota que algo los entiende, y los escucha. Entonces, mi segundo motivo es que yo no quiero hacer una crítica para que la empresa cambie un aspecto particular, sino que me quiero plantear si es o no buena para nosotros, sus clientes. Me consta que es muy buena con sus empleados de nivel gerencial y directivo, quienes tienen amplias oportunidades de crecimiento, en un espacio de trabajo muy amigable, cosa de por sí ponderable y a destacar.

El problema, justamente, somos nosotros, los clientes. De todo el mundo.

Clientes de McDonald´s y de todas las cadenas de comida rápida, en general. Hablo de McDonald´s porque esos son los beneficios, y las cargas, de ser el número uno. Y son también las consecuencias de responderle de manera inapropiada a un tipo que tiene un blog. En algún lugar en el medio de esas dos posibilidades está el motivo por el cual hablo de Mc, aunque me refiero a todas en general.

El mejor argumento que se me ocurre (atentos a la originalidad) es que el corazón del negocio de las cadenas de "comida rápida", es, justamente, la comida. Ojo, y de nuevo, no dudo de que una multinacional puede colaborar a elevar los estándares de sus proveedores, lo que, indirectamente, beneficia a otros posibles compradores, externalizando positivamente sobre la sociedad en su conjunto. También entiendo que el buen clima laboral es, de por sí, algo que afecta de manera positiva en la sociedad, porque los empleados contentos generan buen clima. Ni niego que las políticas de Responsabilidad Social de una empresa sean dignas de ser imitadas. Estoy seguro de que hay otras maneras en que una corporación, en general, puede ser un actor relevante y positivo para la comunidad en donde está ubicado. No le pierdo la fe a las corporaciones, como no le pierdo la fe a ningún otro poder: lo entiendo como un servicio. Volviendo, el problema es la comida. Y no me imagino un McDonald´s sin comida. No me imagino un McDonald´s sin comida de McDonald´s y ese, justamente, es el mayor impedimento que, en mi opinión, obstaculiza la posibilidad de que la empresa se convierta en un actor que beneficie a la comunidad con quien convive. De más está decir, ni un Wendy´s sin comida de Wendy´s, Burger King sin comida de Burger King, y así.

Hoy, la obesidad es un gran problema global. Y las causas son miles. No es culpa, sólo, de esta empresa, ni sólo, de la comida rápida en general. El mundo cambió un montón en poco tiempo: simplificando el cambio a nivel sociológico diría que ya no nos movemos tanto y las madres hoy trabajan al igual que los padres. Como ambos trabajan, el consumo de comidas rápidas creció exponencialmente desde los años ´50. Es lógico. Los cónyuges llegan muertos de cansancio y al abrir la puerta de su casa hay dos o tres críos a los que alimentar. El restaurante significa un problema menos: ahorro de tiempo "a un buen precio" (aunque hoy, en nuestro país, entre 50 y 70 pesos por una comida no es exactamente "una ganga"). En otros países, sin embargo, hay un covarianza bastante evidente entre bajos recursos y problemas de calidad en la nutrición. Más allá de si lo elegimos o no, porque, de hecho, lo elegimos, ¿nos hace bien? Y toda esta entrada, cuyo hilo perdí en alguna ocasión se resume a esa pregunta: si el negocio de una empresa es darnos una comida que, en líneas generales, no es muy nutritiva y, sumada a nuestro actual modo de vida (más sedentario) nos está inflando como a un sapo, ¿nos hace bien?

Como ejemplo, cito esta nota que se publicó hace un tiempo en un diario y que muestra las calorías de los menúes más vendidos en MC y Burger: http://www.lanacion.com.ar/1558873-las-hamburguesas-mas-vendidas-contadas-por-sus-calorias

Al fin y al cabo, nuestra visión va a estar condicionada por cómo entendamos lo que es una empresa. ¿Qué es una empresa y cuál es su finalidad? Si es solamente una organización cuyo único fin es maximizar ganancias, la respuesta a si un producto nos hace bien o no, es irrelevante. Ahora, si la entendemos como una organización, donde uno de sus fines -uno, no el único- es ser eficiente para maximizar sus ganancias, pero a la vez armoniza ese objetivo con otros... y, la cosa se complica. Yo entiendo que la empresa, como todo actor de una sociedad, tiene responsabilidades que exceden lo estrictamente fiscal y las obligaciones que tienen por ley. Entiendo a toda institución, que sea digna de ser considerada como tal, de esa manera. Sí, hay que pagar los impuestos y cumplir la ley, pero, al menos para mí, no alcanza con que seas muy copado en relación a la RSE si nos estás dando algo que nos hace mal. Para mí, no alcanza. Tu core business está lastimándonos. Lo mismo le cabe a las tabacaleras, aunque a ellas no les importa parecer lindas, ni familiares. Es como que te dicen: "mirá, yo te enveneno si usás mis productos de manera sostenida, pero doy la cara; no me importa otra cosa que ganar plata, a costa de tu salud; si te va, comprá, sino no". No te engatuzan ni te dan una imagen tierna ni familiar. ¿Por qué? Porque nosotros, sus clientes (y los familiares de sus clientes) las frenamos. Sólo por eso. Quizás haya llegado la hora de ponerle un freno a las cadenas de comida rápida. El hecho de que haya "menúes saludables" es todo una confesión de parte: los otros no lo eran. No tenemos que probarlo, ellos mismos nos lo dijeron.

Y la crítica central a esta postura es: ¿Por qué hablamos de las cadenas de restaurantes de comida rápida y no de quienes venden alcohol o sobre los casinos? Ellos también desarrollan un negocio cuyos resultados, a nivel social, traen que parte de la gente se enferme. Es cierto. Es una buena crítica. Y, quizás esta crítica también haya que dirigirsela a ellos, ¿por qué no? De hecho, hasta hace no tanto, la industria del juego estaba más regulada. No sería mala idea pensar en limitar su alcance y en cargarla con más impuestos con cuya renta tratar a los ludópatas. Lo que me rebela un poco más de McDonald´s es que la comida es una necesidad fundamental, mientras que el alcohol y el juego, no. Además, dirigen su publicidad a los más chicos, a los que no se pueden defender. Sí, es un tema complejo que, personalmente, no termino de cerrar. ¿Dónde está el límite para esta crítica? ¿Qué hacemos con las galletitas dulces, que también colaboran a expandir la obesidad y son consumidas, en gran medida, por menores? ¿Y con los cereales que tienen dos kilos de azucar? ¿Le cabe la misma crítica a Mondelez? ¿O es un tema de gradación y somos los clientes los únicos y absolutos responsables de lo que comemos y, por tanto, de lo que nos pasa? ¿Pueden vendernos cualquier cosa y depende enteramente de nosotros? ¿O hay límites? Si los hay, ¿quién los pone y con qué criterio? No sé. Por eso este blog se llama "Pampa y la Vía" y la idea es encontrar, entre más de uno, las respuestas. O, al menos, animarnos a hacernos las preguntas juntos. Quizás las respuestas estén lejos de las posiciones extremas y haya que construirlas entre todos. Quizás la libertad del hombre no esté sólo en si decide comer o no, sino en presionar a sus gobiernos para que regule algunas actividades y la provisión de determinados bienes y servicios. Lo que sí sé es que esta indecisión y este no saber es el lugar donde se resguardan las corporaciones que, mientras nosotros reflexionamos sobre los límites entre la libertad individual, la RSE y el bien común, siguen dándonos un menú que tiene más de la mitad de las calorías que deberíamos ingerir en un día entero.

Quizás sean los vicios personales, al final, los responsables del mal social. Quizás. Pero quizás, sólo quizás, la responsabilidad de los males sociales esté en los individuos, que forman parte de la sociedad, y también de las empresas, que también forman parte de la sociedad. Algo que ver tendrán. Me parece.


Mi intervención y posterior pregunta, en aquel Congreso, había sido la siguiente (ahora un poco mejor formulada, gracias a la posibilidad de poder escribirla y a la ausencia de nervios): "Según lo que Ud. presenta, la sustentabilidad, tal como lo entiende la empresa, y con quien estoy de acuerdo, está enfocada no sólo en el cuidado ambiental, sino en el cuidado de la comunidad y el well being de todas las personas. Sin embargo, el core business de la empresa es la venta de comida con altos contenidos calóricos, de grasas y de azúcar, lo que, probablemente, esté de alguna forma vinculado -que no quiere decir que sea la única responsable o la causa principal- con la pandemia de la obesidad, siendo este uno de los mayores problemas que enfrenta todo el mundo. McDonald´s es la cadena de comida rápida más grande del mundo y un actor privilegiado del mercado. ¿Cuáles son las políticas activas de la empresa para colaborar en la lucha contra esta enfermedad?".

martes, 29 de abril de 2014

Tres décadas ganadas

Es el Día del Animal y hoy, como cada año, es mi cumpleaños: el aniversario del día en que le abrí los ojos a este mundo. Y aclaro que es a este mundo porque ya existía pero no lo podía ver ya que estaba muy cómodo con los ojos casi cerrados, en la tenue oscuridad del vientre materno; por lo que tendré algo así como treinta años y nueve meses. Así de golpe, en una reflexión, ¡soy un poco más viejo! Aunque eso no me pesa mucho, ni el hecho de que se trate de una década a estrenar que empieza con un número nuevo. No me molesta crecer. Al revés, me gusta. Siempre me gustó cumplir años y, especialmente, celebrarlo.

Este año, como muchos otros, me encuentra lleno de interrogantes que me interpelan. Muchos tienen respuestas parciales, debatibles, incompletas. Y cada posible respuesta es un esbozo que no supera el escrutinio escrupuloso y obsesivo de la conciencia ensimismada. Sospecho que el problema pase justamente por ahí: en no abrir. Por eso, las abro. Por el sano ejercicio de preguntarnos y replantearnos la propia vida, la existencia misteriosa que vivimos en este sueño de luces y de sombras que es peregrinar por estos horizontes que, de a poco, convertimos parcialmente en nuestros lares. 

Desde que tengo conciencia, me reencuentro errante, mirándome reflexivamente en el espejo, intentando reconocer un rostro familiar que, repentinamente, carece de una identidad definida, clara y distinta, evidente y dada: ¿Quién sos? - le pregunto a mi imagen reflejada. ¿Quién soy? Y después de 30 años, la experiencia se repite. ¿Quién soy? 

Y así, surgen todas las demás. Como si la caja de Pandora liberara un espinoso genio filosófico que barre con todas las certezas y me clava cada una de sus puntas de tal manera que no pueda quitarme sus aguijones sin antes dedicarles un rato paciente y, a veces, doloroso, hasta alcanzar un momento de alivio pasajero: ¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Cuál es tu historia? ¿Cuáles tus dolores? ¿Tus alegrías? ¿A quiénes amás? ¿Cómo los amás? ¿Lo saben? ¿Cuáles son tus límites, tus fracasos, tus pecados, tus sombras, tus defectos, tus miserias, tus vergüenzas? ¿Cuáles son tus posibilidades, tus triunfos, tus bondades, tus luces, tus virtudes, tus riquezas, tus motivos para sonreír? ¿Por qué no sonreís mucho más? ¿Cuáles son mis proridades? ¿Por qué son esas y no otras? ¿Soy feliz? ¿Vivo una vida llena de sentido? ¿Qué cambiaría? ¿Por qué? Y miro al futuro, ¿qué querés? ¿A dónde vas? ¿Cuáles son las metas? ¿A dónde quiero llegar? ¿Cómo? ¿Por qué? Y así en lo personal, familiar, académico, laboral, social, deportivo, político y trascendente. ¿Quién voy a ser? ¿Quién querés ser? Y descubro ese infinito entre quien quiero y quien soy, que trato de recortar con mis sudores y mis esfuerzos. Y me humillo, que no es algo malo, sino que es reconocerme humilde, pequeño, débil, incapaz, limitado. Y no es algo malo porque es cierto. Me libera saberlo. No soy perfecto ni tengo que serlo. Esa sed de infinito es otra cosa y no se calma con títulos, ni amores, ni logros, ni esfuerzos, sino en un rato de contemplación silenciosa donde no hago nada, sino que dejo que Él hable (y a veces no habla, muchas veces no habla) y, como siempre, me tienda una mano liberadora y catárquica. Paz y Bien. 

Pensar así quizás sea un defecto profesional mal aprendido en las épocas en las que coqueteaba con Sophia, devenido en vicio personal. Interrogarme de manera sistemática. Replantear todo. Libremente. Atado a mi presente, fruto de la libertad del pasado, pero abierto a mirar el futuro con ojos nuevos. Porque es el descubrimiento de esa incompletitud, de esa carencia, de esa falta, lo que me pone en movimiento, lo que me llena de proyectos inagotables y de metas imposibles. Es por ese motivo que soy un optimista empedernido. Porque vivo en el barro, sucio y mugriento hasta abajo de las uñas. Porque siempre puedo ser mejor. Porque reconozco que me equivoco demasiado. Porque lastimo con mucho más frecuencia y gravedad a los que me aman que a los que no. Porque no hago suficiente. Porque pierdo tiempo en cosas banales y vacías. Porque me desentiendo de las necesidades reales de los demás. Porque tuve y tengo todo, y doy poco. Poquísimo. Porque inflo esa versión de mi mismo donde no soy nunca egoísta, infiel, cruel, hiriente, murmurador, torpe, vago, mentiroso, y muchísimas cosas más que por vergüenza no podría escribir públicamente. Pero son parte de mí. Son los silencios que hacen posible la melodía. Las sombras que hacen que valore los colores, que también son abundantes, variados, ricos y profundos. Los otoños que habilitan la primavera del perdón. Es un bellísimo oxímoron porque justamente su condición de límites es la que define el contorno de mi propia existencia en este mundo. Los vicios y los defectos son la frontera entre el ser y la nada. Y así el mal no es mal, ni tan malo, ni tan grave, sino una parte inalienable y desastrosamente personal de lo que soy. Y lo entrego. Es Tuyo, lo bueno y "lo otro". Quizás sea ese el verdadero barro para el vaso nuevo del Alfarero. En el fondo, estoy seguro de que lo es. Solo así puedo expandirme y crecer, solo así puedo relajar mis fronteras y ganarle lugar a la nada. Solo así puedo ser más y mejor. Es cierto que Vos hacés nuevas todas las cosas, que convertiste los dolores en perlas y las espinas en rosas. No son canciones, son experiencias. Ya tengo 30 años de esas experiencias. Gracias por mis límites, que son muchos. 

Y casi todo lo otro es polvo. Los logros, los títulos, los méritos, las medallitas y los torneos, los tiempos y las carreras, las metas superfluas. Lo que permanece es el amor. Ese verdadero Amor y mi muy humano amor, con todo lo lindo y todo lo inmaduro que es. Mis treinta años de amores: ordenados; desordenados; libres y esclavos; liberadores y alienantes. Y los que me amaron a mí. Mi mayor bendición es cuántas personas pusiste cerca mío que me quieren tan lindo, y tan bien. Que me hacen mejor. Que me hacen ser agradecido y alegre. Que me llenan de vida. Que me perdonan, me abrazan, me dan afecto y presencia. Que perdonan, que me sanan, que muchas veces no tienen condiciones. Y en su amor también encuentro ese motor que arrolla, que me pone en movimiento hacia lo arduo, hacia el desafío de los peligros grandes. Gracias por los que me quieren, que son muchos, y me quieren de muchas maneras. 

Y así van tres décadas. Tres décadas que no me alcanzan. Necesito tres y quizás seis más. Necesito aprender tanto. Tengo tantas ideas, tantos proyectos, tantas ganas. Y sigo pidiendo, que es mi forma de agradecer el pasado pisado. Sigo pidiendo porque quiero hacer un futuro más lindo, para mí y, ojalá, para otros también. Sigo pidiendo porque me encariñé con el camino, aunque reconozco su absoluta contingencia. Me obnubila la belleza de un mundo lleno de verdades parciales y de bienes imperfectos, todos un atisbo de la Gloria verdadera que añoro. Sé que estoy acá porque tenía demasiadas preguntas como para no haber venido. Y si me hubiese quedado, allá donde sea que haya estado, no me hubiese alcanzado y hubiese cometido la más grave de todas las faltas, que es pensar que hay mas satisfacción en otro lado que en Vos. Acá actúo de esa manera todo el tiempo, todos los días, de manera obsesivamente recurrente, en los asuntos nimios y en los más graves. Y siempre descubro lo mismo y me choco con los límites de mi propia finitud, esos que tan bien aprendí a conocer, esos que tan bien conocés Vos y que sanás y querés. Quizás, a la larga, aprenda. De eso se trata. De aprender. Y en ese sentido, estas tres décadas fueron tres décadas ganadas. ¡Y qué linda que es la vida, carajo! Ganadas a los golpes, en batallas interiores y en preguntas sin respuestas; en sentimientos que no entiendo y en la profunda convicción de que todo es pasajero pero que, igual, hay mucho por hacer porque esta vida vale la pena y porque la verdadera felicidad está en el darse. Esa es mi certeza, ese es mi compromiso y esa es Tú mayor lección. Gracias, Amigo, por enseñarla con tu propia Vida y, así, convertirla en mi Verdad y en mi Camino. Gracias por ese aprendizaje, que es mi cruz y mi destino. 

Quizás esa sola afirmación haga de este día un gran cumpleaños. Un cumpleaños feliz. Porque quien se da, es feliz. Y este escrito no es más que un desnudarme donativo, una donación de mi corazón transparente, vulnerable, real, humano. Y mis tres deseos, esos que no puedo decir en voz alta, tienen mucho que ver con eso. Puede que sean tres grandes gracias, tres grandes agradecimientos. Simplemente eso. Estoy un poco metafísico, un poco filosófico, un poco denso. El año que viene voy a escribir algo sobre los animales. Después de todo, también es su día, ¿no? 

jueves, 20 de marzo de 2014

¿Por qué somos tan corruptos?

Uno atrás de otro, todos los días, escucho algo que tiene que ver con la palabra "corrupción". En el plano chiquito, en la coima al policía, en el impuesto no pago, en el bien no declarado, y en el plano grande, donde se juegan los destinos de todos. Corrupción. Parece que está en todos lados...

Empecemos por lo más académico. La corrupción es una falta ética grave. De manera muy general, la podría definir como el incumplimiento de un deber (de lo que es debido -en el fondo, una acción contra la justicia, "lo que corresponde") a cambio de un beneficio personal o del beneficio para una facción a la que pertenece el que obra. Rumpere, en latín, significa: "romper". Corromper es romper con ganas, romper fuerte. ¿Romper qué cosa? Lo justo.

El corrupto rompe lo justo, rompe el orden. Alguien deja de recibir lo que le corresponde para que el corrupto lo reciba para sí, cuando no lo merece. Si lo mereciera, lo hubiese conseguido en base a sus méritos. Pero no, se vale de otros medios para conseguir lo que quiere.

Toma para sí lo que es de otro. Le roba.

Cuando la corrupción se da en el ámbito de lo público, la gravedad moral de ese hecho es mucho mayor. Por eso es más grave evadir un impuesto que estafar a un privado. Cuando le robo a un grupo "de privados", los perjudicados son ese grupo concreto de personas a las que perjudico con mi acción. Cuando corrompo a un funcionario público, los perjudicados son todos los ciudadanos, todos los miembros de la sociedad, especialmente quienes más dependen de los servicios públicos. Los corruptos le roban a todos pero ese robo afecta, especialmente, a los que menos tienen. Si el funcionario me otorga obra pública con sobreprecio, cada contribuyente paga más por lo que debería haber pagado menos. Los cagamos. Les cobramos caro algo barato. Si el funcionario acepta el soborno y me da la obra a mí, se la deja de dar a otro que era más eficiente. Al usar mal esos recursos, que de por sí son escasos, la frazada, que de por sí es corta, empieza a desabrigar y ya no alcanza. Hay que recortar, porque no hay suficiente.

¿Y a quiénes afectan esos recortes? De nuevo, a los que menos tienen, a los que más dependen de los servicios públicos. Le roba al docente que cobra poco; al paciente que no tiene insumos; al alumno que no es contenido por un buen equipo pedagógico; al tipo que se come un pozo en una ruta y se mata, quizás desangrado porque la ambulancia no llegó; a los miles de usuarios que viajan mal en el tren y en el subte; y así. A un montón de gente, a todos, y especialmente a los más vulnerables, a los marginados, los que están al margen, no en el centro, sino en las periferias. Los más débiles. Mientras la plata no alcanza para algunas cosas fundamentales, otros la pesan porque no tienen tiempo de contarla. Algo anda mal.

¿Cómo evitar la corrupción? Si llevamos el debate a un tema de principios es difícil encontrarle la vuelta. Me parece que además de una cuestión moral es un tema de incentivos: poco riesgo, muchos beneficios. Es la inversión perfecta. Si la percepción del corrupto es que agarran a uno de cada millón y que, al que agarran, no lo meten preso, y que si es corrupto los beneficios de la acción deshonesta son desproporcionadamente altos en comparación con la rectitud, entonces está el campo abierto a que todos sean corruptos. Para responder a la pregunta que introduce este párrafo, la corrupción debería disminuir si los incentivos se modifican; ergo, a modo de hipótesis: a una percepción menor de los beneficios o a una percepción mayor de los costos de la corrupción, ésta debería disminuir. En criollo, si sabés que ir en cana por un tiempo largo es una posibilidad real (te consta porque agarraron a "x" "y" y "z", y siguen presos), o sea, le subís el precio a la corrupción, es más probable que se "consuma" menos corrupción, que haya menos corruptos.

¿Cómo le subimos el precio? De varias maneras. Subiendo las penas. Considerando que la corrupción no prescribe (no tiene fecha de vencimiento, como los delitos que atentan contra los DDHH -¿o, acaso, quitarle a los que menos tienen, atentar contra la educación, la salud, el transporte, etc. no es atentar contra los derechos más básicos?). Fortaleciendo y dándole independencia a los organismos de control. Promoviendo medidas de gobierno abierto, donde cualquier ciudadano puede acceder a la mayor cantidad de información pública posible. Con castigos ejemplares: viendo a los corruptos, presos. Son sólo algunas ideas. Debe haber muchas más. Hay que subirle el precio a la corrupción.

Mientras más transparente sea el sistema, más difícil es manejar arbitrariamente lo público. Todos los sectores te pueden interpelar, cuestionar, plantear inquietudes y denunciar. Se trata de restituir el valor fundamental de la Justicia. Sin ella, no hay sociedad posible.

No se me ocurre una política más progresista. La pregunta es, ¿por qué no lo hacemos?