miércoles, 7 de enero de 2015

¿Cómo convivir con el Islam?

¿Es posible convivir democráticamente con quien no comparte los fundamentos de la democracia?
¿Cómo se juega un juego donde los participantes usan diferentes reglas, simultáneamente?
¿Hay valores esencialmente democráticos que excluyen de la democracia a las personas que no comulgan con ellos? ¿Se debe renunciar a la propia identidad para alcanzar un parámetro de vida en común y consensuado? ¿O se debe afirmar la identidad de cada uno como a cada uno le plazca y exigirle a los demás que la respeten y toleren?

En concreto, en un país democrático, abierto, igualitario: ¿cómo se gestionan las identidades individuales y colectivas? ¿Debe el islámico debilitar su identidad para adaptarla a la forma de vida de un país europeo? ¿Debe el cristiano negar algunos de sus dogmas para evitar el choque con algunas formas de vida contemporáneas? ¿Debe el judío entender que algunas de sus costumbres son, a la vista de los ojos del hombre postmoderno, anticuadas e, incluso, "mutilantes"? ¿Debe el occidental laico, escéptico, crítico, o lo que fuere, dejar de ser irónico respecto a las creencias de los demás y limitar su libertad de expresión? ¿O debemos, todos, aceptar que cada uno tiene su forma de vida específica y respetarla? ¿Eso incluye respetar lo que consideramos insostenible, como la desigualdad entre hombres y mujeres, en nombre de una forma de vida diferente a la propia? Y si eso es inaceptable, ¿cómo convivimos con quien piensa diferente? Y ahí está el quid de la cuestión. ¿Imponemos nuestros valores? ¿Toleramos la intolerancia? ¿Cuál es el límite? ¿Imponer nuestros valores no implica dejar de ser lo que somos? Y, sobre todo, ¿cuáles son nuestros valores? Ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo respecto a eso. La libertad como bien absoluto termina por imponerle a todas las identidades un debilitamiento de lo propio en función de un consenso común. La libertad como bien absoluto es, además, una identidad determinada que se camufló de exigencia universal para la convivencia, pero no deja de ser eso: una identidad más, entre otras. No es una conditio sine qua non para la vida en común. Es una postura ideológica fundada filosóficamente en el relativismo. Llamemos a las cosas por su nombre, sino, no nos vamos a entender nunca.

Mientras tanto, un par de asesinos mataron a doce personas, quizás trece, de una revista francesa que era punzantemente irónica y políticamente provocativa. Los mataron por las cosas que publicaron. Los mataron por pensar como fueron educados para pensar y expresarlo con libertad. Los mataron por jugar dentro de los marcos y límites de la democracia. Quizás los mataron por ser occidentales, si es que estas cosas definen lo que somos. "Vengaron al profeta", si es que el profeta, acaso, hubiese querido ser vengado, pero esa es otra cuestión. Chocaron dos paradigmas, dos cosmovisiones, dos formas diametralmente diferentes de entender, sentir y vivir en el mundo. ¿Pueden, acaso, convivir? ¿Cómo?

En el contexto de estos acontecimientos, la respuesta a todos estos interrogantes es urgente. Y necesaria.

En mi opinión, el problema no son las ideas, sino las personas. Existen católicos, judíos, islámicos, escépticos occidentales, hinchas de Boca, homosexuales, zurdos y fachos tolerantes, inclusivos y abiertos; y también existen personas con esas mismas creencias y formas de vida que son intolerantes y violentos. La solución a los problemas de convivencia no pasa por negar las identidades particulares, sino por educar afectivamente a las personas.

Construyendo sobre esa roca, quizás se haga realidad la afirmación según la cual el amor es más fuerte que el odio. 

"El amor es más fuerte que el odio"

martes, 11 de noviembre de 2014

Los desafíos de la innovación

"Levanten la mano aquellos que comen carne" - pidió Rob Nail, uno de los fundadores de Singularity University, al grupo de personas que colmaban el auditorio Buenos Aires, en el complejo BA Design, la semana pasada durante el Festival de Innovación Social (FIIS). Quizás había algún vegetariano a quien no distinguí, cuyas manos permanecieron estáticas, pero la multitud levantó la mano (algunos, incluso, las dos). Quedó claro que "comer carne" es parte de la identidad del "ser argentino". Ante esa respuesta, el conferencista retrucó: "¿cuántos de Uds. comerían carne cultivada en un laboratorio?" Esta vez, casi todos acompañaron al ignoto vegetariano en su quietud: sólo se levantaron unas poquitas manos.

Hay algo que incomoda al pensar en comer carne cultivada en un laboratorio. Suena a que está mal. Es cacofónico. Hace ruido. Desarmoniza. No es natural. No cuadra. La carne viene de la vaca y ojalá que la vaca venga del campo y no de uno de estos feed lots que están de moda ahora. Así es como son las cosas. Punto. ¿Qué necesidad de cultivar carne en un laboratorio? Y la justificación, que deslumbra por su lógica tanto como espanta la idea de comer carne artificial, es evidente: a medida que las condiciones de vida de millones de personas mejoran en el mundo, la demanda de carne aumenta y la producción de carne es demasiado ineficiente en el uso de recursos naturales como para incrementarse en la misma proporción al aumento poblacional. O sea, se usa demasiada agua para que nos llegue el bife al plato. Además, los animales suelen ser alimentados con granos, que también podrían ser consumidos por personas, y cuya elaboración requiere el uso de más agua y de pesticidas y demás químicos. En fin, parece que con los métodos que usamos hasta ahora, un kilo de carne nos sale muy caro en términos de recursos naturales. Y frente a un problema ambiental y social: innovación.

Parto desde el supuesto, que como buen supuesto es, a mi entender, obvio, de que el mundo cada vez requiere más la capacidad de pensar distinto, de cuestionar las reglas y de proponer soluciones novedosas. Pensar desde otro lado. Pensar de nuevo. Al mazo y volver a repartir: olvidarnos de los supuestos. Acordarnos de los supuestos y cuestionarlos. Jugar a cambiar. Imaginar. Romper lo obvio. Proponer cosas diferentes y nuevas: innovar.
La técnica, la disponibilidad de información y la tecnología, con su avance exponencial, hacen que podamos soñar con cosas que antes eran imposibles. Se nos abre un mundo de posibilidades prácticamente ilimitadas. Y frente a un mundo que es pura incertidumbre, porque todas las reglas pueden cambiar radicalmente en un tiempo relativamente corto, ¿qué hacer? Por ejemplo, formar a un médico toma una década. Este año, tal como cuenta Kenneth Cukier, gracias a la enorme disponibilidad de información que existe, cargaron en una computadora los datos de miles de biopsias, para que la computadora, mediante un proceso de aprendizaje automatizado, identificara y luego predijera qué porcentaje de las células de diferentes biopsias eran cancerosas y qué porcentaje no. La computadora pudo descubrir los doce signos que predicen si en una biopsia de células (de mama) hay, de hecho, cáncer. Lo increíble fue que la literatura médica sólo conocía nueve. Identificó tres nuevos patrones de la enfermedad, sobre los 9 ya conocidos hasta ahora. O sea que lo hizo mejor que nosotros en todos los sentidos. Hay una desproporción entre los diez años de formación de un médico y una máquina que aprende sola y que en un tiempo tan corto supera la inteligencia colectiva de gente máximamente formada en una ciencia. Frente a un mundo que cambia así, de nuevo, ¿qué hacer? ¿Qué criterios usar para tomar decisiones importantes, como por ejemplo, qué estudiar?

Quizás parezca inverosímil, o imposible. O algo que van a ver nuestros nietos, pero no nuestra generación. Los cambios suelen ser más lentos. ¿Cómo una máquina va a hacer mi trabajo, que requiere de un elemento distintivamente humano? Y pienso que quizás, antes de la revolución industrial, había gente que pensaba que era imposible que su oficio fuera reemplazado, de manera infinitamente más eficiente, por una máquina. Actividades llenas de sentido y estrictamente nuestras, como la jornada de trabajo en el telar o el cansancio del agricultor. ¿Cómo puede una máquina reemplazar al hombre? Pero pasó. Ya pasó. Y así como pasó para los oficios manuales, quizás nos toque ahora a nosotros, los profesionales, sufrir las consecuencias del avance tecnológico, en la forma de robots y máquinas que pueden hacer las cosas mejor que nosotros. Es casi seguro que no vayan a reemplazar completa y absolutamente, pero sí a cambiar las reglas del juego de manera radical.

Frente al avance irrefrenable de esta onda tecnológica, como decía Schumpeter, se va a dar un proceso de destrucción creativa, que consiste en que muchas profesiones van a desaparecer o a disminuir enormemente su demanda, para que surjan profesiones nuevas. Lo mismo le pasó, algún día, al que revelaba rollos de fotos o al que arreglaba ruedas de carretas. La vida tiene movimiento...
 
Predecir cuáles van a ser, por ejemplo, esas profesiones del futuro, es complejo. Nadie sabe a ciencia cierta si esas proyecciones van a ser realidades, ni en cuánto tiempo. El mundo va a cambiar y eso es inevitable. Pero más allá de eso, quizás sea una oportunidad para emprender la vuelta a aquellas cosas que son, en el fondo, lo más alto de la producción cultural del hombre; aquellas que son inasibles, tienen un dejo de misterio y nos abren a lo más hondo y verdaderamente humano de nuestra existencia. Si una máquina va a hacer las cosas técnicas mejor que nosotros, perfecto, que lo haga. A nosotros nos quedan las maravillas del arte, la poesía, la música, la filosofía y tantas otras cosas que, dicho mal y pronto, no sirven para nada. En el buen sentido: no están al servicio de nada útil. Las hacemos por amor. La hacemos porque nos elevan. Las hacemos por que sí. Las hacemos porque, quizás, nos acerquen a ese infinito que tanto anhelamos. En esos contextos no competimos, disfrutamos en conjunto. Admiramos. Nos regocijamos en los bienes que los demás nos proporcionan. Nos encandila la belleza de una obra o de un poema. Una reflexión nos invita a meditar y cuestionarnos. Descansamos en esa melodía que nos interpela. Es, en mi opinión, una forma superior de sociedad y de convivencia, no atada a pasar por arriba del otro, sino a colaborar.

Un futuro híper tecnológico, pero alejado de estas cosas, tiene gusto a poco, es vacío, y por tanto, triste y alienante. Y, además, es insostenible, porque innovar requiere de las potencias más inherentemente humanas: la inteligencia, la creatividad, el amor, la libertad. Potencias que se desarrollan con mayor dinamismo, riqueza y vigor en contacto con el bien, la verdad y la belleza.

martes, 21 de octubre de 2014

La cultura de Showmatch

Por un rato, no discutamos de política. Porque, claro, todos estamos de acuerdo con que la declaración de Marcelo Tinelli como personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires es una movida política. Al igual que lo es la presentación del proyecto de la diputada nacional del FPV, Mayra Mendoza, para declarar como "Día del Músico" el natalicio del Flaco Spinetta. Siempre hay olor a tufo y sospechas de apropiación en estas propuestas. Tampoco quiero pensar, en este momento, si hacer estas declaraciones es una buena o una mala jugada política, ni teorizar sobre si está moralmente bien o mal usar al poder legislativo para fomentar alianzas con productores televisivos. Por un rato, sólo un rato, no discutamos de política.

La noticia es esa: Marcelo Tinelli fue declarado "Personalidad destacada de la Cultura". No prendí la tele, ni hizo falta. La gente en la calle y en el colectivo; los amigos en los grupos de WhatsApp; los compañeros de trabajo... Todos opinamos sobre si Marcelo Tinelli es o no es una personalidad destacada de la Cultura. Por eso no quiero discutir de política. Discutamos qué es la cultura, que, en el fondo, es el quid de la cuestión. Poniéndonos de acuerdo respecto a lo que cada uno entiende por cultura, nos ponemos de acuerdo en la consideración de Marcelo Tinelli como persona destacada en ese ámbito.

Entonces, ¿qué es la cultura? Y la pregunta es imposible, porque existen una multitud de posibles respuestas. La cosmovisión clásica habla de cultivar. El concepto muta su significado ya que pasa de ser un término agrario a denominar el cultivo de las habilidades intelectuales y volitivas, el orden de las pasiones y los sentimientos. Así, la cultura se vinculó a ciertas prácticas artísticas, que se dan sólo en determinados contextos. La música clásica es cultura. Saber de Historia es tener cultura. Poseer conocimientos generales de muchos ámbitos institucionalizados del saber, es tener cultura general. La cultura está en el teatro (Colón), en las bibliotecas y en los museos. Y esta es una concepción absolutamente válida de la cultura. Pero no es la única. Yo me siento más cómodo entendiendo la cultura así mas que como grafiti. Pero para algunas personas los grafitis son cultura... ¿Entonces? Se empieza a complicar el asunto. Algunos sociólogos afirman que la cultura de las élites es la que se institucionalizó y que el acceso a las mismas está restringido por las barreras de entrada que sólo pueden sortearse con la billetera. En otras palabras, la cultura es para algunos pocos porque es cara y exclusiva (que es lo mismo que excluyente). Sin embargo, al margen de esas manifestaciones culturales para las élites, existe otra cultura. Una cultura popular. La cultura de las masas. La cultura de la calle, del barrio, de la gente. Así, ir a la cancha de Boca es un acontecimiento cultural. Igual que la cumbia villera, inserta en el espectro más amplio de la cultura villera. Los conjuntos de prácticas, saberes, tradiciones y costumbres "comunes" pasan a ser comprendidos como la cultura de un lugar. Ya no hay algunas manifestaciones que son culturales y otras que no. Así, la música, toda, es cultura. Desde la clásica al hiphopero que improvisa por cadena nacional o el niñito de 6 años practicando "sí-la-sol-bizcochitos-calentitos" con su flauta dulce. Personalmente, me siento más cómodo entendiendo la cultura como el cultivo del alma y como el desarrollo de habilidades que me permiten desarrollar juicio crítico y pensar. Desde esa perspectiva, Marcelo Tinelli me parece un antihéroe cultural. Su programa, las veces en que lo he visto, no me ayudó a pensar ni a desarrollar un juicio crítico respecto a nada, ni a ordenar mis pasiones (diría que al revés) ni a cultivar mi espíritu, en general. Su show, además, muchas veces ayudó a propagar una imagen misógina de la mujer, sesgada, compartimentada, que no comparto y que me parece que le hace mal a la sociedad (¿y a la cultura?). Hace un programa divertido y es un genio del rating; es un empresario exitosísimo; le da trabajo y visibilidad a muchas personas (a veces a miembros de minorías muy marginadas y excluidas). Me saco el sombrero si estamos destacando alguna de esas cosas. Pero no me parece una personalidad destacada de la Cultura porque, para mí, la cultura es otra cosa.


Dependiendo de dónde nos paremos, vamos a poder determinar si Marcelo Tinelli es (o no) una personalidad destacada de la Cultura. Estaría bueno que empezáramos por acá.

Sólo después se puede hacer el análisis político. De todos los posibles análisis, me enfoco en el de la coherencia. Lo que me molesta un poco sobre este tema es la incoherencia. La incoherencia de todos que denuncio en forma de preguntas: ¿por qué se sanciona a los grafiteros del subte pero se declara a Tinelli como personalidad destacada de la Cultura? ¿No son, acaso, dos manifestaciones igualmente válidas (aunque de muy disímil penetración y alcance) de la cultura popular? En uno se daña la propiedad pública y... ¿en el otro? ¿Qué se daña? ¿Qué es más irreparable? Dentro del paradigma de la cultura popular, ¿quién es el juez de la cultura que dictamina lo que es y lo que no es cultura? ¿Por qué el hiphop en cadena nacional es cultura pero las mismas voces que defendían eso critican esta designación? ¿Por qué Página 12 saca notas criticando este premio, cuando en muchos otros casos hace una defensa de un concepto de cultura mucho más amplio? ¿Por qué somos tan hipócritas?

Al final, como en todo, los simples espectadores de este espectáculo, no logramos ver nunca ni el tapiz terminado ni los nudos caóticos que le dan forma y lo explican. Nos tocó sentarnos del lado equivocado. Del lado de afuera. Nos excluyeron de la comprensión cabal de todas estas cosas. Lamentablemente, los hilos se tejen fuera de nuestra vista, para un espectador que no somos nosotros.

lunes, 20 de octubre de 2014

La asombrosa inocencia de la cicuta

Cuando Sócrates es, injustamente, condenado por el delito de "corrupción de la juventud y negación de los dioses" es obligado a elegir entre el exilio (el escape) y beber la cicuta. El exilio, para el griego antiguo, era peor que la misma muerte, ya que la polis y la vida en común eran la única forma de existencia verdaderamente humana. Afuera sólo podían vivir las bestias y los dioses, o sea, seres ontológicamente superiores o inferiores, pero nunca un ser humano. Sócrates, enfrentado al falso dilema, rechaza el plan de escape ideado por sus seguidores y elige lo único que podría haber escogido: la muerte por envenenamiento.

Más allá de la historia, relatada en la Apología de Sócrates, de Platón, es llamativo lo inofensiva que parece la planta de la cicuta en relación al dolor que provoca. Sócrates debe haber sufrido intensamente. La raíz de la cicuta causa fuertes malestares estomacales, vértigo y un intenso dolor de cabeza, similar al de una migraña. Básicamente, te duele todo. La temperatura corporal desciende y se paralizan algunas partes del cuerpo. De hecho, Sócrates caminó con algunos amigos hasta que la parálisis le impidió seguir andando. Me imagino el pánico que cualquiera podría sentir bajo esos efectos. En ese estado de intensa vulnerabilidad pueden pasar diferentes cosas. La respiración se puede acelerar o deprimir, hasta causar la asfixia. La destrucción muscular puede causar una insuficiencia renal o las convulsiones pueden llegar a ser tan violentas que terminan con la vida de la persona. Lo más cruel de la cicuta es que no afecta el estado de conciencia. Uno está siempre despierto y lúcido. Sabe que está muriendo. Sócrates no muere sin antes hacer referencia a una promesa que había hecho ante un dios, llamado Esculapio: "acuérdate de comprar un gallo para Esculapio" - dijo, antes de morir. Más allá del virtuosismo heroico que implica pensar en saldar una deuda en ese momento, estaba completamente despierto. Ante tales potenciales síntomas, la naturaleza debería ser más evidente. Antes de googlear una imagen de la cicuta, imagínela. ¿Cómo debería ser una planta cuya infusión causa una muerte tan atróz? Se supone que estamos preparados para captar el peligro, alertarnos y huir ante lo que se presume que pone en riesgo nuestra integridad y nuestra vida. Así, al ver una serpiente, una fiera o un enemigo, se "hiela la sangre", o más bien lo contrario, entramos en calor, el corazón bombea sangre con fuerza y preparamos el cuerpo para la huida o para el combate. Es algo natural, simplemente sucede. No lo elegimos. Tenemos un instinto de supervivencia que nos capacita para reaccionar así. Pero, lamentablemente, no podemos percibir el peligro de todas las cosas. Esa planta silvestre, tan supuestamente inofensiva, esconde una muerte dolorosísima frente a la cual no tenemos escapatoria alguna. La serpiente muchas veces tiene colores intensos, lo mismo que los animales marinos. Las arañas, en general, nos causan cierto resquemor. Pero las plantas son diferentes. No avisan, traicionan. Distinguir una planta venenosa de una comestible muchas veces es complejo y confuso. Y, en la diferencia, radica la supervivencia o la muerte. Algo de esto sufrió Christopher McCandless en la historia que llevó el título de "Into the Wild", en el cine. La cicuta no tiene flores ni frutos con colores intensos ni fosforescentes. Todo lo contrario, sus flores blancas son estéticamente bellas. Su forma se asemeja a la de cualquier plantín que uno podría ver germinar en el patio de una casa de familia. No tiene espinas ni nada que alerte sobre el veneno que lleva adentro. No sólo no parece mala, parece inofensiva y para un ojo no entrenado, como el mío, podría pasar por perejil, tranquilamente. Hay una desproporción inconmensurable entre su aparente inocencia y los síntomas que causa su infusión.

Las apariencias, engañan. El refrán popular es signo de que no estoy descubriendo nada nuevo. Aunque sí algo que nos rebela. Por eso nos indigna descubrir que esa enfermera gordita y joven era, en realidad, una asesina en serie metódica y paciente, un ángel de la muerte. Que detrás de ese chico que "era tranquilo y buen vecino", se escondía un delincuente feroz, un asesino o un abusador. Nos indigna el envoltorio, justamente porque no avisa. Esa ama de casa vulnerable e insegura, que tenía tantos amantes como productos de limpieza; el tartamudo golpeador; o la diferencia entre algún político en campaña y en el poder. Nos embelesaron, nos sedujeron, nos convencieron de su aparente inocencia. Y, como la cicuta, escondieron un veneno que paraliza y asfixia. Las apariencias, engañan. A veces, los mayores dolores se esconden en los disfraces más amorosos. A veces, detrás de esa apariencia temible y agresiva, se esconde un corazón frágil y necesitado de cariño y afecto. Todo esto, en un mundo que hace culto a la banalidad de la imagen. ¡Qué difícil!

Como decía el Principito, en una frase genial que resume todo, (muchas veces): "lo esencial es invisible a los ojos". Todo lo demás, el "para los demás", es polvo que se diluye en el soplo de la intrascendencia.

La Cicuta

viernes, 12 de septiembre de 2014

La inclusión no puede ser pan para hoy y hambre para mañana

Empecemos por explicitar tres obviedades que no voy a discutir. 

Obviedad número uno. Si hablamos de inclusión es porque hay excluidos. Gente que está en el margen, marginalizada, no en el centro, que no es parte, no participa, no tiene las mismas oportunidades, está afuera.

Obviedad número dos. Una sociedad inclusiva o una sociedad que quiere fomentar la inclusión (educativa/pedagógica/social/etc.) tiene el mandato (¿ético? ¿legal? ¿político? ¿todos?) de asegurar que todos aquellos que están al margen pasen a ser beneficiarios de los mismos derechos, oportunidades y obligaciones que el resto.

Obviedad número tres. Una parte de incluir es retener. Conformada por dos cosas obvias: primero, si no podés retener, no incluís. Segundo, la retención es una parte, no el todo. No alcanza con retener para incluir.

Estas son las premisas. Lo que nos debemos es un debate respecto a qué es la inclusión, cómo se logra y qué implica.

Lo primero que, en mi opinión, no es incluir, es igualar las oportunidades bajando la vara. Hay dos formas de promoción social o de lograr que las personas superen la pobreza: o mejoran sus indicadores sociales o cambiamos la definición de pobreza por una que sea más laxa. Lo mismo pasa con la educación: o los marginalizados y excluidos alcanzan el nivel que se espera de un alumno medio de un grado determinado, o le pedimos al alumno medio de un grado determinado cada vez menos conocimientos, habilidades y actitudes así todos pueden llegar a ese nivel. La forma de lograr esta inclusión "por definición" o "de escritorio" es romper los termómetros: si no quiero que haya pobreza, que no haya INDEC. Si no quiero que haya mala educación o una educación excluyente, bajo el nivel. Los números nos van a dar bien de cualquier manera. El problema es la realidad. La gente no va a vivir mejor ni va a estar mejor incluida y educada por más que las cifras sean increíbles. Es un cuento. Incluir es hacer participar de las mismas oportunidades, pero eso supone que se va a promocionar a quienes estaban afuera, no que se va a brindar algo peor para todos.

Si para incluir bajo el nivel de la escuela primaria, cuando los alumnos "incluidos" lleguen a la secundaria, la tasa de abandono va a ser muy alta, porque se les va a empezar a pedir que rindan con otro nivel de exigencia (hoy, dos de cada cuatro alumnos que empiezan la secundaria, la dejan). La mentalidad "de inclusión de escritorio" puede llevarnos, entonces, a bajar el nivel de la escuela secundaria para que nadie sea excluido (de los que terminan, sólo uno entiende lo que lee). Probablemente, cuando los alumnos de la secundaria inclusiva lleguen a la universidad, no cuenten con los conocimientos, habilidades y actitudes necesarias para encarar la vida universitaria. Si pasan el filtro del ingreso, ¿hasta dónde pueden llegar y cuánto van a tardar? La tentación, quizás, sea una universidad inclusiva, que baje los estándares académicos, así todos pueden tener un título universitario. La pregunta, que a veces con ironía escucho entre educadores, es: "cuando estés enfermo, ¿querés que te atienda un médico que hizo la universidad inclusiva o querés a un tipo que se quemó las pestañas y tiene todos los conocimientos necesarios para tratar tu enfermedad?". El supuesto es que la inclusión y la calidad no van de la mano. Entonces la inclusión es pan para hoy y hambre para mañana. Los chicos van a terminar una escuela secundaria que nadie va a valorar. Esta, quizás, sea una de las razones por las que la escuela pública viene perdiendo alumnado, que migra hacia la privada, a pesar de la inversión record en educación y de todas las políticas de inclusión educativa vigentes. Si la percepción social de la escuela es que baja el nivel para que nadie quede afuera, entonces no se valora. No quiero una educación así para mi hijo. Quiero darle lo mejor. Y lo mejor es inclusión y calidad. Si me paran frente a la disyunción exclusiva y tengo que elegir, y si además tengo los medios, lo mando a la privada. La razón no es ideológica. Es un tema de incentivos. Si me das algo gratis, pero malo, prefiero lo que me exija mayor esfuerzo, pero que valga la pena. Aunque suene mal, sea cruel y duela decirlo, estamos haciendo una escuela a donde van a parar todos aquellos que no tienen otra alternativa. En vez de ser una escuela inclusiva, es una escuela para excluidos. Incluir supone dar las mismas oportunidades, no simplemente retener. Los chicos tienen que permanecer en la escuela, obvio... y aprender, también obvio. Sino, es un cuento.

Entonces, la primera conclusión es que inclusión sin calidad no es inclusión, es otra cosa. Una escuela que no enseña no es escuela, es otra cosa.

Incluir es hacer partícipe de las mismas oportunidades. Dar las mismas herramientas. Des-marginalizar, hacer parte. Si no das las herramientas, no incluís. Hay que dar algo bueno. Que valga la pena. Que cueste. La meritocracia sin igualdad es un sistema perverso para que las élites mantengan su estatus de élites. Por eso hay que darle mucho a los excluidos, así igualamos oportunidades. Pero una vez adentro, hay que exigir parejo y alto. Tenemos con qué. Se puede. Es una decisión política que nadie quiere tomar, quizás por antipática. Implica evaluar la labor de los docentes, implica tener una base de datos organizada con la información de todos los alumnos y seguir los casos en que los chicos no estén yendo a la escuela (porque la educación es un derecho fundamental), implica poner más plata en educación para re-legitimizar la carrera docente, para que las escuelas sean lugares dignos, para que haya equipos pedagógicos y de apoyo para los alumnos. Y digo que es una decisión política porque con el plan Conectar Igualdad, las bases de datos ya existen; la evaluación docente no es cara, ni muy compleja, pero supone vencer prejuicios y temores entre los docentes; supone ver cómo estamos invirtiendo los recursos, porque venimos poniendo un porcentaje alto de PBI en educación: hay que ver cómo y en dónde.

Por supuesto que hay que incluir. Pero incluir no es bajar la vara, es subirla. Es dar algo de calidad y que suponga un esfuerzo. Y si hay quienes no pueden dar ese esfuerzo, porque en sus realidades y contextos ese esfuerzo es demasiado, hay que apoyarlos especialmente. Lo que no hay que hacer, es caer en la tentación, políticamente más sencilla, económicamente más accesible y socialmente menos costosa de bajar el nivel de todos así quienes no llegan hoy, pueden hacerlo. No les hacemos un bien. Todo lo contrario, los estamos estafando y nos hacemos un mal a todos. Inclusión sin calidad no es inclusión: es pan para hoy y hambre para mañana. La verdadera inclusión implica la calidad de aquello que se brinda.

Ojalá que estos criterios sean los que rijan la vida social del país para pensar en políticas de inclusión educativa en el futuro. De eso depende nuestra capacidad para mejorarle la vida de manera real a miles de chicos que hoy viven al margen, incluso si van a una escuela que no los forma adecuadamente para el futuro.

jueves, 21 de agosto de 2014

Debates sobre el deseo, sus límites y las identidades.

Debate 1, sobre las fronteras entre deseo y naturaleza. 

¿Quién define (pone límites, contorna, delimita) lo que somos como seres humanos? ¿Es el deseo? ¿Somos lo que queremos ser o hay una limitación esencial, dada por nuestra naturaleza, nuestras circunstancias o nuestra historia? En otras palabras, ¿qué define lo que somos? ¿Nuestro deseo o nuestra naturaleza?

El debate, en la historia de las ideas, está abierto y es muy rico. Como en todo (buen) debate, hay grandes argumentos en ambos lados de la biblioteca. Apasionante.

Prendo la tele. Intenso debate. Sin querer queriendo, hace unos días, Jorge Lanata, un reconocido periodista argentino, se metió de lleno en la discusión al opinar sobre Flor de la V, una transexual argentina, cuando afirmó: "vos decís que uno es lo que se siente; si yo vengo y te digo que yo soy Napoleón y te exijo que digas que nací en Córcega, y digo que soy el emperador de Francia, ¿vos me tratás como tal?". La afirmación que presupone el periodista es que uno no es lo que "se siente ser". Uno es lo que es. El límite del deseo es la naturaleza. Hay algo dado que imposibilita la acción transformadora del deseo. El deseo tiene límites: lo que somos, varón o mujer. Uno podría cambiar su apariencia, actuar "como", incluso operarse, pero seguiría siendo lo que es: varón o mujer.

La respuesta fue una denuncia por discriminación y la condena de los dichos en todos los medios. En vez de un debate, condena. Una pena.

En el medio de la pelea se metió la teoría del género, que, como buena teoría, es una teoría. Aunque para algunos es una verdad irrefutable y revelada que se tiene que defender con un fundamentalismo descarnado. Y se colaron las posiciones que liquidan el diálogo y, sobre todo, la oportunidad de pensar en nada. La corrección política, de nuevo, fue el policía que nos prohíbe un debate rico sobre un tema, al menos, discutible. Sacándole el nombre y apellido, sigue vigente la pregunta sobre las fronteras entre la naturaleza y el deseo. Por un lado, soy lo que quiero ser, soy el artífice y responsable de lo que soy, mi propio co-creador, el que toma las decisiones sobre mi destino; es innegable. Por el otro, no puedo ser todo lo que querría porque tengo muchos límites: mis propias limitaciones psicológicas, mi incapacidad para llevar adelante esos deseos, mi historia, mis circunstancias, mi falta de voluntad o, incluso, límites morales (no puedo hacer todo lo que querría) o físicos (desearía volar, pero no puedo: es un ejemplo tonto, pero claro). ¿Dónde radica, entonces, la frontera entre deseo y naturaleza? ¿Quién pone el límite? ¿Qué o quién me define como ser humano? El debate está abierto. Es una lástima que aparezcan los fundamentalismos negadores que no le suman nada de riqueza a toda la discusión, sino todo lo contrario, ya que funcionan como el silenciamiento de todo lo políticamente incorrecto: "después de la ley de igualdad de género, esas preguntas son ilegales". Preguntas ilegales. El colmo de la cuestión. Si hacerme preguntas es ilegal, vivo en una sociedad horrible. Quizás artificialmente no discriminadora, pero no por ello no-violenta y abierta. Eso que ni siquiera estoy tomando partido ni justificando una posición: estoy presentando un debate.


Debate 2.

Vuelvo a prender la tele y escucho a Alex Freyre, que fue uno de los promotores del matrimonio igualitario (o matrimonio gay, así me corro de la batalla linguistica), opinando sobre el tema del primer debate: "la libertad de expresión tiene que tener límites, al igual que la libertad de culto [...] tu catecismo enseña que los gays se van al infierno; habría que revisar algunas posturas ilegales de tu catecismo". Epa. Acá me alarmé. Esta idea es peligrosa. Para todos. Limitar las libertades individuales... Raro. Ya no sólo no puedo decir lo que quiero sino que tampoco puedo creer lo que quiero creer. Insisto, es peligroso. Más allá de que el catecismo de la Iglesia católica no dice eso, ni cerca: ¿quién pone los límites a la libertad de expresión y a la libertad de culto? ¿Con qué criterio? Hace una semana me preguntaba lo mismo en otra entrada del blog: ¿cuáles son los límites de la corrección política?

Construimos una sociedad con reglas que supuestamente son tan amplias que permiten que todos puedan vivir su identidad de manera plena. La intención está buenísima. Pero parece que para que todos puedan vivir su identidad de manera plena, tenemos que negar un poco de cada una de nuestras identidades: vos no podés creer lo que crees, ni vos decir lo que decís, ni vos vivir como vivís. Pero, ¿cómo? ¿no estábamos creando una sociedad con reglas tan amplias que nos permitieran a todos vivir nuestra identidad de manera plena? Entonces se plantea una disyunción exclusiva entre afirmar mi verdad y respetar la tuya. Es como si le pidiéramos a las religiones que no afirmaran la divinidad de su Dios, porque eso ofende a los que lo conciben de otra manera. Y quizás eso es lo que fundamenta la prohibición del velo islámico en algunos países europeos o la obligación de tapar los crucifijos. El ejemplo bobo y extremo es futbolero: es como si le pidiéramos a los hinchas de Boca que ya no usen la camiseta de su club, porque eso puede resultarle ofensivo a los fanáticos de otros clubes. El ejemplo es bobo y extremo, pero si no está claro cuál es el límite, quizás esa afirmación de tu identidad, a la larga y con el tiempo, le resulte violenta a alguien. Por eso, quizás, el problema está al principio: la afirmación de tu identidad (de tus creencias, de tus ideas, de tus principios, de tus posturas) no puede ser nunca discriminatoria. Y si para el Islam la homosexualidad no es natural, ¿qué hacemos? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo pone y quién lo determina? ¿Quién lo juzga? ¿No tengo derecho a pensar que el Islam está equivocado, que el matrimonio igualitario está bien (o mal) o que los hinchas de River son gallinas (o genios)? Si la sociedad es realmente abierta, ¿tengo que limitar la libertad de expresión y de culto? ¿Por qué? Personalmente, el afán de limitarlas para evitar la discriminación me suena a la misma justificación que la guerra preventiva. Y en ambos casos está injustificada. 

Tenemos que tener tanto cuidado de que las mayorías no le impongan sus criterios, formas de vida y posturas a las minorías como de que la protección de las minorías no se convierta en imposición y negación de las mayorías. Yo no quiero renunciar a mi identidad porque a vos te molestan mis creencias. Yo no te puedo pedir que vos renuncies a tu identidad porque a mí me molestan tus creencias. Esa es la base para una sociedad abierta, tolerante e inclusiva. Lo otro, es germen de totalitarismo y abuso. Hay que estar alertas para poder construir, entre todos, un lugar vivible donde todos tengamos lugar y alejarnos de ideas que promueven el control de un grupo sobre el pensamiento y la vida de los demás sectores de ls sociedad.

jueves, 7 de agosto de 2014

Los límites de la corrección política

¿Cuántas son las personas desaparecidas durante el último gobierno militar? ¿Criticar la desproporcionada defensa del Estado de Israel es ser antisemita? ¿Hacer una generalización sobre un aspecto positivo de una colectividad es discriminatorio? ¿Ser caballero es ser sexista? 

La corrección política tiene sentido: evita que, a nivel discursivo, se propongan o refuercen ideas que son discriminatorias y que atentan contra el bienestar de diversas minorías. Hay cosas que no se tienen que decir para no ofender a los demás. Algunos lo llaman respeto; otros, justicia y deber; y otros, una condición para la igualdad y la democracia. Pero nadie lo pone en duda. No hace falta nombrar la nacionalidad de una persona que delinque, sea, por ejemplo, un ladrón o un sicario; ni el sexo de un/a empleado/a para definir un ascenso; ni la condición sexual del maestro de música; ni la fe que profesa un Estado para cuestionar su política exterior.

El problema surge cuando la corrección política nos impide ver las cosas con claridad y no nos deja pensar. Es un asiento cómodo desde el cual acortamos distancias a la hora de razonar y, así, abrimos la puerta a la manipulación, la mentira o la falsedad. El problema está en que la corrección política se vuelva un obstáculo para la verdad. Cuando eso pasa, las cosas "que no se pueden decir" pasan a ser cosas que no se pueden tener en consideración, nunca.

Hoy es un escándalo decir que no hubo 30.000 desaparecidos en la última dictadura militar. Pero, ¿y si es la verdad? El verdadero homenaje debería ser recordar a todas las víctimas, con nombre y apellido, y las circunstancias reales de su muerte. Si el relato épico y simbólico nos aleja de la realidad, es fábula o propaganda. Pero decir esto, hoy, es imposible, al punto de que mucha gente quizás se sienta ofendida o preparada para atacar verbalmente a cualquiera que pudiera proponer tal idea. Es una traba al pensamiento. Son 30.000 y punto. Fin de la cuestión. O aparece la chicana culpógena: "es lamentable reducir la dimensión de la tragedia argentina a un problema contable", dice Eduardo Luis Duhalde. Es cierto que lo es. Pero la verdadera justicia se apoya, necesariamente, en la verdad. La corrección política, entonces, puede ser un impedimento para la justicia y, por tanto, para el perdón y la paz.

¿Cuáles son los límites de la corrección política? ¿A partir de cuándo el lícito ponerla en duda? Y, sobre todo, ¿para qué sirve si no se transforma, también, la realidad?

Trabajando en el Ministerio, hablando con rectoras y directoras, escuché, en más de una oportunidad, que las mujeres de Bolivia son conocidas por el enorme sacrificio que muestran en relación a sus estudios y que su rendimiento está sobre la media. Me pregunto qué pasaría si se identificara a, por ejemplo, los varones de Paraguay o de la provincia de Buenos Aires como aquellos con peor rendimiento. ¿Eso es discriminar o es señalar un dato de la realidad? Sería políticamente incorrecto decirlo, pero contar con esa información es clave a la hora de pensar una política pública en educación que incluya a esas personas. ¿Entonces...? ¿Qué hacemos?

En el fondo, seguramente coincidiremos al pensar que queremos una sociedad decente, que respete a los demás y sea conciente del poder que tienen las palabras. En ese contexto, no todo puede ser dicho, de cualquier manera. Pero si hablamos de un marco normativo por el cual algunas palabras o frases son "buenas" y otras "malas", suponemos un enfoque ético. Al haber muchos enfoques éticos y desacuerdos respecto a las cosas que la sociedad considera "buenas" y "malas", estaríamos estableciendo a alguien como juez de la cultura, que determine cuáles pueden ser dichas y cuáles no. ¿Quién es ese juez que establece qué se puede decir y qué no? ¿Quién lo puso ahí? Y, de nuevo, ¿cuáles son sus límites? No puedo dejar de pensar en Lubertino, que presidió el INADI, y su idea de que las palabras no tienen que tener género, proponiendo la renuncia del uso de la "a" y la "o", por la "x": "Estxn todxs invitadxs a la presentación de mi nuevo libro" ("nuevx librx" quizás en una versión más extrema), por ejemplo. ¿Cómo se juzga cuál es el extremo en una posición si no tengo criterios objetivos?

Resulta evidente que muchas veces el preferible callar y otras conviene expresarse con atención y empatía, y que la corrección política sería una forma de prudencia que busca el respeto por la identidad del otro. Sin embargo, nos debemos un debate respecto a sus límites porque, si no los establecemos con claridad, se nos puede imponer una forma de pensamiento, que supone una postura ética y que estaríamos obligados a aceptar acríticamente. El peligro es una sociedad empobrecida, que persigue a quien vea las cosas de distinta manera y que silencia toda transgresión de un orden que nadie se encargó de justificar ni delimitar. Esta, señores, es una de las batallas en la guerra de la cultura.