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lunes, 21 de febrero de 2011

La foto del viaje

Mientras volábamos de vuelta, entre una siesta y un rato de lectura, íbamos mirando las más de dos mil fotos que habíamos sacado, recordando distintos momentos, comentándolas y debatiendo sobre cuál era, a juicio de cada uno, la mejor.

No nos pusimos de acuerdo sobre cuál era la mejor foto del viaje. Hay muchas que son lindas. Hay algunas donde los dos salimos, definitivamente, mejor que en la que yo elegí. Hay paisajes más impresionantes, personajes más exóticos, momentos más significativos. Pero la foto que mejor resume nuestras andanzas por la India, es la que comparto con ustedes.

No es fácil resumir un viaje en una foto... 

El temporizador de mi cámara tiene dos opciones: dos y diez segundos... Les voy a contar una historia de diez segundos. 

¿Diez segundos? Sí, porque en este viaje, un día vale una semana. Y cincuenta días son un año de experiencias y recuerdos.

Lugar: los ghats de Varanasi. Si hay una ciudad que, para mí, es un resumen de la India, es Varanasi. Y si hay un lugar de Varanasi que es un símbolo de la ciudad, estás en los ghats. Los ghats donde pasa todo y se resume la vida. Los ghats que te enfrentan y te obligan a replantearte las preguntas fundamentales. 

Momento: 30 de Enero, a más de un mes de haber llegado. Porque a la India hay que ir con tiempo (cincuenta días, nos quedaron cortísimos). Porque acostumbrarse a cambios sociales y culturales tan grandes toma unos días, un par de semanas quizás. Empezar a disfrutar las diferencias, nos tomó prácticamente un mes.

Puse el trípode ridículamente chico -de diez centímetros- que llevo a todos los viajes sobre una pared de un metro y le pedí a Guada que se parara donde me parecía mejor, como para calcular el tamaño de nuestras figuras delante de los ghats. Las mujeres estaban lavando los saris y los chicos nos miraban y sonreían. El día estaba clarísimo, eran las dos de la tarde y hacía algo de calor para ser invierno. 

Apreté el disparador y corrí al lado de Guada. Recorrí los tres metros que nos separaban en dos segundos. Tenía diez segundos, pero igual quería llegar rápido y abrazarla. 

Faltaban ocho. Tiempo suficiente para que uno de los chicos, movido por la curiosidad típica de la niñez (y curiosidad que es también una nota a destacar de todos los hindúes), se acercara a la cámara y mirara la imagen por la pantalla. ¿En qué lugar del mundo vimos alguna vez un niño al que algo le llame la atención y no lo toque? No podía ser la excepción. Viró el trípode, casi tirando la cámara, se asustó y nos miró, sonriendo.

Si bien nuestra atención estaba puesta en la cámara, a la distancia podíamos ver de reojo la columna de humo que se levantaba desde el ghat de las cremaciones más pequeño. Algunas vacas deambulaban por ahí y varios hombres jugaban a las cartas. 

Faltaban tres segundos para inmortalizar el momento. El temporizador nos avisaba que el momento se acercaba mediante el brillo incesante y regular de una lámpara naranja que se prendía y apagaba contando cada segundo. 

Su madre le empezó a gritar. El chico, asustado, saltó, volviendo a casi tirar la cámara. Nosotros, relajados, nos reíamos de la situación que, accidentalmente, habíamos causado. La hermana del niño, que estaba cinco metros atrás nuestro, se dio cuenta de la situación y empezó a correr, a las carcajadas, mientras gritaba algo incomprensible por doble motivo: por estar en hindi y porque, al ser tan chiquita, se le entendía incluso menos que al resto. Una pareja de turistas miraba la situación mientras se les dibujaba una sonrisa en la cara (nunca supe si por la situación en sí o por el tamaño insólito del trípode que insisto en llevar a todos los viajes).

La India siempre te sorprende. Para bien o para mal, pero siempre te descoloca y te obliga a replantear las situaciones y los problemas. La foto es un signo de eso, por eso está torcida, por la curiosidad y la inocencia de un niño que yo no había visto, que casi tira la cámara dos veces en ocho segundos. Y está torcida porque muchas veces las cosas más lindas y que más amamos, no son las que mejor nos salen ni las más perfectas. La India es reírse ante los imprevistos y aprender a disfrutarlos. Es parte del programa y de la situación.

La luz naranja sigue marcando el curso de lo inevitable. Un segundo.

Era un día increíble, estábamos disfrutando un imprevisto, no temíamos que la máquina se golpeara. Estábamos juntos en una foto, cosa no siempre fácil de lograr en un viaje de a dos... Sonreíamos con naturalidad, no con la sonrisa a veces forzada que ponemos en las fotos así salen más lindas. La India en la ciudad más simbólica. Con niños en el medio y atrás, también sonriendo. A las dos de la tarde, a un mes de haber llegado. Los ghats y todo lo que implican y evocan. Los colores por doquier, los aromas que casi podemos volver a sentir. Desde Buenos Aires miro por la ventana la luna llena, sonrío, una lágrima traicionera se me escapa por el lagrimal izquierdo. La intensidad de las vivencias se resumen no en palabras, sino en el poder de esta imagen. La vuelvo a mirar y la India vive en mi cuarto, se me metió en el corazón. Sin permiso, invasiva, pasional, única, dolorosa, viva, tan humana. Tan lejos y tan cerca...


Flash. 












viernes, 4 de febrero de 2011

Descansar como los dioses

Al principio de la Biblia, en el libro del Génesis, se narra como Dios creó el mundo. Dice que en el primer día Dios separó la luz de las tinieblas, así hubo una tarde y así sucedió ese primer día. Cada día Dios fue haciendo cosas de lo más agotadoras, desde los océanos hasta los continentes, las estrellas, los animales y hasta que el anteúltimo día culminó su obra con lo mejor: nosotros. Sin embargo, el Domingo (del latín dominus, señor: se traduce "el día del Señor"), Dios descansó... Después de todo, ese es su día, ¿no?

Lo que la Biblia no dice es que el sábado a la noche, Dios pensó: "Bueno, me toca descansar, mañana es mi día. Como buen Dios que soy, quiero descansar como descansan los dioses... ¡Ya se! ¿Qué pasa si mezclo la alegría brasilera con la paz de la India, la actitud shanti (tranquilidad) y relajada con un poco de Bob Marley (y, ¿por que no?, algo de Jack Johnson)? Tiene que ser un lugar con una linda playa, donde no haga frío en ninguna parte del año y la gente tampoco tenga tanto calor; para que pueda salir en remera, pantalón corto y ojotas a comer pescado fresco en bolichitos en la playa durante las noches. Tiene que haber la gente justa para que no sea desierto pero tampoco tanta para que sea demasiada... Al borde de la playa, entre palmeras llenas de cocos, va a haber cabañitas de madera donde las olas del mar se escuchan con fuerza e inviten al sueno profundo y prolongado. Después de todo, acabo de crear el universo, me merezco un descanso divino. Bueno, voy a dejar lo mejor para el final..." - seguía pensando el Señor. Y así, mientras empezaba a dormitar, mezclándose los deseos de tranquilidad y descanso con las primeras sensaciones gratificantes de su séptimo día, entre sueños y Su divina Voluntad, creo Palolem, en Goa, camino hacia el sur de la India.

Antes que nada, gracias Dios por este lugar, esta gente, esta actitud sosegada, relajada y tranquila que nos rodea en un lugar que fue pensado para el recreo. Gracias.

Y esta entrada podría haber llevado el siguiente titulo: Goa o sobre saber regalarse un lindo descanso.

La India, entre sus muchos invasores y dominadores, tuvo a los portugueses. Los mismos portugueses que anduvieron por tierras americanas, que de a ratos dominaron Venecia, algunas islas griegas, que zarparon hacia África. Esos mismos viejos navegantes llegaron a estas tierras buscando lo que buscaban todos en esas épocas: las especias. Y llegaron y colonizaron. Llegaron y enseñaron sus costumbres y creencias. Moldearon un tipo de arquitectura, enseñaron su idioma (que luego se transformó, mezclándose con las lenguas locales, en el goano) y encontraron un lugar (porque de tontos no tienen un pelo) increíblemente lindo, cálido, parecido a su Portugal natal, donde se asentaron hasta que los echaron.

Así, los sueños del Señor se hicieron reales. Se encontraron "el papa de Brasil" con MotherIndia y de su fértil unión, nació Goa. Queda en India y ahora estoy seguro que la alegría no es solo brasilera. O si lo es, la tranquilidad sonriente es goana. Al norte de la provincia más chica de este país tan grande, llegan turistas de Europa y Rusia, buscando los precios bajos y las fiestas electrónicas. Al sur, donde queda Palolem, la movida nocturna le dio lugar a la tranquilidad del día, a la vida sana y al deporte. Acá no hay grandes festivales ni boliches con luces estrambóticas. Hay un atardecer soberbio, naranja, sobre el mar. Hay kayaks, para ver el continente con cierta perspectiva y barcos que ofrecen tours para ver delfines. Las playas de Tailandia son, sin dudas, mejores. Pero en ninguna parte puede existir una mezcla tan adictivamente atractiva entre India y Occidente.

Claro, seguimos en la India. Hay vacas en la playa (ellas también se lo merecen, ¡son sagradas!), hindúes, musulmanes y cristianos (los portugueses trajeron, entre otras cosas, su fe), gente que vende cosas en la playa pero también los limpia orejas y otros tantos especimenes de la fauna local. Las contradicciones siguen siendo evidentes, aunque diferentes (¿Acaso hay mayor contrasentido que el hecho que se vendan remeras con la cara de dos personajes principalmente: Mahatma Gandhi y el Che Guevara? Uno, quien libero a mas de mil millones de personas de los británicos, sin tirar ni un solo tiro, predicando una acción totalmente efectiva de la no violencia, sin rencor y buscando, sobre todo, la paz. El otro, quien "libero" al pueblo cubano del mal gobierno de Batista, a los tiros y ejecutando a los "burócratas burgueses" que no hubieran caído con la revolución. ¿Hace falta alguna aclaración ulterior? En fin).

Un lugar lleno de barcitos con happy hours y música tranquila, pequeños morritos llenos de vegetación (hasta en eso se parece a Brasil), una playa amplia donde, por las tardes, el mar se retira y deja mucha arena mojada, especial para jugar al futbol, al volley, a la paleta y al tejo. Claro, como si fuera un paraíso, incluso hay una librería en la playa. Palolem no podía dejar a nadie insatisfecho...

Asíque acá estamos. La rutina es tranquila y el ritmo muy lento. Entre chapuzón y caipiroshka, entre caminata, foto y alguna compra de ropa, se nos escapa el tiempo como la arena que intento a veces agarrar con la mano que me queda libre cuando leo un libro nuevo y bueno y disfruto del sol.

Y sí, el silencio invita a la meditación y el ambiente inspira. Contemplación, relajación, introspección. Compartir, charlar, reír y brindar. Básicamente, eso se resume en una palabra: Palolem, en Goa. 

Revisión de un itinerario de autoconocimiento


Nos movemos de ciudad y otra vez esta burocracia....  Acá en la India, cada vez que haces el check in en el hotel, (sea barato o caro, da igual) hay que llenar un formulario muy extenso. Nombre, número de pasaporte, nacionalidad, dirección en el país de residencia, profesión, tipo y número de visa, lugar de emisión de la visa, día de arribo a la India, de qué ciudad viene, a qué ciudad va, entre otros tantos requerimientos.

Básicamente, quieren saber quien soy. 

Pobres, si supieran... Ni que fuera tan fácil responder a esa pregunta. En realidad, es algo que a veces ni yo mismo sé.

Hay algunas preguntas que son fundamentales. No quiere decir que todos, necesariamente, tengamos que hacérnoslas de forma directa, abierta y evidente. Pero de una u otra manera, conviven en nuestro interior ciertos esbozos, intentos de respuesta, auto-diálogos inconclusos, borradores provisionales que nos dejan "responder" a esos interrogantes que alguien (¿será acaso alguna huella de nuestro Creador?) nos imprimió en la conciencia y en el corazón. Por eso, de manera transcultural, nos hicimos siempre las mismas preguntas y nos peleamos siempre por las diferentes respuestas (no siempre tan diferentes...)

Ya hablamos de la muerte el otro día, así que encaremos el asunto por otro lado. La pregunta es: "¿quién soy?"

Y lo primero en lo que pienso es:
Santiago.
Docente.
¿Filósofo? (qué agrandado... Dejémoslo entre paréntesis mejor)
Hijo, hermano, amigo, novio.
Nacido un "día del animal", allá por los 80's.
Hice tal cosa, estudie tal otra, en tal y tal lugar, conozco a tal y cual, jugué a esto y lo otro con aquél y ése (y podemos seguir poniendo un montón de pronombres relativos, posesivos, etc. en muchos otros lugares).

Listo, fin de la entrada. Respuesta respondida. A otra cosa.

Pero no. Me siento insatisfecho. Va más allá. Vuelve la pregunta, que me hace temblar, que susurra cuando me escucho decir algo que me sorprende incluso a mí mismo; que reaparece cuando de pronto me miro en el espejo y me quedo contemplando a ese (no de manera narcisista sino porque lo estoy re-conociendo); que se hace pregunta franca y directa en el silencio contemplativo que escapadas como este viaje te permiten.

"¿Quién soy?" Y en otros momentos, quizás mas pasionales: "¿quién carajo soy?"

Y ya no puedo simplemente responder rellenado los espacios vacíos del formulario de la vida: ocupación, estado civil, edad y otras yerbas. No. Claro que tiene mucho que ver con eso. Pero esta lejos de agotar las posibilidades de respuesta. Porque no se trata de responder a un "qué", sino a un "quién". ¿Quién sos?

La famosa máxima de oráculo de Delfos era "Conócete a ti mismo"... Después Píndaro, el poeta, profundizando la cuestión, sugiere: "y sé lo que eres". (Hace tiempo que vengo pensando que es un gran tatuaje, para la espalda, sobre los omóplatos, para hacerle honor al mundo griego y en ese lugar para recordar siempre a Platón, discípulo de Sócrates, amigo y maestro de Aristóteles, apodado Platón, que significa: "el de los hombros grandes". En griego quizás, así queda más exótico, "gnoske seauton". Pero bueno, en fin, esa es otra cuestión. Volvamos...).

"Conócete a ti mismo".

Gracias oráculo. El consejo está muy bien, pero se te olvido decirnos cómo. Bueno, no se olvido, en realidad, cada cual tiene su camino, su manera y su destino. No hay una receta que, exclusivamente, lleve al autoconocimiento. Cada uno es un territorio virgen donde los mapas ajenos confunden y nos pierden más que orientarnos. Podemos preguntar cómo los otros han esbozado sus mapas, mas no podemos copiar las direcciones de los demás, porque los terminaremos conociendo a ellos y no a nosotros.

Comparto, en este espacio y con la facilidad que la distancia a veces brinda para este tipo de expresiones, mi propio itinerario.

¿Quién soy?

Primer paso. Empieza un dialogo interior. Y así, me empiezo a conocer. No puedo verbalizar la respuesta de manera completa, porque (por suerte) el misterio de mi ser excede la capacidad discursiva de todo lenguaje. Lo intuyo. Intuyo una respuesta pero en el momento en que quiero reducir esa intuición a palabras, se pierde lo más sustancial. Es la diferencia entre contemplación y raciocinio. Contemplo lo que soy, no lo puedo simplemente pensar y me cuesta muchísimo poder expresarlo de manera clara y distinta. El problema de pensarlo es que lo quiero responder mecánicamente, por partes: lo desgloso, lo analizo, lo entiendo y lo junto. Es demasiado racionalista. Quizás Descartes se haya conocido a si mismo así. Ni siquiera, él mismo descubrió que como pensaba, existía (y si eso no es una intuición, acaso ¿qué es?). Si lo "pienso", no puedo salir del marco de lo que hago e hice. Entonces no soy mas que "esto", hago esto otro, estoy con alguien que hace tal otra cosa, creo esto, nací de tal y tal y pienso esto. Y si bien eso es cierto, siento que soy un poco más también. (Un dato: cuando Moisés le pregunta a Dios, a la zarza que arde, "¿quién sos?", Dios respondió: Soy el que Soy. No dijo, "soy el Creador, tu Dios, el Todopoderoso, El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo". No lo "pensó", intuyo una respuesta y se reconoció siendo. Algo parecido, en momento de contemplación, nos pasa a nosotros cuando intuimos nuestra propia existencia. No somos "esto", simplemente somos).

Segundo paso. Dicho esto, dejemos la contemplación filosófica por un momento de lado y, ahora sí, hagamos justicia con Descartes: esta existencia que intuí, esta históricamente situada, en un aquí y ahora concretos, que dicho en español es "yo no seria el que soy si en vez de haber sido el primogénito de Marcela y Gustavo hubiese sido el séptimo hijo varón de Kamal y Florencia, una pareja formada por un indio y una mexicana". Conocerme a mi mismo es también hacerme cargo del universo cultural y social, familiar y personal, educativo y religioso del que provengo y en el que soy y vivo. Y esto también me identifica y me habla sobre mí mismo. Yo no seria el que soy si no hubiera tenido los padres y hermanos que tuve, si no hubiera tenido los amigos que tengo y no hubiera hecho un montón de cosas que hice. Casi sin darnos cuenta, damos el tercer paso. Así, la pregunta por la identidad me remite a mi historia y a mi pasado. Y esto no siempre es fácil ni lindo. Revisar "objetivamente" la propia historia, es imposible. La memoria en engañosa (en esto sí coincido con Descartes, los sentidos, también los internos, son tramposos) e incluso mi voluntad me invita a no querer recordar ciertas cosas. Porque duelen, sí. Pero también son lo que soy. Y si bien es doloroso, revisar la propia historia, especialmente en contacto con un "otro”, vale la pena, porque me revela a mi mismo. [En el ámbito de lo personal, ahí entro mi trabajo espiritual con los franciscanos. Ahí la figura del Hermano Walter, quien simplemente escuchó e interrogó. El trabajo lo hicimos ambos, pero lo hice mas yo, quien socraticamente tuve que dar a luz (experiencia siempre penosa aunque gratificante al final), la vida nueva de mi reconciliación. (Otra vez se nota la relación entre muerte y vida nueva...). Reconciliación que, en el marco religioso, me religo a mi Creador, el mismo que me había puesto esas semillas de dudas sobre mi propia identidad y a quien terminé encontrando al final del camino. La Alfa y la Omega después de todo, ¿no?]. El otro es importante, porque acompaña incondicionalmente, escucha, ayuda a desdramatizar. La palabra cura. Cura el alma y las lágrimas la limpian. Para saber quién soy, tengo que hacer este trabajo, por mas que sea arduo, que es el de revisar la propia historia y perdonar a quienes me lastimaron (principalmente, perdonarme). Ojo, que es un trabajo que necesita revisiones, que tiene recaídas, que es siempre un camino humano y, por tanto, naturalmente falible. No es que una vez realizado el itinerario de la revisión de la historia, las cosas se superan y ya está. Error. Son huellas que acompañan para siempre, que marcaron y están, de alguna manera, presentes en este que soy. Por eso, al reconocerlas, me estoy conociendo. Al tenerlas presente, me entiendo mejor y me respeto mas. Al tener en cuenta esa historia, entiendo porqué me afectan más algunas cosas que otras. Simplemente al conocerlas, me conozco.

"Conócete a ti mismo". En mi caso, un conocerse que consistió en, primero, revisar la historia y reconciliarme (camino siempre abierto y nunca terminado) conmigo mismo y con quienes quiero. Segundo, conocer los datos que me sitúan históricamente (ahí si tiene vigencia y valor el CV, lo que hice, con quién, dónde, cuándo, etc.). Por último, intuir mi propia existencia de forma contemplativa, en un marco de silencio, introspección y tranquilidad.

"Sé lo que eres". La historia te lleva al pasado; la intuición de la existencia, al presente. El imperativo de Píndaro, al futuro. Y lo que dijo el poeta tiene su sentido... Si me conozco, sé qué es lo que me llena de sentido. Las cosas tienen que tener un sentido "para mí" (para los psicólogos: me parece, por esto, que antes de la logoterapia, hace falta autoconocimiento). Y para eso, tengo que conocerme. Al saber quién soy, sé muy bien qué es lo que quiero y qué es lo que no. Al descubrirme, respeto mis anhelos, mis sueños, mis proyectos. Vocación viene de una palabra latina, vocare, que se traduce por llamado. Al conocerme, sé cuál es mi llamado y respondo. Y al responder, me planto firme hacia el futuro y construyo un proyecto que me llene. Sino es como jugar a un teléfono descompuesto, intentado vanamente responder a un llamado al que nunca escuché (y así, ante la duda, estudio cualquier cosa que mi familia, la sociedad o cualquiera otro que pueda mandarme, espere de mí... porque simplemente no tengo la más remota idea de qué es lo que quiero hacer con mi vida ni que es lo qué la llena de sentido).

¿Respuesta final? No la tengo y menos mal que no la sé. Quiere decir que vamos por buen camino. Porque lo que llena de sentido es también el mismo camino y saberse bien encaminado. Me respeto y me siento bien. Tengo malos momentos, ¿quién no? pero me siento en paz. Señal de una buena decisión.

¿Quien sos Santi? Soy el que soy. Y si les parece poco, reclámenle al Todopoderoso, de quien copié la mejor respuesta que existe para esta pregunta.

No todos nos hacemos estas preguntas de manera abierta y evidente. Claro que no. Pero que no queden dudas, todos necesitamos estas respuestas. No la mía, sino la propia. La respuesta más simple, se hizo la más complicada. ¿Quien soy? Esa es la cuestión... 

domingo, 30 de enero de 2011

Varanasi o sobre la muerte


La filosofía busca encontrar ciertas claves que nos ayuden a vivir bien, tanto individual como comunitaria o socialmente. Es una ciencia del buen vivir, que por eso se plantea valientemente un tema universal, necesario y tan humano como puede ser humana alguna cosa: la muerte. Muchísimos filósofos de diferentes culturas, naciones y épocas se preguntaron por la muerte. De eso quiero hablar hoy. De Varanasi y de la vida y la muerte.
La filosofía busca encontrar ciertas claves que nos ayuden a vivir bien, tanto individual como comunitaria o socialmente. Es una ciencia del buen vivir, que por eso se plantea valientemente un tema universal, necesario y tan humano como puede ser humana alguna cosa: la muerte. Muchísimos filósofos de diferentes culturas, naciones y épocas se preguntaron por la muerte. De eso quiero hablar hoy. De Varanasi y de la vida y la muerte.

Si la India nos pego un sopapo que despertó sentimientos, dudas, ideas, reflexiones... Varanasi fue un knock out en el primer round.

Es una ciudad que no avisa. Golpea y después pregunta.

¿Te dolió la India?
¿Te hizo pensar?
¿Te desestructuró?
¿Te escandalizo?
¿Te sorprendió?
¿Te dio miedo?
¿Te asombró?
¿Te rompió la cabeza?

¡Ja! Bienvenido a Varanasi, welcome to the jungle... La ciudad de la vida y de la muerte y de todo lo que pasa en el medio. Un resumen de la India. O sea, un compendio de la vida, del amor, del dolor, de la crisis y del pensar. La amás o la odiás, no hay punto medio porque a los tibios los vomita de su boca, muy lejos.

Esta entrada no es apta para impresionables, lo mismo que este lugar. Las cosas que narro fueron las que vimos y vivimos, nadie nos las contó. Algunas pueden ser fuertes, otras desagradables, otras tristes. Hablar de la muerte tampoco es fácil. Siéntanse advertidos. Y si quieren, sigan acompañándonos. 

Llegamos a la tarde y por eso no llegamos a ver los ghats que dan hacia el Ganges, solo la ciudad. Caos total. Así como uno se imagina una ciudad de la India sin saber nada de la India. Nos miramos y dijimos: "otra vez este sentimiento... ¿Dónde estamos? ¿En qué nos metimos? ¿Quién nos mandó a meternos en esta ciudad?"

Varanasi es la ciudad de la actualidad que hace más tiempo esta habitada. Tiene una importancia fundamental para los hindúes, quienes creen que todo aquel que muera en la ciudad (o hasta a 50 kilómetros a la redonda) queda liberado del ciclo de las reencarnaciones. Es una ciudad santa, que fue habitada por Shiva.

A la mañana del segundo día salimos y caminamos por los ghats. Es una experiencia única, que probablemente quede grabada en el corazón por mucho tiempo. Hay muchos ghats, que son escalinatas que dan hacia el río. Cada ghat tiene una historia particular. Algunos fueron hechos por monarcas, otros por invasores, otros por hombres ricos. Y en cada ghat la gente hace una u otras cosas. En algunos se bañan, en otros lavan la ropa, en otros se agrupan muchos barquitos, dispuestos a llevar a los turistas a dar un paseo por el río. Mucha gente hace yoga y mucha otra deambula por ahí. En un par de ghats, los hindúes creman a sus muertos.

Todo sucede en el mismo río. Un ghat esta pegado al otro. Sí, pegado. A diez metros de donde una familia despide los restos de quien falleció, mientras las maderas y su cuerpo arden, los chicos juegan al cricket, corren y ríen, las madres lavan la ropa y los hombres se bañan, se lavan los dientes y juegan juegos de mesa. En el paisaje urbano aparecen turistas, vacas (obvio), perros un poco agresivos, monos, sadhus [hombres hindúes, vestidos como Shiva, el dios de la destrucción y uno de los tres dioses principales de la "Trinidad" (¡que blasfemia! Perdón...) hindú], vendedores, parejas casándose (mas en este mes que es especialmente bueno para el matrimonio según la astrología india), hombres de los más diversos oficios: barqueros, peluqueros, masajistas, fotógrafos y unos muy particulares, que con un instrumento metálico, con la forma de un lápiz, te limpian las orejas y te sacan los tapones de cera. Todo junto. La vida y la muerte en un sólo lugar. Por eso Varanasi no te deja indiferente. Por eso te despierta y te recuerda que estás al otro lado del mundo, casi en la China.

Es muy auspicioso ser cremado en el Ganges y especialmente en Varanasi, en el ghat principal. El río es sagrado, la ciudad te trae la moksha (en hindi, literalmente, liberación) y en el ghat principal está el fuego eterno, prendido ininterrumpidamente hace miles de anos. Pero no todos pueden ser cremados. Como la lepra se considera un mal karma, los leprosos van al río enteros y sin cremación previa, lo mismo que las embarazadas, aquellos que son mordidos por una cobra (cobra que esta en el cuello de Shiva en muchas de sus representaciones: si Shiva mismo te llama mediante una serpiente, la cremación no es necesaria), los sadhus (que no necesitan ser cremados por la santidad con la que vivieron), los niños y aquellos que sufriendo un accidente fueron mutilados o cuyos cuerpos no están "enteros".

Como decía, caminamos por los ghats. Mientras esquivábamos la piedra con la que los chicos jugaban al cricket y al gudu danda (un juego típico de las calles de Varanasi) y mirábamos como los saris se secaban al sol, nos topamos con la muerte, ahí, cara a cara. Sin aviso previo, sorpresiva, dolorosa. Pero bueno, la muerte, incluso la anunciada, es siempre así, ¿no? Estaban cremando un par de cuerpos. Al costado de una de las piras, la familia acompaña, en silencio, abrazada. No vimos gente desolada ni llorando. Están tranquilos. Contemplamos, en silencio, respetuosamente. A nuestro alrededor el mundo sigue girando, inmune al hechizo que nos hipnotiza. Guada me pregunta: "Santi, eso que esta en el río, ¿es un cuerpo?" Yo, que no me destaco por mi vista, me acerco, parece un cuerpo, envuelto en sabanas blancas. Era el cuerpo de un hombre que no podía ser cremado. Vimos como le ataban una piedra al cuello y lo llevaban con un barco. A los pocos minutos el cuerpo se hundía a quince metros de la orilla.

Nos miramos. "Suficiente por hoy, ¿no? ¿Vamos?" - le digo a la flaca, que contempla el río tranquila, ensimismada, silenciosa. "Dale".



Silencio.



A veces las palabras sobran. Hace falta silencio.



Giramos y, como quien cambia de canal, volvimos a esquivar piedras y pelotas, a ver mendigos, sadhus, encantadores de serpientes, masajistas, peluqueros, barqueros, limpia orejas, mujeres lavando saris, hombres en calzones y enjabonados, entrando y saliendo del río, turistas, animales, puestos de venta de comida, de collares y las tantas otras cosas que conviven en los ghats de Varanasi.


Tercer día. Queríamos conocer la ciudad vieja y el ghat principal. Caminamos, de nuevo por los ghats, el kilómetro y medio que separa el assi ghat (donde nosotros estábamos) del Ghat principal. Sin quererlo ni buscarlo nos encontramos con otra escena dantesca, morbosa, shockeante: en el río flota un cuerpo que, suponemos, se debe haber desatado de la piedra que lo escondía en el fondo. Los cuervos, fieles a su naturaleza carroñera, se posan sobre el torso cubierto por una sabana y luchan por lo propio, mientras el cadáver deriva errante y sin rumbo según el capricho de la corriente.

Fue fuerte... Pero nos sentimos parte del todo, que sigue caminando y girando alrededor de este mundo loco. Seguimos caminando, visitamos la ciudad vieja y comemos lassi (un yogurt como licuado y con frutas). La vida continúa. Pasamos por el ghat crematorio principal, charlamos con otros tantos turistas, impresionados, pensativos. Compartimos sentimientos e impresiones.


La familia acompaña la cremación durante aproximadamente tres horas, momento en el que la explosión del cráneo del cadáver marca la liberación del alma del difunto. En ese momento el ser querido alcanza la libertad más absoluta. Mientras charlamos, sentados en los ghats, escuchamos estruendos y aplausos. La familia celebra la liberación con alegría.


Son tantas las ideas que se pelean en la mente y en el corazón. Tantas las experiencias que evocamos y los recuerdos de la propia historia personal. En un caos interior los sentimientos se mezclan con la racionalidad y las ideas se entristecen y se alegran. Lo que mas hace pensar es la cercanía entre la vida y la muerte. Están pegadas... Con solo girar la cabeza podemos ver una u otra.

Nosotros no solemos hablar de la muerte. Es un tema tabú. "No hablemos de esas cosas". La muerte nos duele y nadie quiere sufrir, menos en nuestra sociedad, que es un poquito hedonista. Pero si en la vida hay algo que sí o sí vamos a hacer algún día, es dejar de ser esto que somos. Sí, nos vamos a morir. Hasta eriza la piel hacer una afirmación así. No me gusta. "Que mala entrada Santi, es un morbo. Borra y empezá de nuevo". Que tentación, ¿no?

La muerte rebela. No quiero hablar ni pensar en eso.

Pero aunque duela, aunque espante, aunque no quiera pensarlo, es cierto. No soy eterno (por lo menos no voy a vivir siempre como en la vida que estoy viviendo aquí y ahora, en este cuerpo encarnado, temporal y finito). No. Voy a dejar de ser esto que soy y voy a vivir en el recuerdo de quienes me amaron y en los hábitos que haya podido inculcar en los jóvenes que educo. Nada más.

Entonces todo se hace chico y los valores se reordenan. Entonces ya no me molestan tanto estas pavadas que usualmente me ponen de mal humor. Entonces, lo importante se hace importante y lo secundario, secundario. La muerte me obliga a resignificar mi escala axiológica. Y lo que es esencial se hace esencial. La muerte, así dolorosa como es, me sincera conmigo mismo. Y el tiempo se hace tan valioso... Soy un peregrino: estoy en camino, me muevo, avanzo, crezco y sigo. Pero todo camino tiene su fin. Y la muerte me recuerda eso, que es tan importante.

Yo creo que quien muere no muere. Tengo tanta certeza de eso que nunca lo puse en duda. El mundo y la vida serian tan cósmica y universalmente injustos si eso fuera de otra manera. Y con este tiempo contado que tengo en el mundo puedo hacer lo que quiera. Pero como creo que esta vida no corta todo mi ser, estoy seguro de que todo lo que haga, lo hago para la eternidad. Y así las cosas tienen otro gustito. Y esta seguridad, lejos de encadenarme, me libera de la manera más radical.

Esta cercanía entre la vida y la muerte me hizo pensar en muchas otras cosas. ¿Acaso hay algo más opuesto a la muerte que el matrimonio, que es el inicio de una vida nueva y que es la cuna de la vida? Y aquí, cremaciones y casamientos, ambos a la vista. Tan cerca... Cercanía que me hizo pensar especialmente en cuántas veces tenemos que -simbólicamente- morir en esta vida para poder vivir mejor. A cuantos hábitos, costumbres y relaciones tenemos que negar para poder tener más vida. Y de repente la vida y la muerte ya no son tan opuestas, porque así como a una planta podada la vida le florece mejor, así algo parecido nos pasa a nosotros, que al dejar morir ciertas cosas, permitimos que la vida nos fluya por dentro. Volvemos a vivir al dejar esa costumbre que nos ataba y nos esclavizaba. La vida implica, necesariamente, la muerte. Entonces, y de nuevo la filosofía, para poder vivir bien, hay que saber morir bien también. Y el dolor tiene otro sentido si lo entendemos así. Y cuando reviso mi historia personal, descubro que muchos grandes dolores se convirtieron en perlas, en piedras preciosas, en oro puro: en mayor claridad y sensibilidad, en mayor comprensión y menos prejuicio de los otros. La muerte se hizo vida nueva y más plena.

Soy una persona sensible y la muerte me duele mucho. Lloro y extraño a los que no están. No es egoísta y no creo que sea tan cultural tampoco. Me parece lo más natural del mundo. La muerte me enoja y me parece injusta, siempre adelantada y nunca necesaria. Por mí, seamos eternos como lo somos ahora. Que nadie tenga que sufrir el dolor de la perdida. Pero en un momento, menos pasional, me libero de esas ideas y de esos deseos y encuentro paz cuando pienso en el gozo eterno de los que se fueron. Hasta encuentro algún sentido en esa ausencia, que resignifica mi propia existencia y la hace más plena y auténtica. Y cuando lo vivo así, simplemente puedo agradecer a esa persona por haber sido y por haber sido conmigo. Qué heideggeriano se puso el asunto, ¿no? Creo que me da más miedo eso que la muerte misma...

Lo ultimo, no todo es cultural. El 7 de diciembre hubo un pequeñísimo atentado en uno de los ghats. La gente corrió. Tuvo miedo. Escapó de la pequeña bomba, que hirió a muchos y se cobró la vida de un par. Y corrió porque la naturaleza marca la diferencia y recuerda que no todo es una construcción de nuestras ideas y teorías. Corrieron porque instintivamente afirmaron que la vida vale y que la muerte asusta. Más allá de la cultura, que valiente y generosamente, de manera desinteresada y altruista, celebra de corazón la liberación del alma del que falleció, la gente huyó, despavorida, de la muerte. Es nuestra naturaleza. Huyamos, mientras podamos, disfrutando de la vida. Pero huyamos conscientes de que el juego tiene un fin y que la vida vale infinitamente. Cada existencia, única, imperfectamente perfecta, vale para siempre.

Gracias Varanasi, por recordarme, a tu manera brutal y sin disimulo, todas estas cosas. Gracias por hacerme sentir lo valiosa que es mi vida y que la muerte no es tan mala como a veces pienso. Gracias por recordarme que mi vida vale cada momento y que lo importante es lo que me hace crecer y no todo lo que me entretiene y me preocupa generalmente.

La ciudad me terminó pareciendo única. Hermosa, bella, especial, diferente. Difícil, triste, dura, oscura. De a ratos, la mejor. Otros momentos quise huir. Por eso Varanasi es la ciudad de la vida y no de la muerte. Es una ciudad que te cautiva y que te hiere, que te hace pensar, te golpea pero después te abraza. Como la vida misma, ¿no?

De nuevo, silencio. Seis días pariendo esta entrada y no puedo decir mucho más. Simplemente observar, en silencio, y agradecer con la vida entera el misterio que es andar por el mundo abriendo la cabeza y el corazón.



miércoles, 26 de enero de 2011

Sobre el Taj y el amor

Shah Jahan fue el quinto de los emperadores mongoles que gobernaron la India durante trescientos anos, por seis generaciones. El fuerte Rojo, en Delhi, fue construido (en parte) durante su reinado, al igual que la Jama Masjid, la mezquita mas grande de la India. Colaboro con la construcción del fuerte de Agra, pero se lo conoce, principalmente, porque le dedico a su mujer una de las construcciones más lindas del mundo: el Taj Mahal, que también queda en Agra.

Mumtaz era su segunda mujer, de la que se enamoró en un mercado y con la que tuvo catorce hijos. Ella murió por complicaciones que se derivaron del parto del último, en 1631.

El Emperador quedó desolado y empezó la construcción del Taj, que terminó veinte años mas tarde.

- "Vayamos a ver el Taj, es el monumento al amor" le dije a Guada. Y ella, claro, aceptó encantada.

Después de estar un par de días en Jaipur, llegamos a Agra. Estábamos un poco atentos, porque nos habían advertido que Agra no era una ciudad muy linda. No nos pareció muy diferente a otras que habíamos conocido y además nos quedamos en una zona muy tranquila, que se llamaba Taj Ganj area, donde podíamos caminar súper tranquilos y seguir disfrutando de este viaje. Nuestra idea era ver el Taj Mahal y el fuerte de Agra y al día siguiente partir hacia Delhi.

Nos levantamos temprano, descubrimos un lugar donde servían un desayuno muy completo a un precio impresionante y partimos a conocer el Taj con la panza llena (y el corazón contento).

Caminamos, con ansiedad, casi apurados, los últimos pasos desde la entrada hasta el primer lugar donde lo pudimos ver. Nos quedamos sin palabras, sin aliento. Es un edificio muy grande, mucho más grande del que nos imaginábamos. Es totalmente blanco, impoluto, parece celestial. Por supuesto, había millones de personas de todas partes del mundo que, venciendo las diferencias naturales entre culturas, compartían la misma cara de asombro y admiración. Ahí estábamos, el Taj frente a nosotros. Sin hacer un uso muy extenso de nuestra lengua, simplemente repetíamos: "Es lindísimo". Y lo es. Es realmente un edificio que refleja belleza.

Entre muchas personas, mientras intentábamos sacarnos algunas fotos, caminamos hasta adentro y miramos las tumbas del emperador y de su mujer. Curiosamente, la magnificencia exterior del edificio resulta en un interior mucho mas chico del que uno calcula al principio. Todo el edificio está hecho de mármol y leímos que llamaron a artistas de todas partes del mundo para decorarlo.

Ubicado cerca del río, en un espacio abierto, contrasta con fuerza con las callecitas no diagramadas, cerradas y colmadas de personas del resto de la ciudad. Estar ahí nos permitió respirar hondo, sentir lugar, pudimos extravertirnos y nos relajamos.

Shah Jahan terminó siendo destronado por uno de sus hijos, Aurangzeb, quien consideraba que su padre se había vuelto loco y no podía comprender como podía despilfarrar tal fortuna en un edificio mortuorio. Su hijo lo encarceló en el fuerte de Agra, desde donde se puede ver el Taj, ya que queda a solo un par de kilómetros.

¿Cómo hubiera actuado yo si hubiera estado en su lugar?

Imagino que la muerte de una madre debe doler mucho. Todos los hijos la habrán llorado y despedido. Habrán hablado de cómo acompañar a su padre en ese momento tan triste. Se habrán puesto de acuerdo sobre estrategias para no dejarlo solo, para hacerlo sentir acompañado, para hablar con él y escucharlo. Alguno quizás haya especulado con ser el próximo monarca, porque claro, el corazón humano siempre tiene esos matices (o esas miserias) de los que tanto nos cuesta hablar pero que existen. Quizás otro hijo sintió miedo. Algunos lo habrán expresado más, otros menos. Pero probablemente todos hayan sufrido su partida porque la muerte siempre hiere.

Al tiempo, el padre les presenta esta idea, un poco extraña, extravagante, diferente. "Serán cosas del duelo" - escucho decir casi como si fuera la voz de sus conciencias. "Dejemos que papá exprese este pesar como pueda, ya se le va a pasar este delirio" quizás se dijeron unos a otros, queriéndose tranquilizar, intentando no creer que este proyecto fuera en serio.

Pero "papá" fue uno de los emperadores mongoles que mas había construido y siguió adelante con la idea. Incluso puso manos a la obra. Y pasó el tiempo y el proyecto empezó a hacerse cierto en contratos y arreglos, en compra de materiales, arquitectos y artistas.

Y la pregunta es: ¿cuál es la medida del amor?

Porque claro, tiene que tener medidas... Como todo lo humano. No es una cuestión sólo cultural, es metafísica: las cosas tienen un lugar, un orden, una jerarquía. De eso hablaban San Agustín y Max Scheller cuando pensaban en el ordo amoris, que no es otra cosa que "orden en el amor". Cada cosa debe ser amada en su medida y en su proporción, según lo que es. Si hay desproporción, hay desorden y no puede haber salud sin equilibrio.

Entonces, ¿cuál es la medida para manifestar el dolor por la partida de quien amamos?

Porque la muerte de una persona causa dolor, sufrimiento. La ausencia pesa. Se extrañan los momentos vividos... Y aparece, cuando menos lo pensamos, el recuerdo de ese que amamos en la forma de un aroma, de un sonido o de un paisaje.

Además, los muertos merecen ser recordados, por eso algunas civilizaciones, como la romana, recordaban a sus antepasados en la forma de dioses familiares. Nosotros no olvidamos a quien nos amó y a quien amamos. 

Pero incluso la pérdida tiene una medida. Como todo lo humano. Sino, enferma.

No sé cómo hubiera actuado yo si fuera testigo de cómo mi padre despilfarra una fortuna que hubiese durado tres generaciones en la tumba de mi madre.

Por eso, el edificio es signo de un amor incomparable (ya empiezo a tener mis dudas) al mismo tiempo que refleja megalomanía y soberbia. La perfección y la proporción de sus figuras y medidas contrastan con la desproporción del deseo del corazón del hombre...

Pero bueno, el amor humano, después de todo, es humano, ¿no? Y no puede ser perfecto. Y puede que quien ama sinceramente tenga también algo de orgullo, de desproporción, de desmedido o de desordenado. A veces es egoísta, no busca el bien del otro, sino el poder... Somos así y no podemos pretender amar de una manera que no somos.

El Taj, como muchas otras cosas en este país, es también signo de contradicción. Una contradicción linda para ver. Lindísima.







martes, 11 de enero de 2011

Límites como montañas


Pushkar es una ciudad muy chica, cerca de Ajmer, en la provincia de Rajastán. Es conocida porque tiene un lago (sagrado para los hindúes), uno de los pocos templos dedicados a Brahma y se da un lindo encuentro entre turistas y peregrinos, en un ámbito tranquilo y agradable.

No hay mucho para hacer en la ciudad. Caminarla mucho; perderse entre las montañas que la rodean; acercarse, respetuosamente, a los ghats (escaleras hacia el lago, donde los hindúes se bañan, redimen sus faltas y hacen las cosas del día a día, como lavar la ropa, lavarse los dientes, etc.) para ver cómo rezan y viven los peregrinos... Se puede caminar por la calle principal, llena de puestitos para turistas: puestos con ropa, joyerías, panaderías, restaurantes, hoteles, agencias de viaje, librerías. Otra opción es la de perderse por los caminos de tierra, entre camellos, vacas, grandes lugares de tejido y producción de ropa. No hay mucho para hacer porque Pushkar es tranquilidad.

Al tercer día, le propuse a Guada subir a un cerro, chiquito, que estaba a un kilómetro de la ciudad. En la "cima" había un templo desde el que nos habían dicho que había unas vistas increíbles de la ciudad. "Vamos" - me dijo.

Pasamos el templo de Brahma y caminamos por un camino de tierra, larguísimo. Casi sin gente, algún que otro caserío, las vacas (infaltables) y algunos monos, que anticipaban los muchos que íbamos a encontrar más adelante. Nadie más. La temperatura era la ideal para caminar y había un sol increíble. Mejor, imposible.

Empezamos subiendo el cerro, despacio. A medida que subíamos, las vistas se hacían cada vez mas lindas. Pushkar está rodeada de cerros no muy altos pero escarpados y desde la altura se la veía cada vez mejor. Entre foto y foto aparecía algún que otro turista o local, pero no nos cruzamos con casi nadie. Lo que más vimos, fueron monos, de los que Guada se enamoró y les sacó todas las fotos que pudo.

Faltaba poco para llegar, cincuenta metros. Nada más. El camino, poco a poco, había crecido en dificultad, pero estaba lejos de ser un desafío complicado para dos personas jóvenes. Con paciencia, un par de descansos y una botella de agua, lo podía subir casi cualquiera.

- "¿Frenamos un toque Santi?"
- "Ok, dale."
Guadalupe se sentó y miró hacia atrás, se agazapó contra el cerro y me dijo: "Ah no, no subo mas, me da pánico la altura y no quiero seguir subiendo. Tengo miedo."
Pensé que era un chiste: "Dale amor, estamos al toque, faltan cincuenta metros, setenta como mucho".
- "No Santi, no entendés, no quiero. Si querés te espero acá, subí vos y después bajamos juntos".

Me quedé duro. Por un lado, la quería arengar, faltaban sólo unos metros. Por el otro, la quería respetar, tenia miedo, sufre de vértigo, en su casa, las alturas no le gustan mucho a nadie.

Sentí bronca. Yo si quería llegar. No es divertido subir un cerro hasta la mitad, menos hasta la "casi punta". Me enseñaron que cuando algo se empieza, hay que terminarlo. Aprendí que es mas divertido ganar, llegar, no quedarse en el camino. Ni siquiera hay que dejar comida en el plato, hay que terminar las cosas que uno empieza. No se porqué, porque sí, y punto... Las vistas eran lindas, pero desde la punta, seguro eran mejores. Quizás era la foto del viaje, quizás un gran lugar para sentarnos, charlar, descansar juntos y soñar. "Dale Guada, no seas así, no falta nada" - pensaba.

Pero ella tenía miedo.

Decidimos bajar.

- "¿Me das la mano? No me animo a bajar sola." Yo estaba un poco frío, callado, distante. Quería subir (y soy tan obvio a veces).

Le dí la mano y bajamos, de a poco. Al principio medio duros, después ya charlando, riéndonos de los monos, sacando fotos otra vez. El día seguía estando increíble, la mochila mas liviana porque el agua se había casi acabado entra idas y vueltas: el programa había sido un gran acierto.

Pero no habíamos llegado a la punta.

Los límites dan bronca. Eso lo sabe cualquiera (especialmente los adolescentes). Me marcan que no soy infinito, ni todopoderoso. Me ponen un freno. Hasta acá llegaste. Ni un paso mas. A veces el límite lo pone el cuerpo, a veces una circunstancia, a veces el tiempo, a veces una persona. Pero siempre hay límites. Somos limitados, estamos rodeados de límites. No podemos hacer todo lo que queremos. No se puede. Y cuando nos enfrentamos a un límite, a algo que corta nuestra iniciativa creadora, que rompe un sueño, que frena la ilusión, nos enojamos. Yo estaba enojado, yo sentí bronca. Quería llegar a la punta de ese cerro.

Pero, por suerte, el límite me lo puso una persona que quiero mucho. A la que respeto. A la que valoro. Además, me lo puso una mujer. La mujer que elijo para subir y bajar cerros, la que elijo para viajar por el mundo, para tomarnos un helado en verano y con quien veo dvd's, con una mantita, en invierno. La misma mujer que elijo para soñar desde la punta de cerros a los que nunca llegamos. No me puedo enojar con ella porque tiene miedo. No tiene sentido. Tiene miedo y la quiero. Abrazala gil, no te enojes.

Y después, pensé: "que pavada que me enoje un límite". Una cosa es que me de bronca una injusticia, otra muy distinta que me rebele ante mi propia naturaleza. Soy limitado. No puedo todo. Me equivoco porque soy falible. Reacciono mal, soy gruñón, me cuesta ser simpático con algunas personas. No quita que intente mejorar, pero no puedo ser perfecto. Y no me puedo enojar por eso. Ante el límite, aceptación. Entusiasmo por mejorar, ganas de crecer y algo de ambición, obvio. Pero aceptación. Porque soy finito y no puedo todo. Limites va a haber siempre, y no quiero vivir enojado. Cuando no sea la edad será la plata. Cuando no sea una persona, lo hará una circunstancia. Bienvenidos límites, recuérdenme lo que soy, recuérdenme que aunque quiera, aunque sueñe, aunque vuele, no siempre puedo. Porque es verdad, quiero volar, pero no siempre voy a poder. Como no siempre voy a poder viajar, estudiar, dormir, salir, reírme o gozar. No siempre hacemos lo que queremos. Y está bien que así sea, porque no somos omnipotentes. Porque el límite me hace crecer, me hace conocerme, me hace humilde. No puedo ser el mejor en todo, creo que ni siquiera voy a llegar a ser el mejor en algo. Es más, ni siquiera sé si quiero. Quiero ser feliz: prefiero llegar hasta la "casi punta" respetando a la gente que quiero antes que llegar a la cima solo.

Gracias flaca, porque esta lección no me la dio la India, me la diste vos... Será por eso que caminamos juntos, ¿no?

jueves, 6 de enero de 2011

Elogio de la queja

Me quejé porque el vuelo se movió un poco.
Me quejé porque tuvimos que hacer una escala en Johannesburgo.
Me quejé porque tuve sueno, porque tuve calor en Mumbai y porque en Rajastan tengo frío
Me quejé porque pensé que en la India estaba más caluroso y me traje poco abrigo.
Me quejé porque el abrigo que encuentro, no vale la pena y no es tan barato como me habían dicho.
Me quejé porque tuve hambre (¿tuve hambre? No... Se me despertó un poco el apetito).
Me quejé porque Guadalupe tuvo un mal día.
Me quejé porque esta lleno de vacas sagradas y muero por comerme un asado a la parrilla. Completo, con mucha achura, una buena tira y un lomo, para festejar el regreso a la patria. Me quejé porque falta mucho para ese asado.
Me quejé porque un pasaje a Tailandia es más caro de lo que nuestro presupuesto nos permite.
Me quejé por todo y todos los días me quejé por algo.

Y hoy, cuando por fin logre callarme, me senté con Guada en una escalera y me dí cuenta de algo: ellos no se quejan.

Ellos no vuelan ni hacen escalas en Johannesburgo. Tienen tanto sueno como yo, sufren mas el frío y el calor y a veces no tienen mucho abrigo. Algunos si que tienen hambre. No comen asado.

Y no se quejan.

Y mis vuelos se van a seguir moviendo y van a seguir teniendo escalas en Johannesburgo. Y voy a volver a tener frío y calor (y seguro que sueno también). Y Guadalupe va a seguir teniendo malos días... Probablemente, en el futuro, mis pasajes a Tailandia sigan estando fuera de presupuesto (más con esta vocación filosófica...).

Y me voy a seguir quejando.

Porque la queja es una muestra de que estoy insatisfecho, de que estoy en movimiento, de que siento, me angustio, me frustro, las cosas me afectan y me duelen. De que crezco.

La queja es un signo de que estoy vivo y de que quiero mas, de que mi realización (en mi cosmovisión que -¿por que negarla?- es bien occidental) no pasa solo por estar en el mundo, sino también por lo que yo haga conmigo mismo con el tiempo que tengo en el mundo.

Porque la queja te pone en movimiento, te hace notar una falta, una insatisfacción, un vacío, un agujero. Te mueve.

Ellos se deberían quejar. No de todo, porque así como yo tengo que enseñarles sobre la queja, ellos me están enseñando sobre la aceptación. Sin quererlo ni sin dar cátedra, son un ejemplo de resignación pacifica y aceptación entera de una realidad.

Pero se deberían quejar. Se deberían quejar porque no es justo que estén en la calle, ni es justo que tengan hambre, no es justo que haya tantas vacas sagradas e intocables y tantas personas flacas. No es justo. ¿Por que no se quejan? Para mostrarles el camino, acá estoy yo, quejándome por todo, incluso hasta de que no se quejan...

Probablemente me critiquen, diciendo que estoy tratando de ver una realidad con una mirada ajena, de afuera, que no me metí en su cultura, que no cambié de cosmovisión ni de paradigma. No me interesa. Tener hambre, tener frío, no tener casa, ser chico y trabajar, que nadie te mire y estar solo son cosas que están mal.

Si no estoy entendiendo su cultura, si no pude cambiar mi forma de ver el mundo para verlo como ellos, si no entiendo que su karma los llevo a estar donde están, si me rebela pensar que hay gente "más gente" y gente "menos gente", lo lamento. Porque entiendo sus teorías, escuché algunas de sus afirmaciones, me adentro en sus enseñanzas, pero la realidad también me habla. Y me rebela. Y me quejo.

Y si me quejo, no tengo paz. Porque la paz es quietud y la queja es movimiento. Y ellos tienen paz cuando tienen hambre, frío, muchos no tienen casa, son niños y trabajan, pero tienen paz. ¿Tienen paz? Ya no se. Ya no se muchas cosas, y me quejo también por eso. Porque sé que sólo si me sigo quejando voy a seguir teniendo la ilusión de que las cosas pueden cambiar. Porque sé que sólo si me sigo quejando voy a tener fuerzas para cambiar mi realidad. Porque el día que ya no me queje, ese día, ojala, sea el que este descansando en paz, para siempre. Porque si ese día, el día en que no me queje mas, llega antes, el día en que decirle que no a una persona que me necesita no me duela ni me conmueva, no me haga pensar, no me de bronca, no me cause nada y yo sea indiferente, ese día, por más que sea mañana, ese día voy a estar realmente muerto. Prefiero no tener paz pero estar vivo. Prefiero no tener paz y sentir. Prefiero no tener paz y vivir esta vida así, con intensidad, con amor. Y me voy a seguir quejando, todos los días, por algo y por todo.

domingo, 2 de enero de 2011

La primera impresión

Entiendo a quien ama la India tanto como entiendo a quien la odia. Entiendo a quienes viajan periódicamente, haciendo de las visitas a este lugar un acontecimiento especial y regular, porque descubrieron en MotherIndia un lugar diferente en el mundo, atractivo, vibrante, único... También entiendo a quienes no quisieron salir del hotel, se volvieron a los pocos días o se sintieron espantados o decepcionados. De cierta forma, en este poco tiempo, tuve todas y cada una de estas sensaciones.

India no te deja indiferente. Te golpea, te despierta de un sopapazo, feroz, terminante. Llegaste, no estás en casa (o sí...).

Es mucho mas que una diferencia cultural o religiosa, es una manera distinta de ser en el mundo, de estar, de vivir. La vida pasa hacia afuera, por lo que la primera impresión es la del caos en el que, simultáneamente, conviven quienes descansan, quienes estan apurados, los que se bañan, los locos, los enfermos, los moribundos, los vendedores, los chiquitos, los empresarios, los taxistas desquiciados, los turistas, los animales (los nuevos: cabras, vacas, monos, ardillas, camellos... y los de siempre: gatos, palomas, perros, ratas, etc.). Para mí, cada lugar y cada momento, tienen su gente. Así, los chiquitos, al colegio. Los empresarios, a la empresa. Los locos al loquero y los animales al zoologico. En la India, todo pasa en el mismo lugar, al mismo tiempo. Alrededor nuestro, ahora.Y este aparente caos engaña, porque ellos encuentran un orden, ven armonía donde yo veo dolor, ven alegría donde yo me frustro. Hacen de este lugar, un lugar vivible y su hogar.

La primera impresión fue la del shock, la del golpe. Y redescubrí la vieja verdad de que definitivamente la filosofía nace con el asombro, con las situaciones límites y con la duda. India, al mismo tiempo, me despertó las tres. Me asombró el cariño y la paz de su gente. Me dolió, mucho, la contradicción entre la ostentación y la pobreza. Me está haciendo cuestionarme, preguntarme, repreguntarme y pensar. Ante esto, siempre sobreviene de forma inevitable el silencio. Por eso me tomé unos dias para escribir. Incluso siento que me apuré al ensayar estas poquitas líneas, que intentan poner en palabras un universo de sentimientos, imágenes, recuerdos, gritos, bocinazos, personas y momentos.

India es familia, es comunidad, es fraternidad, es encuentro. Es amor y es odio, es alegría por el otro pero indiferencia por el que sufre, es comunidad y fraternidad tanto como es sentimiento de hermandad en las diferencias, pero abandono de algunos. Es definitivamente un sinónimo de contradicción. Y como toda contradicción, hay a quienes les causa rechazo, hay a quienes les duele, hay a quienes les atrae el misterio y hay a quienes enamora. Quiene viene, vive con intensidad, siente con el alma y, de nuevo, es imposible que quede indiferente.

Llegaste hace una semana Santiago, una semana... Todavía quedan seis, para seguir pensando, viendo, creciendo, sufriendo (¿por qué no? si muchas veces así se crece), disfrutando, sonriendo, conociendo y, de forma intensísima, resumiendo todo, viviendo.