miércoles, 20 de febrero de 2013

Flechas amarillas



Suena el despertador. Son las 6:15am. Nunca fui bueno con los números, pero calculo que somos unas 100 personas en ese cuarto enorme de Roncesvalles. Muchos todavía roncan. A esa hora suelo estar atontado y los minutos se me pasan como si se tratara de segundos. Cierro los ojos; los vuelvo a abrir y; en mi parpadear, Cronos, el dios del tiempo, se engulló 7 minutos de mi vida. El Cronos nos devora y, en mi caso, suele ser más goloso a la mañana. Los alemanes saltan de la cama como si hubiera una alarma de incendio y en cuestión de minutos ya están cambiados y listos para empezar el día. La mayoría de la gente sigue durmiendo, exhausta. Mi herencia latina me pesa un poco más que a los germanos y recién salgo de la cama a las 6.30am. Hace mucho frío, unos diez grados a lo sumo. 


Es el primer día del Camino de Santiago. Curiosamente, el camino lleva mi nombre, cosa que me ayuda a sentirlo de una manera más personal. En el fondo, es el camino de cada uno. Mi Camino.

Ochocientos kilómetros separan Roncesvalles, en el límite de la frontera entre España y Francia, esa frontera separada por los Pirineos, de mi destino final: Santiago de Compostela, donde está, supuestamente, la tumba del Apóstol Santiago. En hebreo, Santiago se dice "Jacob", por lo que el camino también es conocido como "camino jacobeo". Parece que este apóstol, pescador, hermano de Juan, el discípulo preferido, era muy malhumorado y temperamental, motivo por el cual Jesús lo llamaba "hijo del trueno". Evidentemente, algunas características son inherentes al nombre. A pesar de estar haciendo un viaje que soñé, me levanto malhumorado y estoy enojado con estos alemanes tan enérgicos y ruidosos.

Me sorprende lo rápido que me visto, en esa oscuridad que se suma a mis muchas dificultades naturales para ver con claridad. En pocos minutos estoy listo, con la mochila puesta y dispuesto para partir. En los bolsillos de la campera llevo un par de bananas, un chocolate y pan. Son algo así como mis provisiones para la primera etapa del Camino, que consta de unos 22 kilómetros por el bosque y los pueblos de la montaña.

Según la Tradición, después de Pentecostés, Santiago partió para Hispania, una provincia romana donde evangelizó por varios años. En términos humanos, le fue realmente mal: siete conversiones. Mientras Pablo, unos años más tarde, le escribía cartas a comunidades enteras, el testarudo de Santiago seguía intentando convertir a algún que otro gallego (aclaro, estaba en la región de Galicia, por eso el gentilicio). Según la Tradición, tuvo la mala idea de volver a Jerusalén justo cuando Herodes Agripa había ordenado perseguir a los cristianos. Le cortaron la cabeza. Sus discípulos, pocos pero buenos, lo llevaron en una mítica barca de piedra a través del Mediterráneo, escoltados por ángeles, hasta donde hoy se encuentra la ciudad de Santiago de Compostela. Sin embargo, por ocho siglos su tumba permanecería en el anonimato más absoluto, hasta que fuera descubierta por un ermitaño, llamado Pelayo, que declaró ver luces en la mitad del campo, durante una noche. Al investigar, encontraron la tumba de un hombre decapitado, con algunos signos de que se trataría de la tumba de Santiago. En menos tiempo que más, se convirtió en el tercer punto de peregrinación del cristianismo, detrás de Jerusalén y Roma.

Pasemos en limpio, caminar ochocientos kilómetros hasta la tumba de un tipo descabezado. Un tipo que, incluso hoy, nadie sabe bien quién fue, ya que hay abiertos varios debates sobre la autenticidad del hallazgo. Además, dicen que los restos del hijo del trueno fueron escoltados hasta este lugar de descanso por ángeles, en una barca de... piedra... Buen plan Santi.

Lo más irónico es que estoy seguro de que la tumba del Apóstol está ahí, donde me han dicho que está, en el corazón de la Catedral de Santiago de Compostela. Y la quiero conocer, peregrinando.

Quizás no le haya ido tan mal a Santiago Apóstol en su evangelización. Después de todo, ahí estamos, cientos y miles de peregrinos, hace ya más de un mileno, recorriendo los mismos caminos, con el mismo destino... En los tiempos de Dios, siempre, todo, da fruto a su debido tiempo. Qué lindo misterio y qué lección de humildad.

Empiezo a caminar y todavía es de noche. Salgo con algunos compañeros que conocí el día anterior, cuando todos llegábamos, a la vez, a nuestro punto de partida. En el fondo, si bien estoy acompañado, me abraza un sentimiento de profunda soledad. Una soledad linda. Elegida. Necesaria. Todavía no sé que voy a caminar con estos compañeros durante dos semanas, enteras. Que los voy a tener que dejar, con profundo dolor, tanto físico como espiritual, luego de lesionarme y sentir la carga de una tendinitis mal llevada por varias jornadas extenuantes. Porque con ellos descubrí que la vida te pone siempre a alguien al lado, pero así como llegan, también deben seguir. Que después de todo, no somos más que peregrinos en esta vida. Y quien ha peregrinado, sí que entiende esta imagen.

Al dejarlos, con un sentimiento de profundo pesar y hasta de miedo, angustiado por tener que estar, nuevamente, solo y de tener que volver a forjar nuevas relaciones -si es que podía seguir caminando, cosa que finalmente pude hacer-, entendí que estaba aprendiendo algo: debía caminar a mi propio ritmo. Es lindo caminar con amigos. Podés charlar, discutir, compartir, limpiar el corazón. Pero cada uno tiene su propio ritmo, tanto interno como de marcha. Al obligarme a ir un poco más rápido de lo que podía aparecieron las ampollas. Al principio fueron un par, después dos pares y, al final, hasta once... en un sólo pie. Pisar mal me llevó a hacer malos movimientos y los malos movimientos me causaron una tendinitis. El dolor se hizo, francamente, insoportable. Todavía hoy, cuatro años después, cuando corro mucho o hago un esfuerzo grande, siento una carga extra sobre el lugar de esa vieja lesión. Como un recordatorio, un aviso, "tomátelo con calma".

Un amigo me hospedó en la ciudad de León por una semana y la segunda parte del viaje, diez días para ser exacto, fue muy diferente. A mi ritmo, con mayor silencio. Fue otro camino, ni mejor, ni peor. Conocí otros muchos muy buenos compañeros, con quienes pude volver a compartir un poco del camino y de la vida. Pero el que había cambiado era yo.

Y como todo algún día termina, como siempre que nos ponemos una meta y somos los suficientemente testarudos para no aflojarle a los obstáculos, un día, después de veinticuatro de caminar y de seis de recuperar una lesión, sí, un día, entré bañado en lágrimas de emoción a Santiago. Qué lindo viaje. Conocí la tumba del Apóstol y recibí mi Compostelata, que es una especie de diploma por haber llegado. Comí muchas tartas de almendras y dormí más en tres días que en un mes de caminata.

Los paisajes, las personas, los momentos de introspección, el silencio, cada pueblo y ciudad, la comida, tan típica de cada región del norte español. Qué lindo fue el camino. Pero si tengo que pensar en aquello que más extraño, aquello que me hubiese gustado traerme a Buenos Aires, hacerlo mío, para siempre, no tengo ninguna duda: las flechas amarillas.

Y sí, si caminás ochocientos kilómetros y atravesás campos, pueblitos, montañas, ciudades, parajes desérticos, palacios e historias, monasterios y caminos en el bosque, con lluvias, tormentas, días en que el sol nos abrazaba y mañanas de intenso frío en el monte de Navarra... y sí, te podés perder, muchas veces. Sin embargo, no te perdés. O te perdés muy poco. Porque el Camino está lleno de flechas amarillas que te orientan y te ayudan a llegar a tu destino. Y cada vez que dudás sobre dónde estás y hacia dónde hay que seguir, en un árbol, en una piedra, en el suelo, en una pared, en el asfalto, en un palo, en una casa, en cualquier lado, aparece una señal, clara, indiscutible, evidente, que te indica hacia dónde seguir: es una flecha amarilla. Y los mojones del camino pierden importancia, para darle lugar solamente a las flechas.

Un poco como decía el Cardenal Newman, quien con mucha sabiduría le pedía al de Arriba que no le diera luz para todo el camino, pero sí mucha claridad para el próximo paso, así, tal cual, pasaba en el Camino.

Y hoy, varios años después, extraño mucho las flechas amarillas. Y me doy cuenta de que me pierdo más de lo que me gustaría. Sé que ya no camino por bosques inescrutables ni por parajes desolados. Pero me pierdo con mayor frecuencia y gravedad. Y esta vez, peregrino, el destino no es la tumba del Apóstol Santiago, sino la de Santiago, a secas, la tuya propia. En este camino que es la vida, perderse no es tan gracioso. Por más que siempre hay oportunidad para volver al Camino y que el haber andado errante es, a la vez, experiencia sobre lo que no quiero, ya no veo con tanta claridad las flechas amarillas que extraño y recuerdo. Y la gran diferencia es que esta vez el destino es único, pero los caminos, infinitos. Y que están atados a mi libertad, a veces más rebelde que obediente. Sería más fácil no errar, para no lastimar a mis compañeros. Podría multiplicar talentos de manera más fructífera. Podría ser mejor.

Y mi conciencia dibujó muchas veces flechas azules, naranjas y verdes, pero no siempre se impone con la autoridad absoluta de las flechas amarillas. Me reconozco débil e imperfecto. Chiquito e inmaduro. Caprichoso y pecador. Orgulloso y enroscado. Falto de prudencia, de templanza, de amor. Testarudo hasta el hartazgo. Ay Santiago, qué pesada herencia fue este nombre para los hijos del trueno. Si el camino es uno de perfeccionamiento y ascésis, todavía queda mucho camino por hacer. Y estas luchas, lejos de lo que se ve en lo superfluo, se dan en lo más hondo del propio ser. Y está bien que se den ahí, ya que su resultado destinará al ser, todo, para siempre. En mi caso, las únicas flechas que se presentan, siempre, como las amarillas, son las experiencias. Pareciera que necesito ver para creer. ¿Hay acaso signo de mayor testarudez?

Me sé amado así, como soy. No sólo por Dios, sino también por los que yo quiero. Eso me da tranquilidad y alegría. Y está bueno sentir "paz y bien", diría el Hermano Francisco. Pero también me siento incompleto. Quizás por eso soy un buscador. Y qué misterio inasible que es la vida. Un misterio infinito y, al menos para mí, increíblemente bello, que es lo que se da cuando se cruzan la verdad y el bien. Sí, un camino lleno de bienes y de cosas por aprender, repleto de amores y de verdades... Bellísimo. Nunca me voy a cansar de encontrarle sentidos nuevos y revitalizadores. Es imposible aburrirse acá.

Flechas amarillas... Si hay algo que extraño del Camino de Santiago, son las flechas amarillas. Como si acá no estuvieran, en todos lados, porque lo más increíble es que las flechas amarillas están también acá. Y quizás sea ese mi mayor aprendizaje. Saber descubrir en una mirada, en una decisión, en una película, en una casualidad, en un abrazo, en una pelea, en una comida, en una siesta, en una experiencia, en un dolor, en una día de sonrisas y de sol, en un aroma, en cada una de estas cosas y de las muchas que son mi vida, una flecha amarilla. No pido mucho más que esto: luz para ver y fuerza para actuar. Me voy a poner un sindicato... Luz y Fuerza, es un buen nombre. Muy original en especial. De lo que sí estoy seguro es de que al final, mi camino va a estar totalmente marcado de flechas amarillas. Y que el recorrido que haya escogido, seguro que no el mejor de los recorridos posibles, pero el mío al fin, va a haber sido caminado en compañía, incluso en aquellos momentos cuando estuve perdido, siempre. De eso se trata, peregrinos, de descubrirnos siempre, siempre, siempre, incluso en los momentos que no hayamos compartido nunca con nadie, esos que esconderíamos humillados, siempre acompañados. Flechas amarillas.

Y, al final, bañados en lágrimas de emoción, vamos a llegar, juntos, al destino. Peregrinos, ¡Buen Camino!


lunes, 18 de febrero de 2013

Por una meritocracia inclusiva y humana

Muchos hemos escuchado, en diferentes ámbitos, alguna de las siguientes frases: 

"Al que madruga, Dios lo ayuda".

Con un poco más de rima: "Alcanza quien no se cansa".

"No hay rosas sin espinas" en los ambientes religiosos. 

Los que alguna vez fueron a la NASA o estudiaron latín quizás hayan escuchado: "Ad astra, per aspera" (hacia el cielo/los astros, mediante/a través de lo aspero/el esfuerzo)

Algunas más contemporáneas, como "el único lugar donde el éxito aparece antes que el trabajo/sacrificio es en el diccionario". 

Pero el concepto es viejo, ya Sófocles, allá unos cuantos siglos antes de la venida de Dios, encarnado en humilde carpintero, decía algo así como que el éxito de una empresa depende del esfuerzo que se le pone. Aristóteles hablaba de hábitos y varias escuelas filosóficas desde entonces nos invitan a tomar un camino donde nos esforcemos por lograr nuestras metas. 

En el fondo, el mensaje de muchos de estos lugares comunes, refranes populares, adagios y resabios de cultura antigua hecha cultura actual es que hay una conexión intrínseca entre el esfuerzo y los buenos resultados. Me parece que, en líneas generales, el principio es poco problemático. Sí, dependés de la suerte, quizás te sacás el gordo de Navidad, por ahí te esforzaste mucho pero no lograste lo que te proponías. Hay excepciones. Miles. Pero, en general, creo que muchos estaríamos dispuestos a afirmar que la conexión es clara. 

Ayer salió una nota en la sección de Enfoques del diario La Nación (cuya lectura recomiendo) planteando que la meritocracia, como sistema de incentivo para el máximo desarrollo de una persona, está en crisis.

Quiero escribir sobre este tema. 

Pareciera que en este debate hubiera un trade off: o bien aceptamos una competencia donde los mejores alcanzan los puestos para las élites y los restantes se acomodan (si pueden) en los puestos que quedan, o bien trabajamos por la inclusión, el modelo por el cual todos, a pesar de sus muchas diferencias, obtienen un puesto determinado y nadie es excluido. 

Pateo el tablero en la primera jugada: nunca lo plantearía así. Me parece que no hay necesidad de optar entre la una y la otra, como si, en términos lógicos, se tratara de una disyunción exclusiva. Yo creo que, en Educación, puede haber un modelo inclusivo y, a la vez, meritocrático 

Fácil decirlo, pero, ¿cómo? 

En el fondo, cualquier sistema social tiene que ser, fundamentalmente, justo. Si lo miramos como un trade off, ninguna de las dos opciones logra alcanzar la Justicia por sí misma. Al menos a mí, me parece igualmente injusto dejar a mucha gente excluida del sistema porque no se amolda a las exigentes variables que se les imponen, como dejar a mucha gente desarrollada "por la mitad" (no al máximo), en pos de que todos puedan alcanzar un nivel relativamente similar de desarrollo. Además, esta inclusión no se da, porque cuando el sector público normaliza, igualando un poco para abajo, la gente que puede, que busca "lo mejor" para sus hijos, migra al sector privado, donde se les exige "en la medida de sus capacidades", profundizando así la desigualdad de oportunidades. La solución no está en elegir entre la una y la otra, sino en combinar. Veamos cómo. 

La meritocracia absoluta, para poder justificarse (o sea, ser un sistema considerado "justo") surge de un presupuesto que es erróneo: que es que todos tienen las mismas oportunidades. Si no las tuvieran, la meritocracia, tal como sugiere uno de los entrevistados en la nota, "es una ideología que justifica moralmente que haya algunos que tienen mejores puestos y responsabiliza a los más débiles de sus malos resultados". Yo agregaría, es una manera mediante la cual los poderosos mantienen el poder de manera institucional. No parece muy justo. Si bien es mejor que la portación de apellido o de billetera, está lejos de ser un sistema deseable per se. 

Sin embargo, la inclusión por la inclusión misma, tampoco es una gran solución. ¿Qué sentido hay en que personas con diferentes capacidades compartan exactamente los mismos contenidos durante una clase? El alumno interesado y trabajador y el vago e irresponsable; el que lee las lecciones y estudia y el que habla sin cesar y se comporta inadecuadamente; el que entiende rápidamente y se aburre de los ritmos lentos de sus compañeros y los lentos compañeros que ni siquiera alcanzan el nivel más simple a pesar de sus esfuerzos... ¿Nivelamos para abajo, así todos alcanzan el mismo nivel y nadie es excluido? Es un riego grande, más cuando los educandos llegan con falencias (casi existenciales) a muchas escuelas hoy en día. Nivelar al nivel al que todos puedan avanzar de igual manera, quiere decir, en términos concretos, que haya alumnos que aprendan a leer en cuarto, quinto y hasta sexto grado. Creánme, lo vi. Y en la Ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico de un país bastante desarrollado, a pesar de nosotros, sus ciudadanos. Separar "por nivel" es una peor idea, porque los peores alumnos andan mucho mejor cuando se los pone a trabajar con los mejores, no cuando se los aísla en un grupo de pares, que presentan iguales dificultades para el aprendizaje. En Educación estas cosas ya están estudiadas. 

En ninguna de las dos alternativas se le da a los alumnos lo justo, lo que les corresponde. Ahora bien, también es cierto que las personas nunca van a ser absolutamente iguales (por suerte), sino que todos somos diferentes y, esas diferencias, pueden ser a la vez motivo de conflicto como de enriquecimiento mutuo, dependiendo de cómo las llevemos, qué actitudes tengamos y qué tan diferentes seamos. Estas diferencias van a marcar, de una u otra forma, cualquier proceso competitivo que embarquemos. Por eso, lo primero que hay que hacer, es igualar. Porque por más que tengamos diferencias fundamentales: un cierto carácter y temperamento, una determinada familia, una herencia cultural, una red de contactos sociales, la posibilidad de viajar, etc. se puede trabajar para igualar a las personas sacando lo mejor de cada una. Trabajar por la igualdad de oportunidades es el leitmotiv (si el arte me presta el término) de la política. Los políticos tienen que trabajar para igualar oportunidades. Porque la única meritocracia posible es aquella que nace de oportunidades, sino iguales, al menos análogas. Más que echarle la culpa a la meritocracia, se la echaría a la política. La meritocracia se convierte en un sistema muy injusto si la política no iguala oportunidades. Políticos, al banquillo. Háganse cargo. 

Pero no sólo ellos. (me tomé la libertad de modificar este párrafo de la entrada, a raíz de un consejo de mi amigo Martín Grassi. Gracias Martín). Sin citar ejemplos específicos, ni temas de actualidad, cosa que puede enervar las pasiones de los menos templados, preguntémonos si todos los grupos sociales están dispuestos a cambiar el statu quo. ¿Los están las élites? ¿Están dispuestas a dejar lugar a una competencia meritocrática real? ¿Lo está la oposición? ¿Los grupos económicos? ¿Los docentes, que tendrán que redoblar sus esfuerzos en las zonas de mayor marginalidad? ¿La sociedad, que verá cómo muchos recursos se ponen al servicio de los que, objetivamente, menos aportan en términos reales al presupuesto del país o de un distrito en particular? Son preguntas que nos tenemos que hacer, porque igualar oportunidades es deber de la política, pero también del resto de la sociedad. 

Algunas ideas que se me ocurren para igualar oportunidades (en, por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires) serían: asignar presupuestos exclusivos, y abultados, a los barrios más pobres de la ciudad. Darles prioridad en los servicios fundamentales. Apostar a que haya mayor seguridad, iluminación, asfaltado, mejor transporte y más espacios de recreación públicos. Pagarle mejor a los docentes que trabajan en los barrios más carenciados. Universalizar el acceso a la educación inicial, para que exista oferta para todos lo niños desde los 45 días en adelante. Dar bonos para alimentación, después de todo, somos lo que comemos. Erradicar las villas: dando títulos de propiedad y construyendo vivienda social. Hay miles más. Con todo esto, no se les da "más", sino que se los iguala. Y eso, por más que haga ruido, es el deber de todo político. De izquierda, de derecha, de arriba y de abajo. 

Igualar las oportunidades, cosa que nos va a tomar un tiempo, pero tampoco décadas y generaciones, siempre que haya voluntad política y apoyo popular, es, en mi opinión, requisito sine qua non de la meritocracia. 

Una vez igualadas... El mejor sistema de incentivos es la meritocracia. Y pregúntenle a los economistas si les quedan dudas, pero solemos manejarnos en muchos ámbitos por incentivos. Eso no nos hace malos ni interesados, nos hace humanos. Hace sólo dos días, en un asado, un amigo me decía: "si te vas a sacar un diez sin estudiar, ¿para qué estudiar?". Y tiene razón. Ningún niño ni adolescente va a estudiar porque si estudia el conjunto de sus compañeros se van a beneficiar por su mayor inteligencia. Lo va a hacer para evitar la mala nota, que le significa un reto y volver a estudiar en una época de calor y descanso. O lo va a hacer para alcanzar una meta personal. Conozco mucha gente que se queja por el mal servicio del Estado. Bueno, dejenme decirles que es el sistema menos meritocrático de la sociedad argentina. Es un ámbito donde se auto-seleccionaron las personas que sienten mayor aversión al riesgo (esas que prefieren un trabajo estable a uno donde pueden crecer si se esfuerzan más). Una vez que sos empleado de la planta permanente, el inicio de un sumario es un riesgo excepcionalmente bajo, fruto de una negligencia casi malintencionada. O sea, es imposible que te echen. Todas estas características "invitan" al poco esfuerzo. Donde dice "sacarse un diez" debería decir "cobrar": "si voy a cobrar sin esforzarme, ¿para qué esforzarme?". El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. 

Conscientes de las consecuencias de la ausencia de meritocracia, está claro que es preferible el esfuerzo a la igualación. Después de todo, en el caso de una emergencia, ¿preferiría ser atendido por el mejor médico de guardia o por aquel que, por una cuestión de cupo (supongamos que es parte de una minoría étnica) obtuvo su título universitario? Me parece a mí que la solución hubiese sido darle iguales oportunidades a todos y después hacerlos competir. 

En fin. Me parece que es un debate que tiene muchas aristas, pero que sería bueno, para el debate y para la sociedad, que lo discutiéramos sin ropajes ideológicos, con mucha honestidad intelectual y a cara lavada. 

Un último punto, me parece que la meritocracia está en crisis porque las instituciones fueron gobernadas por las élites que mejores logros intelectuales alcanzaron. Desde el humanismo, sin embargo, hace más o menos 2000 años que se insiste en la idea de que no somos sólo intelectuales, sino también afectivos, sociales, sexuados, entre varias otras características. Si tomáramos nota de estas otras características, podríamos apuntar a una meritocracia más humana y menos intelectualista, demasiado atenta a los resultados de pruebas estandarizadas y que perdió de foco a las personas a las que evalúa. Personas que cuando bajan el lápiz, antes de que sus exámenes sean corregidos por una máquina, son líderes de un grupito de amigos, hacen deporte y trabajan en equipo, ayudan en un comedor, son buenas personas, están pasando un mal momento afectivo por la pérdida de un abuelo, tocan la guitarra, y, básicamente, enriquecen las otras muchas facetas que conforman su persona. Ojalá la meritocracia sea inclusiva y, sobre todo, más humana, atendiendo el desarrollo pleno del hombre y no sólo de su cerebro. 

La nota de La Nación es muy buena y concluye en una posición interesante y con la que estoy en parte de acuerdo: el sistema puede mantenerse, siempre que se le de la oportunidad de integrarse a quienes no alcanzan los méritos suficientes para ocupar una posición de élite. Estoy seguro que si son incluidos desde el principio y se busca un desarrollo más integral, van a ser poquísimos quienes estén en esa situación. Todos aquellos que, por cualquier tipo de limitación o incapacidad quedaran fuera de este sistema, deben ser incluidos solidariamente. Una sociedad inclusiva y justa sólo lo es cuando todos sus miembros, más allá de su condición, encuentran un lugar. Como homenaje a un grande, cierro con una de sus frases, "por lo menos, así lo veo yo". 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Del circo de la realidad a la construcción del sí




Obelisco (Cdad de Buenos Aires), 8/11/2012

"En el circo de la realidad, 
solo hay reflejos de la realidad, 
se desinforma de la realidad, 
todo se compra, en realidad. 

Hay una verso de la realidad,
que no es verso ni es realidad, 
un guiñapo de la realidad, 
apenas".

Pedro Guerra



Pregunta filosófica si las hay. ¿Qué es "la realidad"? Y teorías, créanme, hay muchas. Y de los más variadas. Que es una construcción social, impuesta o consensuada. Que no la podemos conocer. Que no hay "realidad" ahí afuera (afuera de la mente de quien conoce). Que somos todos parte de un sueño divino. Que la realidad "es producida" por quienes tienen el poder para imponerla, y dominar, a los otros. Que está ahí, dada, y que algo de ella podemos captar con nuestros sentidos y nuestra inteligencia. 

¿Entonces? ¿Qué es la realidad? 

El debate filosófico ya lleva 2.500 años, por lo que supondrán que no pretendo resolver la cuestión en estas poquitas líneas. Pero la pregunta filosófica me lanza a mi realidad concreta: hic et nunc; aquí y ahora; Argentina, 9N. ¿Qué es la realidad? 

El primer problema es que la palabra "realidad" se puede entender de muchas maneras. Es cierto que la realidad es una. Sin embargo, las interpretaciones sobre lo que pasa, pueden ser muchas. Los hechos son siempre los mismos, pero muchas veces, las personas los entienden de maneras diferentes. Si esto nos pasa cuando chocamos con el auto en alguna esquina, al entreverar argumentos y puntos de vista con puteadas, ¿Qué nos queda para entender algo como el 8N? 

¿Qué pasó ayer? ¿Quién está interpretando mejor la realidad? El hecho es que se manifestaron cientos de miles de personas en diferentes puntos del país. Hasta acá, vamos bien. (Quizás alguno diga, ya interpretando, que no eran cientos de miles, sino solo cientos o miles, y que no eran personas, sino gorilas, pero bueno, parto de la base de que nunca se puede conformar a todos, menos a los que tienen miradas -interpretaciones- tan creativas de la realidad). 

En general, los hombres podemos conocer los hechos, des-cubrirlos, de-velarlos (quitarles el velo que impide verlos frente a frente, mover aquello que los cubre para poder conocerlos, tal cual son) y por eso solemos ponernos de acuerdo sobre muchas cosas: porque vemos lo mismo. Sin embargo, no siempre es así. Y resulta que vivimos en una sociedad de medios de comunicación, donde todos presentan una mirada de la realidad. Y lo mejor, esta mirada tiene intencionalidad, por lo que no solo se muestra lo que "yo veo", sino lo que "yo quiero mostrar". Pucha, como nos vamos alejando de los hechos. 

Un párrafo para los filósofos: cuando llegó la televisión, hubo quienes temieron que los medios de comunicación se convirtieran en un gran 1984, bajando línea mediante un Gran Hermano totalitario, que uniformara las mentes de los tele-videntes para hacerlas una sola. Desde esta perspectiva, hay quienes tienen miedo a que pocos controlen muchos medios. Sin embargo, me parece que Vattimo la vió mejor cuando dijo que los medios de comunicación, lejos de unificar las mentalidades, iban a fragmentarlas, presentando miles de nuevas voces e identidades que complejizaran la realidad, a tal punto que nadie supiera bien qué es.  Él lo lleva un poquito más, diciendo que se aliviana el ser, para que acaezca el nihilismo. Salvo esta última parte, a mí me parece que hoy estamos más de este lado que del otro. 

Volviendo al 8N, ¿qué pasó? El hecho, más o menos, quedo presentado arriba. Pero interpretaciones hubo muchas. Que era un grupo de golpistas. Ciudadanos sin representación. Marcha organizada políticamente por la oposición y por Clarín. Ciudadanos auto.convocados. El pueblo ("si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?"). Los anti K/cipayos. Grupos de ultraderecha. Gente bien vestida. La clase media. Los argentinos que trabajan para mantener un modelo agrietado y agonizante. Los que marchan por la paz. Gente de bien que ya está cansada. 

Y ante tamaña confusión, donde todos me muestran una realidad intencionada, ¿a quién creerle? En este contexto, ¿podemos pretender conocer la realidad que nos presentan los medios? Personalmente, intento escuchar diferentes voces, para así poder hacerme una mirada más completa de lo que me quieren mostrar y tener más elementos de juicio. Pero no siempre se puede hacer eso. Y, además, una cosa sería ver "diferentes interpretaciones intencionadas", otra muy diferente es que detrás de cada medio haya un grupo de poder al que no le importa la verdad, sino el poder. Donde lo que importa, en el fondo, es imponer una visión del mundo, un paradigma, un relato, una construcción simbólica, lo que sea. Una idea, ver las imágenes (que también se presentan intencionadamente) sin escuchar las interpretaciones. Otra, quizás un poco mejor: cuando lo que va a pasar todavía no pasó, si tenés la posibilidad de ir a verlo con tus propios ojos, de caminarlo, de recorrerlo, de hablar con la gente, de sentir el clima, hacelo. Al menos vas a tener una mirada personal del asunto, una interpretación con menos ruido y más luz. Por eso Pedro Guerra habla del circo de la realidad... Un circo, donde hay puestas en escenas, donde las cosas se compran, se negocian y se consensúan atrás del escenario y donde nosotros, los espectadores, los que alimentamos este circo, somos un poco engañados (y no hay mentira más efectiva que la que está mezclada con la verdad). 

Y el tema todavía tiene millones de aristas sin revisar, pero me interesa profundizar en una más. Es fácil que te malinterpreten cuando sos parte de un movimiento donde el que se queja por la inflación y el cepo cambiario está al lado del que perdió un familiar en Once o el que fue víctima de la inseguridad. El que pide que se respete a las Fuerzas Armadas camina con quien no quiere que toquen a la Justicia y el que está en contra de las mentiras del Indec golpea una cacerola con los que se hartaron de la corrupción. Está bueno que haya lugar para todos. Pero habría menos posibilidades de "ser interpretados" si el movimiento no fuera "contra ............" (llene a piacere: la Re-Re, Oyarbide, la corrupción, el avasallamiento de las libertades individuales, etc.) y pasara a ser "a favor de..........". Más que nada, porque estar "en contra", estar indignados, enojados, hartos, es una posición que limita. Estar a favor nos mueve desde el deseo de construir, de ser, de estar mejor, de progresar, de crear. Y ese impulso, además de mucho más difícil de malinterpretar, es sostenible en el tiempo y, por lejos, un movimiento más creativo, sano y constructivo. 

Ojalá que, todos, como sociedad, como Argentina, caminemos desde el circo de la realidad, a la construcción del sí. Ojalá. Para eso, vamos a tener que comprometernos, ser astutos (para que no nos vendan buzones), ser creativos, seguir proponiendo, ser generosos y seguir poniendo la otra mejilla, seguir laburando y, aunque suene a frase de alguien más, estar unidos, y organizados. 






lunes, 3 de septiembre de 2012

La última carta

Se fue la abuela. Y qué rápido pasó. La noticia me puso inmensamente triste. El sentimiento de soledad, de pesadez, de amargura, tocó la puerta, y se instaló por un rato. Duele y confunde corroborar la irrefutabilidad de la desaparición. Ya no está. Se fue. 

Después de haber vivido un año con ella, me había copado el corazón. Okupa afectiva, usurpó todo. Y si bien no tengo remordimientos, porque le dije que la quería cada vez que nos vimos, porque fui siempre cariñoso, porque hablamos, compartimos comidas, la cuidé y me dejé mimar, sí me duele no haberme podido despedir en una buena charla. Hasta la muerte anunciada nos golpea y nos deja pasmados. Nunca terminamos de estar del todo preparados para la ausencia. 

No voy a hacer una catarsis. Este no es el espacio, ni este teclado el medio para hacerlo. Los abrazos y las miradas están afuera. Sí, quizás, pueda resignificar la pérdida, tratar de empezar ese trabajo que es llenarla de sentido. Es lo único que nos queda ante el vacío y el dolor, llenar la ausencia de sentido, evitar que el dolor sea causa de más dolor y tratar, como cada uno pueda, de crecer. 

Hace un año hice un ejercicio. Pensaba "¿Cómo me gustaría ser recordado?" Y la verdad es que me gustaría que me recuerden como una persona feliz. Ojo, no me quiero morir. Tengo la ambición de hacer muchas cosas todavía. Muchísimas. De hecho, vivo ilusionado, proyectando y trabajando, apostando a la vida, convencido de que los cambios dependen de la voluntad firme y del esfuerzo. Quiero aportarle un granito de arena al país. Para eso sigo estudiando. Quiero ser "muy bueno", en lo que sea que haga, para poder dar lo mejor. Siempre tengo propuestas para la vida. Nunca nos aburrimos. Pero entiendo que no todo depende de mí. Y que la muerte, aunque indeseable, es caprichosa. Y que puede venir. Sí. 

Ese ejercicio era una carta. La carta que le hubiese escrito a todos, si se me acabara la vida. La carta no es más que un ejercicio. Estoy lejos de poder entender lo que significa el vértigo de ya no estar. Sin embargo, aunque no lo entienda del todo, no quiero dejar de decirles esto, que es lo que me hubiese gustado que sepan si no me podía despedir, en una buena charla. Te cagué muerte. Porque me podrás sorprender, pero "hombre prevenido, vale por dos". No dejo de decirle a nadie lo que le quiero decirle. Ahí va ese experimento: 



Queridos todos,

                           Hoy, por fin, ya no tengo miedo.

Es doloroso. En su momento me enojé y lo consideré injusto. No me quiero morir. Supongo que casi nadie se quiere morir. Pero nadie, absolutamente nadie, puede evitar la muerte. Porque, aunque cueste decirlo, todos vamos a morir. Hoy me toca a mí. Y por fin puedo aceptarlo en paz.

Se trata de dejar de ser esto que soy y pasar a vivir en el recuerdo de quienes me amaron y en los hábitos que haya podido inculcar en los jóvenes que eduqué. Y esto, lejos de ser poca cosa, fue lo que llenó mi vida de sentido, energía, alegría y esperanza. Esto y Dios, claro. Uds. saben que siempre fui un tipo creyente. 

Puede que algunos de ustedes piensen que como ya no me van a ver, yo no voy a estar. Se amargan pensando en que me voy “para siempre”. Eso no es cierto, yo siempre voy a estar. En aromas, en canciones, en recuerdos, en paisajes, en lágrimas -al principio por el dolor de mi partida, pero después, de a poco, lágrimas que se empiezan a mezclar con la risa de alguna anécdota graciosa. Y al final, lágrimas de alegría, por haber tenido la oportunidad de poder compartir un pedacito de vida juntos-. Y voy a estar, sobre todo, porque tengo la certeza inamovible de que la muerte no tiene la última palabra. Es un paso, una puerta, un atardecer, un otoño invernal, una transición. Las imágenes son miles pero van todas a lo mismo: la vida sigue. Para mí y también para ustedes. Sí, para ustedes especialmente, recuerden esas palabras cuando estén tristes, “la vida sigue”. Yo creo que quien muere no muere. Tengo tanta certeza de eso que nunca lo puse en duda. El mundo y la vida serian tan cósmica y universalmente injustos si eso fuera de otra manera. Y con este tiempo contado que tuve en el mundo pude hacer lo que quise. Pero como creo que esta vida no corta todo mi ser, estoy seguro de que todo lo que hice y hago, lo hago para la eternidad. Y así las cosas tienen otro gustito. Y esta seguridad, lejos de encadenarme, me libera de la manera más radical.

El miedo paraliza y corta las posibilidades de crecer. Por suerte yo ya no tengo miedo. Ustedes tampoco lo tengan. No les voy a pedir que se alegren, pero tengan la esperanza de que voy a estar bien y, aunque les moleste escucharlo, sepan que, a pesar (pero también a causa) del dolor, van a crecer.

No se puede vivir la vida pensando obsesivamente en la muerte. Pero tampoco se puede vivir la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No somos omnipotentes ni eternos. Nos vamos a morir. Y no hay nada de malo en eso.

Lo importante es qué hacemos, qué hicimos en realidad, con todo este tiempo “injustamente” recibido y regalado que tuvimos en el mundo. Y pueden enojarse por mi partida o por la suya propia, pero nunca se olviden que viví estos años felizmente. Felizmente no quiere decir sin dolor. Quiere decir, justamente, feliz. Y por lo único que me podría llegar a enojar (si es que algo me enoja allá a donde voy) es por el hecho de que me recuerden enojados o sin sonreír. No se olviden que hay motivos para la amargura, pero muchos más motivos para la esperanza.

Soy joven. Y si la muerte es un misterio doloroso, la muerte joven parece un misterio doloroso e injusto. Admito que durante un tiempo lo viví así, pero con el discurrir de los meses y después de aguzar la mirada, en un silencio un poco contemplativo, descubrí algo que me hizo vivir la muerte de otra manera. Todos saben que yendo a casa hay un boulevard. No sé quién habrá sido el paisajista que decidió plantar esos árboles ahí, pero definitivamente no era un gran paisajista. Faltando un mes para el otoño, esos árboles, cuyo nombre nunca supe, ya están absolutamente pelados. No les queda una sola hoja. Mientras que los demás árboles y plantas gozan de una salud verdísima y frondosa, nuestros árboles del boulevard ya se rindieron frente a la estación que se aproxima. Pasados el otoño y el invierno, esperamos ansiosamente la resurrección. Sin embargo, nuestros árboles del boulevard no florecen rápido. Recién para fines de Octubre alguna hojita empieza a vencer la timidez y toma la iniciativa que recrea el ciclo de la vida. Caminando por donde vivo, aprendí que hay un sinfín de verdes y matices. En el fondo, devele un misterio singular, que es que, en nuestro parecido, no somos todos iguales y, sobre todo, no todos tenemos los mismos tiempos. Quizás yo no hubiera podido resistir el florecer eterno que tiene el pino, que termina por nunca ser mirado ni valorado, como le pasa a tantos ancianos hoy, en nuestra sociedad tan negada al dolor. Quizás esa hubiera sido una peor muerte para mí. Cada cual tiene su ciclo, su ritmo y su tiempo. Y créanme que este tiempo fue más que suficiente para poder florecer y dar vida. Puede que mi verdoso esplendor sea corto a criterio de otros, pero fue suficiente para mí. Y yo estoy agradecido y contento –y más que contento, feliz- frente a la posibilidad de haber podido crecer junto a ustedes. Sin saber mucho de botánica, puedo afirmar que fui feliz junto a la fuerza de roble de papá y a las raíces que hacen tierra como el ombú, de mamá. Que mis hermanos, con la simpleza no siempre valorada del pasto, estuvieron siempre, siempre, a pesar de toda complicación estacional, al lado mío. Me siento agradecido de la alegría del palo borracho que me transmitieron mis amigos. Y la vida me regaló una orquídea, la flor más valiosa y de más difícil acceso, que fue quien adornó mi torpeza y disimulo mis límites, Guadalupe.

El dolor se va a ir, va a pasar porque es humo, es vano y, cuando menos lo notemos, va a desaparecer. Para mí y para ustedes. Lo malo es siempre temporal y pasajero, pero mi agradecimiento a cada uno de quienes estuvo conmigo en esta vida tan linda, es eterno. Gracias por haber compartido su vida conmigo. Realmente me hicieron muy feliz. Los quiero y los voy a seguir queriendo, siempre. Y si algo les deseo, sobre todas las cosas, es muchísima paz y la capacidad de, aunque duela, desprenderse del deseo que los ata a querer que fuera eterno. Déjenme ir, en paz.

Los espero y los quiero, hasta luego,

Santi

martes, 26 de junio de 2012

La primera es gratis


En la Argentina, en este momento, se debaten diferentes proyectos de ley que tratan el tema del consumo de drogas. 

¿Legalizamos? ¿Despenalizamos? ¿Dejamos de sancionar? ¿Son todas las opciones la misma cosa?

Buen hábito de filósofos, aclaremos qué entendemos por cada cosa así podemos discutir tranquilos y sobre lo mismo. Entiendo que legalizar, despenalizar y dejar de sancionar no son la misma cosa. Legalizar quiere decir que las drogas pasan a ser parte del mercado igual que los yogures, el mate y la carne picada; desde su producción hasta su distribución y venta serían legales. Pienso que sería un disparate absolutamente insostenible, porque en nuestra economía de mercado, a mayor oferta, menores precios: lo que es igual a consumo masivo garantizado; que como consecuencia apareja un gasto público desorbitante, entre otras varias consecuencias sociales. Por suerte, ningún proyecto propuso eso, lo que habla bastante bien de nuestros legisladores. Hay quienes piensan que un mercado fuertemente regulado y con impuestos muy altos puede ser una buena respuesta, pero ¿dejar en manos del Estado la producción de marihuana (ni hablar de las demás drogas)? ¡Qué miedo! Quizás funcione en Uruguay, pero en Argentina... Despenalizar es modificar la legislación para que el consumo personal de droga no sea pasible de una sanción penal (descriminalizar): algunos de los proyectos están enmarcados en esta visión. Por último, dejar de sancionar, sería la propuesta por la cual el consumidor/adicto no es pasible de ningún tipo de sanción, ni penal ni administrativa ni de ningún otro orden; algunos proyectos están en esta línea. Nota: en general, los proyectos no hablan de marihuana, sino de "droga". 

Personalmente, estoy en contra de cualquiera de las tres alternativas anteriores, pero si me viera obligado a elegir, lo menos malo me parece la despenalización. De todas maneras, si bien el prohibicionismo es una política ineficaz, sigue dejando en claro que el Estado tiene una posición al respecto, desfavoreciendo el consumo al sostener que no es algo bueno ni a nivel personal ni social. Yo creo que el Estado no es una cosa impersonal que debe, solamente, garantizar los derechos básicos y dejar que cada uno haga lo que se le canta en el ámbito personal (atenti quienes piensan esto para fundamentar el consumo y después putean al liberalismo...). Sí pienso que el Estado tiene un rol educativo para la ciudadanía y lo que "aprueba o desaprueba", tiene una función pedagógica. Lo legal se afianza en la sociedad. De hecho, nota del otro día de uno de los diarios de la Corpo, desde el "caso Arriola" (fallo de la Suprema Corte que no penaliza el consumo), en la Ciudad los jóvenes aumentaron el consumo un 17%. El mensaje no puede ser nunca que se favorece el consumo, porque eso acerca a mucha gente a la droga. El otro presupuesto desde donde escribo es que la droga no es igual al alcohol o a las drogas de uso corriente para tratar enfermedades. Hay literatura para mostrar que la marihuana, por ejemplo, es menos dañina que un vaso de Cindor y literatura en la otra vereda que dice que te deja esquizofrénico. No sé dónde está la verdad, pero sí sé que forma parte del género amplio de las drogas, que es un canal de entrada hacia las demás porque practicamente nadie empieza consumiendo otra droga cuando se inicia en ese camino y que dejarla es más difícil que dejar los cigarrillos, porque el nivel de adicción que provoca es mayor. Para mí, eso es suficiente como para distinguirla. Abierto al debate. Aclaración: pongo el ejemplo de la marihuana porque la amplia aceptación social que tiene y por ser considerada la más "blanda" de todas. Los proyectos, en general, no distinguen, y cuando hablan de despenalización, la ley corre igual para el paco, la marihuana, la cocaína, etc. 

Habiendo aclarado los presupuestos desde donde escribo... Pensemos. En el fondo, todos los argumentos que escuché en el debate sobre las drogas, suponen una posición ética determinada que, voluntaria o involuntariamente, no blanquean. No hace falta ser un gran filósofo para poder señalar en qué paradigma se apoya cada postura, pero sí es importante que cada uno de nosotros piense desde dónde quiere pensar la realidad, en términos de "bueno y malo", de bondad o maldad moral. 

- En primer lugar, hay quienes dicen que al legalizar el consumo de droga y dejar de lado el prohibicionismo (que busca el utópico ideal de alcanzar una "sociedad sin drogas"), va a atentar contra los narcotraficantes y los grandes carteles y que, paralelamente, se le puede fijar altos impuestos al nuevo mercado, garantizando el tratamiento de los adictos. Esto en ética se llama consecuencialismo moral. En el fondo puedo decidir si algo es "bueno o malo", por las consecuencias que se desprenden de esa decisión. Legalizar es bueno porque va a haber menos mafias y narcotraficantes, que es algo malo. Es una variante más del famoso principio maquiavélico que sostiene que el fin puede hacer justos los medios, cualesquiera sean. Esta afirmación es parte de la ética utilitarista, que determina la bondad o maldad de algo, según la utilidad (o no) que tengan sus consecuencias. 

- "El consumo es personal y no le jode la vida a nadie. Todo ciudadano puede hacer lo que quiera con su vida". Mmmm, sí, pero hasta ahí. No creo que exista una sola acción que no sea social. Ni una. Hasta el acto más enroscado en la propia subjetividad, como la masturbación, te remite siempre, al menos a nivel de pensamiento, a un otro (o "a una otra", al menos). El consumo no es "personal" porque va a causar mayor gasto público, por ejemplo, al atender las enfermedades y males asociados a cada droga en particular. Y más plata en salud, quiere decir menos plata en... Lamentablemente es un trade off porque los recursos del Estado son limitados. ¿Un vicio personal para justificar menos plata en Educación? Quiero ver quién pelea esa batalla. La ética de fondo es la individualista, la que sostiene que los actos son de y para el individuo que actúa, nada más. Si este fuera el principio, nadie podría obligar a los motoqueros a usar casco, por ejemplo, y entre otros muchos más.

- "Hay que despenalizar porque no hay que criminalizar al adicto, que es un enfermo". Es un argumento muy fuerte, con el cual estoy en cierta medida de acuerdo. Pero aclaremos, despenalizar no es dejar de sancionar. Es dejar de sancionar penalmente, nada más. No quiere decir que el adicto no siga siendo una persona enferma, que necesita ayuda, necesita Estado, necesita salud, presencia, atención, tratamiento, seguimiento: básicamente, necesita guita de todos para superar su adicción. Por sobre todo, banquémonos decir que consideramos al drogadependiente una persona enferma. Sino es una canto a la hipocresía. Separo "consumo social" de adicción. Pero aclaro que me parecen muy border. Conozco varios casos de personas que saben mantenerse equilibrados en la cornisa, pero el principio prudencial se descascara bastante en muchas otras oportunidades. Cada uno sabrá dónde está parado. Una pregunta, esta vez práctica a la vez que ética, que vale la pena hacerse, es si el Estado tiene hoy los recursos suficientes para recibir a las personas con problemas de consumo. Si la respuesta es negativa, tenemos al progresismo gobernando para Palermo... Quizás haya sido por eso que a Vicky Donda le fue muy bien con la clase media y media alta, cuando veddetizó la campaña y llenó la Ciudad de afiches de su foto y un cartel que dice que se quiere portar mal (y después nos quejamos de la instrumentalización de la sexualidad y de mujer, ¡empecemos por casa chicas!). Si se descriminaliza el consumo pero no se le dan al adictos otras posibilidades para que se recupere, se lo está condenando. ¿Esto es progresismo? Ah la pipetuá... Y el muerto lo terminan agarrando, para variar, las organizaciones sociales y, principalmente, la Iglesia. Aunque a más de uno le moleste, es así. 


Cartel para promocionar la candidatura de la legisladora Victoria Donda, en 2011. 
- Para terminar, me parece que falta una propuesta que surja de una ética más personalista. Una que tenga en cuenta que todos los actos del hombre están cargados de un sentido ético profundo, que lo acercan al o lo alejan del perfeccionamiento de sus potencialidades y capacidades. Quizás si lo viéramos así, la droga, lejos de parecer un elemento inofensivo, sería un obstáculo para el desarrollo más pleno de una persona. Qué se yo, por lo menos así lo veo yo.

Dejo "n" temas sin tratar porque me parece un tema muy interesante y del que todos tendrán algo para decir. 

martes, 21 de febrero de 2012

Decime Google

"El que avisa, no traiciona". Estoy pesadamente filosófico. Bienvenidos a la mente de un filósofo.

Soy de la primera camada que egresó del secundario con esa modalidad que a los argentinos nos duró unos años, importada de España (donde también había fracasado), a la que le pusimos Polimodal.

Para el Polimodal, ya a los quince años podías elegir una especificación general sobre la cual quisieras enfocar los últimos tres años del secundario. En el colegio había tres posibilidades de especificación: en ciencias económicas, en ciencias exactas o en ciencias humanas.

Quizás sea un accidente estadístico, quizás no. Pero repasando las caras de la foto de todos los compañeros con quienes compartí los últimos tres años de Polimodal, veo la diversidad, enorme, de elecciones de vida/profesiones/caminos/viajes/etc. de todos los que elegimos estar "en C", en Humanas.

Y muchos caminos quiere decir muchas búsquedas. Parece que todos estábamos buscando algo. Evidentemente, buscando algo distinto: un camino particular. Respondiendo a una vocación específica, única, personal. Después de todo "vocación" viene de vocare, que en latín significa llamado. Y los llamados pueden ser colectivos o particulares, pero es siempre uno el que decide responder o no a eso, personalmente, desde sí mismo. Pero, más allá de la diversidad y de las diferencias, desde profesionales hasta axiológicas, ¿buscamos realmente cosas distintas? ¿qué estamos buscando?

Creo que la única forma de "ser en el mundo", es la de buscar. Incansablemente, respondiendo a ese deseo interior por saber, por vivir, por ser. (Yo avisé que estaba muy filosófico...). Que no quiere decir que considere que hay cosas que son de una determinada manera y no de otra. Simplemente, describo un estado interior frente al mundo. El mundo no me alcanza.

Personalmente, nada me satisfizo de manera definitiva, nunca. Incluso aquellas verdades que considero inamovibles. Necesito más. No me colman, no me aquietan, no me alcanzan. Vale preguntarme, a mí mismo, entonces, ¿sos feliz? Y sobre todo, ¿qué es la felicidad? Quizás tenga que ver con la quietud del alma y con estar en paz. Contemplando, extasiado, lo perfecto. Estar quieto es no buscar, es estar bien en dónde estás. Entonces, aunque suene horrible, yo no soy feliz, no del todo. No absolutamente. Y creo que nunca lo voy a ser. Voy a un clásico, a un cráneo enorme, Aristóteles en la Ética, que escribió para su hijo: "la felicidad es ciertamente una cosa definitiva, perfecta y que se basta a sí misma, puesto que es el fin de todos los actos posibles del hombre". Me hago cargo, no siento esto. "Dirijo mi vida hacia", que no es lo mismo que "estar". Que no quiere decir que no esté contento, razonablemente satisfecho, muchas veces tranquilo. Es otra cosa que está picando ahí, más adentro.

Me vuelven esos recuerdos del Camino de Santiago, del peregrinar, del sentirme la imagen viva de una vida que camina, que busca, que no encuentra por más que avanza, que sigue, que sufre, que se alegra, que celebra, que llora, que extraña, que pierde compañeros, que encuentra nuevos, que se cuestiona todo, varias veces.

Y alguno quizás, ya escandalizado, se pregunte por Dios. San Agustín, otro gigante, lo decía así: "Nos has hecho Señor, para Tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí". Pero mi conocimiento de Dios y mi encuentro personal con Él también están atados a mi propia finitud, a la limitación de mi capacidad cognitiva y afectiva. Lo conozco y quiero desde mi humanidad, falible, chiquita e incapaz de conocer lo inasible. En otras palabras, por eso soy tan religioso, porque mi búsqueda nunca se agota, necesito más. Tal como si quisiera escudriñar cada rincón de un galpón enorme con la sola luz de un fósforo. El misterio es demasiado grande como para que pueda entenderlo, jamás. Y como esa visión que me da el fósforo, particular y concreta, no me alcanza, sigo buscando esa quietud, esa paz, eso que decidí llamar felicidad. Por lo que dice San Agustín, quizás no lo encuentre de este lado y tenga que esperar, porque el encuentro verdadero se da después del gran salto. Definitivamente, habrá que esperar. Y seguir. Buscando. Siempre.

Lo bueno, me parece, es que no estoy solo. A Bono le pasa lo mismo. Chupate esa mandarina. Aunque creo que somos muchos, muchos más que dos...



domingo, 23 de octubre de 2011

La mirada de los otros

Hace mucho que no escribía. Es que para escribir, dicen los que saben, hacen falta dos cosas: inspiración y tiempo. Lamentablemente, durante las últimas semanas, cuando anduve inspirado estaba apurado, y cuando tuve tiempo se lo regalé a menesteres menos elevados y más cercanos a necesidades primarias, como dormir y comer. Pero hay veces en las que una experiencia desborda creatividad y entusiasmo; cuando la vida no se da el lujo de quedarse callada, ante nada. No te pregunta, te exige escribir. Te lo ordena. Ante eso, me descubro esclavo, obediente y leal, atento a cumplir responsablemente con las indicaciones interiores del vital y malcriado tirano que me exige que empiece. Acá estamos.

Quiero contar algo. Algo que me pasó y sobre lo cual pensé. Hace un par de semanas quise hacer una prueba. Un poco extraña quizás, pero de esas cosas que de vez en cuando vale la pena hacer para aprender a mirar como miran otros. Una de esas pruebas que a veces hago para pensar, para sentir empatía, para entender. Eran las 19.30 de un jueves, estaba en la puerta del Ministerio. Caminé unos metros, me senté en la calle y me saqué los zapatos. "No puedo caminar con medias, las voy a agujerear todas". Me las saqué también. Ahí estaba, sobre Paseo Colón, elegantemente vestido y... descalzo.

Trabajo en un edificio que queda sobre la Avenida Paseo Colón al 200. Desde la puerta del trabajo hasta la estación "Catedral", cabecera de la línea D del subte (en el resto del mundo le dicen "Metro"), hay, aproximadamente, entre 550 y 600 pasos (suena raro, sí, pero alguna vez los conté). Todo gran camino empieza por el primer paso, así que empecé a caminar. (Re-descubrí una verdad olvidada: no hace falta irse muy lejos para poder tener experiencias inquisidoras y renovadoras que, simultáneamente, te golpean y plantan frente al asombro y la duda. Y aparece ella, ¡qué linda es! La Filosofía... Como a una novia, la miro, sonrío admirado, casi que se me pianta un lagrimón mientras me digo para adentro: "cómo te quiero, hija de puta". Es que sí, es lindísima y además tenemos unas charlas geniales. Pero bueno, en fin, volvamos a Paseo Colón).

El piso estaba muy sucio. Muy. Es que sobre esas veredas pasan muchísimas personas todos los días. Gente con una y mil historias, viejos, jóvenes, pobres y ricos. No hay distinción ni discriminación. Paseo Colón es una calle inclusiva: podés ver o encontrarte con cualquiera. A las siete de la tarde ya no había tanta gente, aunque el caudal sigue siendo importante. Muchas personas hacen colas esperando a los colectivos que los devuelvan para sus casas, en el Sur de la Ciudad o en el Gran Buenos Aires. Hay puestos de diarios, vendedores ambulantes, políticos, docentes, cartoneros, bancarios, estudiantes, empleados de oficina, todos mezclados, además, claro, de los animales (principalmente perros y palomas, aunque alguna rata he visto). Empiezo caminando con cautela, con miedo. Cortarse un pie por caminar descalzo, volviendo del trabajo, podría catalogarse como la manera más boluda de lastimarse del año. El suelo no está tan frío como yo pensaba. Mientras siento como se pegan algunas partículas de polvo a mis plantas, empiezo a sentir, mucho más densamente, la mirada de los otros. La gente me mira. No como se mira a una personalidad famosa, no como se mira a un viejo conocido, ni como se mira a alguna chica linda por la calle. Es otra mirada. No es admiración, ni siquiera empatía. Tampoco es miedo. Los entiendo, si yo viera a un pibe desclazo por pleno centro pensaría que es un loco o un estúpido (mi nivel de tolerancia los días de semana es un poco más bajo que cuando duermo mejor). Sigo caminando, sigo descalzo. Cruzo Alsina y ya voy 50 metros de aventura. Mis plantas se ennegrecen rapidísimo. Es impresionante que no nos saquemos los zapatos al entrar a nuestras casas, después de pisar esa mierda todo el día. Simplemente, no lo puedo entender. Me arremango un poco los pantalones para no pisarlos y me siento cada vez más ridículo y fuera de lugar. "¿Qué estás haciendo?" me pregunto.

Casi llego a la Casa Rosada cuando me acuerdo de Sartre y esa definición que da en "A puerta cerrada": "El infierno es el Otro (o "son los otros", según la traducción y el sentido que se le quiera dar)". El infierno son los otros. No lo entiendo, lo siento. Los otros, que deberían estar para salvarme, para ayudarme, para incluirme. Si estuviera sólo, podría caminar mis 600 pasos en paz. Tranquilo. Sin sentirme juzgado. Sin que nadie me mire. Si fueran las tres de la mañana o si un extraño virus los convirtiera a todos en zombies, como en esas películas del norte, estaría total y absolutamente sólo y no me sentiría así. Caminando descalzo, por Plaza de Mayo, entendí un poquito de lo más triste del existencialismo francés: hay veces en las que los demás pueden ser el infierno para algunos.

¿Para quiénes? Para los diferentes. De repente fui ciego, de repente fui lisiado, deforme, paralítico, feo, torpe, raro, discapacitado, viejo, rengo, loco, histérico, bipolar, con TGD, demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado algo. Diferente. Entendí esa mirada y me reconocí. Me reflejé y me vi cuando miro a ese señor de maestranza del Ministerio que tiene una deformidad facial. Me vi a mí mismo en esas miradas. Me reflejé cuando prejuzgo a esa gorda o cuando miro de más a ese tipo, que quizás tuvo un ataque de presión o un ACV y cuya cara quedo parcialmente paralizada. No lo hago con mala intención, miro. Pero ahora entiendo cuánto duele mi mirada. Sigo caminando. La Plaza de Mayo se me hace más larga que el Camino de Santiago. Me siento tentado y me digo: "bueno, muy interesante, para pensar, ahora nos sentamos (a veces me hablo en plural; psicólogos, Uds. dirán), zapatos de nuevo y a casa". Pero no. Hasta Catedral. Dale.

Cruzo toda la Plaza. Sigue estando escindida por un vallado sin sentido. Le doy la vuelta y camino, a paso lento. Incómodo porque me pinché con algo y porque me sigo sintiendo observado. Al llegar al semáforo espero que cambie la luz. Una chica me miraba los pies, me autojustifiqué, mintiendo: "es que se me rompió un zapato". Sonrió y murmuró algo así como "qué garrón". Ahí entendí la segunda lección importante. Cuando ella sintió que podía ser como yo, que sus zapatos no son irrompibles y que quizás, algún día, ella misma esté cruzando Bolivar hacia la estación Catedral, descalza, sonrió. Entendió. Mi relato tenía sentido. Ya no era tan lejano. Yo puedo ser vos y vos podes ser yo. Empatía.

Volví a los ciegos, a los lisiados, discapacitados y distintos, al tipo con la deformidad facial y a mi mirada. Volví y entendí. Yo puedo ser ellos aunque muchos de ellos no puedan ser yo. Sentí una profunda empatía. Yo soy ellos y ellos son yo. No somos diferentes. El Verbo se hizo carne. El discurso políticamente correcto que siempre sostengo sobre inclusión, se hizo carne. Se hizo inolvidable. Se hizo necesidad. Se hizo mío, me hizo suyo.

Bajé las escaleras de la estación y me subí al vagón del subte. Me senté. Tenía los pies negros. Muy negros. Sonreí mientras me ponía las medias. La gente, obviamente y con toda razón, me miraba. Me puse los zapatos. En la segunda parada, estación "Tribunales", me bajé. Era uno más. Me senté a esperar el próximo subte mientras lloraba. Era uno más. Cuando me volví a subir al vagón del siguiente subte, nadie me miró. Agarré mi teléfono, leí mis mails. Era uno más, sí, pero me sentía diferente.

Les recomiendo esta experiencia. Sinceramente, vale la pena. ¡Un abrazo!